lunes, 25 de agosto de 2014

Seguimos volando


403 Ha pasado por esta casa José María Costa y nos ha dejado su foto, bienvenido sea, aunque de tiempo andamos fatal por falta de personal para un mejor recibimiento, parece mentira pero se nota la ausencia de Gon. Amiga Vero, claro que hemos estado en Monfragüe, yo soy menos de pájaros, pero Gon disfrutó como un enano viendo los buitres en el Salto del Gitano, nos pilló la nieve y a mí eso siempre me encanta por lo distinto. Araminta: moras en un país que es un paraíso para el ornitólogo. María José: tanto Gon como yo leímos en su momento Juan Salvador Gaviota e, incluso, vimos la película, quedamos extasiados. Lou, querida, me ha dicho D. José, que cuando te venga bien estará contigo, ¿quién más anda por ahí?, ¡ah, ya!, Amparo, María, perdonad el desorden pero es que seguimos en periodo de vacaciones y por estas fechas, ya se sabe, la casa por barrer. Y hablando de pájaros –muchos pájaros me parecen a mí ya-, pero en fin, qué le vamos a hacer: se retoma el asunto de una publicación relacionada con el mundo aviar, ya verás cuando vuelva Gon, la gracia que le va a hacer, ofú que cosas. Este finde pasado hubo baño de nieta, D. José se empeñó en que comiese con ellos, así que tocó ver como se la caía la baba, la niña es preciosa –todo sea dicho-, pero al abuelo es que no hay quien lo aguante en esas condiciones, en fin. En un correo de Gon me dice que terminó de leer “Gran Sol” de Aldecoa, en la orilla de la mar. Claro, así cualquiera, si se hubiese tenido que leer a Netchaiev de Semprún, ya veríamos que opinaba; no sé que le pasa al jefe que siempre me manda a mí las lecturas más complicadas, en fin. Ya me voy, pero no os quiero dejar de contar la última peli que he visto, que me ha impactado: “TheExtraordinary Tale”, española, a pesar de las apariencias. Obrón, de las que dejan huella. Queda dicho, bueno, adiós que tengo mucha faena por delante. Besos.

lunes, 18 de agosto de 2014

Casi una historia de aves I


402 Este Gon me ha dejado la mesa hecha una leonera, ya le leeré la cartilla cuando vuelva de las vacaciones, hola María, espero que les guste esta primera entrega dedicada a las aves que me dejó encargada...

