Los paredones del tío
Borrero
acogieron desaforados
besos
que retozaban al
abrigadero
de unos brazos sólidos
y traviesos.
El ejercía labor de abejero.
Ella amasaba con mimo
los quesos.
Tantas picadas de tan
noble acero
les llevó ante el cura,
una vez confesos.
Las abejas liban jara y
brezo.
Las cabras siguen
sendas de ribera,
y en la cuna crece al
son de una nana,
como lo hiciera la flor
del cerezo,
un rorro que propició
que se abriera
la obtusa mente de
gente aldeana.
Un placer leerte como siempre Arruillo.
ResponderEliminarAbrazos.
Gracias por la visita, Conchi.
EliminarUn abrazo
JRInfante