Desde que un día descubrí como observar pacientemente a esos diminutos seres alados que con tanta soltura se desplazan de un lado a otro, no he cesado en mi empeño de aproximarme a sus vidas. No es que me haya dispuesto a realizar un estudio concienzudo de cómo son, cómo viven o porqué se comportan de tal o cual manera (cosa que por otra parte no deja de apasionarme). No, se trata de no dejarlos pasar junto a mí, como si fuesen la sombra de uno de esos grandes monstruos de acero que sobrevuelan nuestras cabezas allá por donde vayamos. Es fácil que con una guía al uso y unos prismáticos para poder acercarnos sin levantar sospechas, las aves se nos muestran ante nuestras pupilas tales y como son; criaturas de cuerpo cubierto de plumas que juegan, saltan, discuten entre sí, se aparean, se asustan, se acicalan; van y vienen de un lado a otro, tratando siempre de ser fieles a sus principios básicos, a saber: mantenerse limpias, hallar comida, tener un buen lugar de reposo y evitar conflictos. ¿Qué ser humano no estaría dispuesto a firmar para sí y para toda la vida estos principios? Ellas lo cumplen con tanta naturalidad que para la mayoría de nosotros pasa totalmente desapercibida su propia existencia.
Mis primeros conocimientos de aves fueron el desplume de las que mi padre traía, cazadas con trampas mientras araba. Entonces el terruño estaba duro; había que levantarse con las primeras luces, tener presente siempre las cabañuelas y luchar con las mulas para que obedeciesen la voz del látigo. Engullir arroz con carne de pájaros, cogidos por sorpresa, no era un capricho…se trataba de una necesidad. El poco conocimiento de aquellos años se pierde en la memoria y la clasificación de los alados estaba en función de su tamaño, ni siquiera de acuerdo a su canto o al color de sus plumas. Luego los segué a plomazos; agazapado tras una tapia esperaba que se acercasen sedientos al pequeño sumidero del pozo; podía oír el sordo encontronazo del proyectil contra la carne. Resultaba un orgullo pasear con la cintura repleta de cadáveres, ensartados hábilmente por los orificios nasales; la escuela del mañana –hoy ya-, se estaba forjando. Por fortuna no conseguí pasar la reválida y mis aspiraciones a escopetero quedaron en juego de niños, pero cuántos y cuántos amigos de entonces me aventajaron en sus estudios del medio y continúan aún luciendo las piezas cobradas, sólo que ahora de mayor tamaño y por el simple y llano placer de apretar un gatillo. A veces añora uno la existencia de la máquina del tiempo.
Dentro de lo que llevo leído con relación a los pájaros –que no es mucho, todo hay que decirlo-, me impresionó sobremanera un artículo aparecido en la prensa andevaleña, allá por el verano de 1988, de Juan Bautista Mojarro, intitulado “El pájaro azul”, el cual pasó a convertirse en mi mente, en firme estandarte –onda al viento-, en lo alto de un mástil. Nunca olvidé de que forma tan sencilla puede llegar a nosotros una estampa de amor salida de la propia naturaleza; cómo un ave con su pico es capaz de transportar por una corriente de agua a sus crías, dentro del nido, para ponerlas a salvo de un peligro inminente. Sencillez en la narración del autor, sencillez en el comportamiento del emplumado y sencillez en la forma de difundir el mensaje a través de la publicación diaria, tan escasa a veces de colaboraciones que lleguen a esa fibra que hace ponernos los bellos erizados. Puede pensarse que se trata de algo excepcional, que raras veces hemos de encontrar por esos campos; sin embargo con una buena dosis de paciencia y dejándolas desenvolverse con libertad, las aves nos ofrecen fotogramas que bien pudieran parecer estar realizados expresamente para el celuloide. Sus movimientos, pautas de conducta y belleza estética, llegan a producirnos el mismo placer que una degustación literaria ante una buena chimenea. Son actores que trabajan de forma gratuita por el simple placer de expresar sus sentimientos.
Desde la antigüedad resultaron ser causa de envidia. El artista ateniense Dédalo pretendió que su hijo Ïcaro escapase de su encierro colocándole unas alas sostenidas con cera. Le dio buenas instrucciones, pero en su intento de querer aproximarse en demasía a las facultades aviares, terminó perdiéndose en el mar. También los egipcios supieron encontrar con Fénix todo un legado para los siglos posteriores. Cada día podemos ser capaces de resurgir de nuestras propias cenizas y enfrentarnos con lo que nos echen con tal de demostrar que estamos vivos, que aún quedan tuétanos para llevar adelante nuestra particular cruzada. Los fabulistas hallaron de igual forma, materia prima en los alados y a pesar de que el milano no sale muy bien parado en sus encuentros con los genios de la pluma, es posible que fuese porque a alguien le tenía que tocar hacer de malo en esa película. Por el contrario a nuestra querida ciconia se les asigna un papel de bienhechora.
Sirvan para ilustrarnos, los siguientes versos del riojano Félix María de Samaniego:

Las sencillas Palomas consintieron;
aclamarle por rey: “¡Viva, dijeron,
nuestro rey el Milano!”.
Sin esperar a más, este tirano
sobre un vasallo mísero se planta;
…
Sin duda alguna que se hubiese ahogado
un lobo con un hueso atragantado,
si a la sazón no pasa una Cigüeña.

Se pretendió emular sus vuelos –tragicómicas escenas de hombres alados tratando de mantenerse en el aire-, llegó el motor de explosión y los monstruos de acero comenzaron a tomar forma. El hombre, sin cesar en su empeño, y tal vez reflexionando sobre los versos de Machado

¡Qué fácil es volar, qué fácil es!
Todo consiste en no dejar que el suelo
se acerque a nuestros pies.

logró con la ayuda de la técnica y el arrojo de unos cuantos valientes, flotar junto a las nubes, aprovechar las corrientes de aire –de igual forma que lo hacen nuestras águilas- y contemplar pausada y calladamente el fascinante espectáculo que desde su privilegiada posición en el espacio visionan las aves, día a día, desde los albores del Eoceno.

lunes, 21 de julio de 2014

Aquí hay sitio

401 Las vacaciones siempre dan más trabajo del habitual, eso me decía Alba y qué razón tenía, así unos fresquitos en la playa y otros sudando la gota gorda. Menos mal que ahí están Rafael Indi, Antonia María, J. Valle y María para hacerme más llevadera la tarea. A ellos y a todo el que se precie en leerlo, va dedicado este micro:

Juan se levanta bien temprano todos los días, porque sabe que en eso radica el éxito de su empresa. Se pone los pantalones de pana, la chaqueta negra y la gorra a cuadros y se va directamente al tajo antes que se haga tarde y se le escape la clientela. La gracia de aquella calle es hacer entrar los coches a contramano, porque a nadie se le ocurriría buscar aparcamiento metiéndose de esa manera; pero él se abrocha la chaquetilla, enarbola el bastón y comienza a marcarse pases de pecho como si estuviera en La Maestranza. Corre delante del coche hasta llevarlo al sitio reservado, retira el garrafón de plástico que le marca el espacio y alarga la mano en espera de la voluntad. Si alguien deja un hueco, allí coloca el garrafón y se va al final de la calle tratando de convencer a los automovilistas para que entren en su espacio, que allí manda él y de nada sirve esa señal roja con mancha blanca. Ese es otro mundo y éste de aquí, es el suyo.

lunes, 14 de julio de 2014

Descripción

400 ¡Aleluya, Gon! Llegamos a las cuatrocientas, su trabajito ha costado, Alba, y el jefe que ni se entera, en fin, nosotros a lo nuestro, hoy te voy a dejar un soneto…

                                                   









                                                   

                                                    Encorvado. Ancho sombrero de paja,
                                                    tez morena y resquebrajada; aroma
                                                    a tomillo y sol; caderas de goma.
                                                    Ciñendo la cintura negra faja.

                                                    Pan con tocino y gajo de naranja,
                                                    robustecen los músculos. Asoma
                                                    en el piporro virginal paloma,
                                                    sacia sus labios; por el pecho baja

                                                    rápida y vivificante. Esgrimiendo
                                                    segur con dientes afilados, corta,
                                                    amarra, canta, sigue maldiciendo

                                                    la amarga hora. Con su mirar exhorta
                                                    a ese Dios del que le hablan; y razona:
                                                    ¡Almacén de oro! ¡Gran miseria aporta!

lunes, 7 de julio de 2014

Mina de Saô Domingo

399 ¿Cómo te fue el fin de semana, Gon?, mejor de lo que esperaba, Alba, eso de tener temperaturas suaves a estas alturas del año, me viene muy bien, ¿dónde estuviste?, en las Minas de Santo Domingo, un pueblito portugués que tiene una praia fluvial que es una maravilla, o sea que no has visto ni a Marisa, ni a J. Valle ni a Amparo, ¿cómo los iba a ver si no he estado por aquí?, pues yo sí, ¿y?, que esto da para que sepas que “Cuando los bosques mueren!, sigue teniendo salida, oye, qué bien, ¿D. José estará contento?, como unas castañuelas, ¿te dio tiempo a leer algo?, aparte de una guía turística, poco más, que no digo eso, ya lo se, Alba, sigo con Eslava Galán y sus tiempos de posguerra, suerte la tuya, ¿por qué?, Gon, no te quiero decir el trabajito que me ha costado terminarme “Mi vida como hombre”, no me digas, creía que Roth era un fuera de serie, no te lo niego, Gon, pero es un libro de esos que te gusta o no te gusta, como todos, si, pero cuando es por obligación…, te entiendo, Alba, vamos a dejarlo ahí, ¿y qué me dices de la nominación de Araminta?, que quieres que te diga, Alba, me alegro porque es una buena chica, ¡ah!, y hablando de buenas chicas, terminé de leer el libro de Néstor Belda, ¿es bueno, eh?, ya lo creo, Gon, hay que animarlo para que escriba, merece la pena su apuesta, eso se lo dices al jefe que es amigo suyo y además creo que se traen algún negocio entre manos, yo de eso no se nada, Alba, lo mío, ya sabes, es leer, escribir… y darte las escapaditas que puedes ¿irás a los Sanfermines?, el asunto de los toros no lo llevo bien, Alba, y en cuanto a las escapaditas, te recuerdo que tú… ¡vale, vale!, no quería herir tu susceptibilidad, es cierto: hay que despejar la mente, no todo va a ser estar pegado a la pantalla del ordenador, claro, Alba, porque además las experiencias vividas… Gon…,¿dime?, mejor nos vamos ¿de acuerdo?, si, es mejor, ea, pues hasta luego.
 

lunes, 30 de junio de 2014

Carta abierta al gen del consumo

398 Bueno, Gon, tendremos que darle la bienvenida a Txaro, una chica muy maja, Alba, te lo digo yo que tengo buen ojo clínico, en fin, por cierto J. Valle, Ara y Trini se pasaron por tu kiosco, así es y parece que les gustó lo que vieron, pues espero que les guste también mi nueva aportación a esos Cuadernos de Campo, esperemos, vamos a ello, Gon.



Desde aquellos lejanos tiempos en que el primer bípedo implume tuvo necesidad de masticar algo para recuperar la vitalidad perdida, ya hiciste amistad con los de su género; al principio poca importancia le diste al asunto, porque bien visto tampoco había demasiada diferencia entre tus relaciones con él y con aquellos otros primates a los que ofrecías tu candorosa mano. Si a la vuelta de unos años su número se había multiplicado, tampoco era para prestarle atención: tu despensa se había multiplicado, ofrecía buenos frutos e inmejorable refugio, para invitar sin temor a cuantos quisiesen gozar de tus dones. Tus amigos pronto se dieron cuenta: aquellas satisfacciones eran relativas, les suponían algún que otro esfuerzo, y por tanto había que moderar la situación, porque tanta familiaridad no parecía llevar a buen puerto, si en lugar de cubrir mi piel con las de aquella alimaña, que tanto me hace caminar, me es más fácil arrimarme a una buena candela, ¿para qué malgastar útiles y herramientas?


Los pueblos se dispersaron, la despensa seguía siendo grandiosa y tú disfrutabas dando de comer, de beber, protegiendo al neandertal de las inclemencias meteorológicas y ofreciéndole algún que otro motivo para que se olvidase de los sinsabores del quehacer diario. Por su cuenta y riesgo se embarcó en espectaculares aventuras donde, además de cubrir sus necesidades básicas, necesitaba de otro tipo de inversiones, para hacerse distinguir entre los de su especie, que dicho sea de paso, proliferaban casi misteriosamente. Tus espaldas seguían siendo fuertes, y allí estaba en disposición de cargar con lo que te echasen; al fin y al cabo ellos tenían sus días contados, había que dejarlos divertirse. Como homo sapiens no las tenía todas consigo, así que pusieron a trabajar y el resultado fue que sin verte, sin saber de ti de forma directa, comenzaron a conocerte. Entonces se rodearon de los medios necesarios, para contrarrestar tu alegre manga ancha. Aquello no era de usar y tirar, parte de ellos podía volver a usarse o emplearse en la obtención de otros bienes.

En el momento que los graneros se llenaron hubo tiempo para pensar, tus relaciones pasaron de dulces a insípidas. Unos cuantos (que te conocían bien), se dedicaron a propagar a los cuatro vientos tus grandes defectos en lugar de tus supuestas virtudes. El calendario de la vida se comprimió de tal manera que el último trimestre del año fue de auténtica locura: si el quince de octubre estábamos aún en las algas, el treinta y uno de diciembre a trece segundos escasos de acabar el año, se producía la entrada gloriosa, que a la postre habría de justificar tu propia existencia de la conocida mundialmente como revolución industrial y de su mano la no menos famosa era tecnológica. Desde entonces y hasta nuestros días has calado con tanta fuerza en la sociedad, que se pueden contar con los dedos de la mano los grupos, etnias o culturas que vivan al margen de tu amistad.

Si durante muchos años la Humanidad ha utilizado y reutilizado los recursos de los que disponía –léase muebles, ropas, basuras– ha sido porque supo buscar tus puntos flacos y actuar a espaldas de tus pretensiones. Bastaron dos siglos para que todo esto fuese quedando en leyenda, y a pesar de las miserias, guerras y desavenencias varias, o tal vez a consecuencias de ellas, consumir cuanto más mejor y convertir en perecederas las cosas que podrían tener utilidad, se puso tan de moda, que ya se veía como algo natural. Momentos felices, días de miel para tus humildes pretensiones, que luego de millones y millones de años, eran recompensadas por su larga espera. Ni en Estocolmo ni en Río de Janeiro, ni en la Cumbre del Clima en Copenhague, ni en la de Varsovia, ¿qué pasará en Perú?, se ha encontrado la fórmula para acabar con tu particular manía de convencer a todos y cada uno de los habitantes del Planeta de lo saludable de tu amistad. Las cifras no te asustan, sin importante en absoluto el dato casuístico de que un ciudadano rico consuma quinientas veces más recursos y produzca mil veces más desechos que un ciudadano pobre, contraatacas con la palabra bienestar como el mejor de tus escudos protectores. De nada sirve, que tus enemigos pregonen los siete millones de automóviles abandonados cada año en los Estados Unidos de Norteamérica, los cien millones de Tm de neumáticos, los veinte millones de botellas, los cuarenta y ocho mil millones de latas de conserva.

Para ti son simplemente números, que además quedan en ridículo ante los cuatro mil seiscientos millones de años del Planeta Tierra, al que se le habrá echo mucho daño, pero que ahí continúa todavía y además con capacidad regenerativa. No obstante, no estaría de más que tuvieses en cuenta que aliados tan firmes como el homo sapiens, será difícil que encuentres. Dominar la Naturaleza y someterla exclusivamente al servicio del desarrollo económico, no parecen ser la línea de actuación correcta en pleno siglo veintiuno; el hombre de hoy cada vez se quita más a menudo su costra urbanística y descubre el gusto por poner los pies en el suelo y mancharse de barro. No te queda más remedio que cambiar de actitud y mostrar esa otra cara —a la que llamábamos virtudes—, si de verdad quieres seguir contando con la especie humana entre las notas de tu agenda.

martes, 24 de junio de 2014

El kiosco

397 Ya llegó el verano, Gon, puede, pero en mi patio está lloviendo, vamos a dejar eso, Alba ¿cómo se te ha quedado el cuerpo con las alabanzas por tu poema?, siempre es de agradecer, Gon, lo que pasa es que María, MJ Collado, J. Valle y Trini, barren para casa, ¿y Néstor?, es duro de mollera, ¿y?, pues eso, Gon, que se resiste pero algún día será abducido por las musas, tiempo al tiempo ¿y tú que traes para hoy?, el kiosco, ah, me suena, y más que te va a sonar, ya verás…


Se cuenta que en aquella urbe donde el sol brillaba con radiaciones de azahar y un día la poblaron los moros, sucedió una mañana que al ser depositados los paquetes de periódicos en el lateral del kiosco de la calle Feria, se produjo un hecho histórico que paso a relatar:
Por un fallo en el sistema de embalaje habían llegado calentitos y sin atadura ninguna, por lo que en el intervalo hasta la llegada del kiosquero, se produjo un tráfico inusual de ideas que terminaron por convertir las distintas corrientes de opinión, en un río de tinta a cada cual más calamitosa. Los artículos estaban llenos de tachaduras, faltaban palabras que habían sido sustituidas por iconos o siglas que no venían a cuento, y no había una sola firma a la que no se le hubiese añadido alguna coletilla malintencionada, o no se le hubiese recordado su pasado rojo, verde o amarillo, según los casos. Las editoriales quedaron reducidas a espacios vacíos de contenido o con letreros del tipo: “Cerrado por defunción” “Se vende” “Ni contigo ni sin ti”. Las esquelas mortuorias fueron vilmente manipuladas, habiéndose cambiado el nombre de los finados por reconocidos personajes públicos...Desde ese día, los periódicos en ese kiosco se depositan sin atar y se les da sus minutos de reposo para que el éxito de ventas siga subiendo.