Paseaba descalza alrededor de la fuente y los guijarros le transmitían el sentir de una madre que ha de cuidar a sus hijos.
Quiso ser como la voz
del arriero
que anima sin pausa a
su dócil mula,
pero se tornó bronco y
pendenciero
y en Vuelta Falsa se
alejó de bula.
En la orilla hermana
hubo un talle fiero
que encandiló su mente
y especula.
Mina Fronteriza ofreció
el vaciero.
Corrió la sangre por
toda la dula.
Ni celtas, ni romanos,
ni Santa Ana
pudieron con la fuerza
de un amor
que en la coraza que lo
protegía
desestimó, considerando
vana,
la preclara ayuda que
sin pudor
el humilde Andévalo le
ofrecía.
ALISO Alnus glutinosa
El aliso es un árbol esbelto que llega a medir 25 m, de corteza gris y escamosa y que a menudo tiene la copa cónica, como las coníferas. Así nos lo recuerda el novelista ‘Clarín’ en Doña Berta: «Al extremo NO. del prado pasa un arroyo orlado de altos álamos, abedules y cónicos humeros de hoja oscura...». Las hojas son caducas, simples, alternas, redondeadas, oblongas e incluso acorazonadas, de 4-14 cm, de contorno algo irregular y sinuado, con el margen finamente serrado o dentado y generalmente con el ápice escotado y no en punta. Las flores masculinas se disponen en largos pedúnculos colgantes denominados amentos que albergan el polen. Y no queda aquí el parecido con las coníferas, pues las flores femeninas forman al madurar unas estructuras semejantes a pequeñas piñas que contienen las semillas.
Esta especie vive asociada a los cursos de agua formando bosques galería llamados alisedas y cohabita con sauces, álamos, olmos y fresnos. Soporta bien la poda, pero sufre mucho si los cauces se quedan secos, sobre todo si sus raíces quedan al aire aunque el nivel freático sea superficial.
Habita en la mayor parte de Europa, Asia y noroeste de África. En la Península Ibérica es una especie común y la encontramos más abundante al occidente. Escasea o desaparece en las regiones más secas, hacia el este y sureste, y está ausente en Baleares.
La madera recién cortada es amarillenta, pero se torna rojiza al cabo del tiempo. No se considera de buena calidad, pero como es fácil de tornear con ella se elaboran pequeñas piezas como cubiertos, mangos, lápices, cuencos, zuecos, cajas, juguetes, patas de muebles, etc.
Este árbol tiene también un gran interés como planta ornamental, recuperadora de taludes y cauces, que además mejora el suelo por la fijación del nitrógeno que hacen sus raíces.
Por su interés, reproduzco a continuación la descripción que hace el escritor y periodista Víctor de la Serna sobre los alisos cántabros de la Liébana, en Nuevo viaje de España. La ruta de los foramontanos: «El rey de estos paisajes es el aliso, ese elegante árbol de las riberas, que al crecer en las orillas de los ríos profundos de Liébana busca sol y se alza hasta portes inverosímiles. El aliso tiene una madera blanca y dócil, continua, como un trozo de marfil blanco. Se endurece con el tiempo y es incorruptible con el agua. Tiene unas hojas oscuras brillantísimas, como barnizadas. La baya que desprende, al caer al río, sirve de alimento a los salmones en su época de crecimiento, hasta que ya, de “pintos”, marchan al mar a recorrer la ignota aventura de su desarrollo. (Nadie ha pescado un salmón en el mar…). El aliso, cuando se le hiere, sangra como una criatura. Con su corteza, por dentro de un rojo parduzco, los aldeanos tiñen sus abarcas y sus bastones, donde han tallado misteriosos dibujos que reproducen, de modo inquietante, motivos prehistóricos».
El aliso en la provincia de Málaga se localiza en el entorno de las Sierras del Aljibe y valle del Río Genal, donde se dan las condiciones ambientales óptimas y necesarias para su supervivencia, tal como una alta humedad ambiental y climática junto a sustratos preferentemente ácidos derivados de areniscas/esquistos y con saturación hídrica permanente.
La primera avenida que pillamos a mano, la recorremos para hacernos
una foto con el obelisco al fondo.- La Avenida 9 de Julio impresiona por la
gran cantidad de carriles que la conforman.- Llama la atención la enormidad de
taxis (amarillo y negro), que se mueven por todas partes, autobuses con un
monumental número en frontal, para que nadie se equivoque y pocos coche
privados.-
Acá la gente se mueve mucho en taxi, camina deprisa y apenas se ven entradas de
subte (metro).- La palabra “cuadra” está presente en las conversaciones
cotidianas porque es la forma de aclararse a la hora de explicar donde se
encuentran los sitios.- El Teatro Colón lo descubrimos pronto, aunque sólo sea
en su fachada y la forma tan característica de hablar se nos va haciendo
familiar.-
La sensación de hallarme muy lejos —desubicado puede ser la palabra adecuada—,
me produce un malestar interno que a pesar de mis esfuerzos porque no
trascienda, la sensibilidad de mi compañera,
terminará descubriéndolo: Tiene presente el avión, la larga travesía, la
ausencia de mis hijos y a pesar de que son aspectos sopesados antes de cruzar
el charco, no dejan de comerme la moral.-
En la calle Juncal (domicilio de los jóvenes), encuentro una ventana abierta
con el uso de interné y lanzo mi llamada a las ondas para conectarme con mis
hijos y los amigos más íntimos como una primera impresión bonaerense.- Tenemos a los anfitriones llevándonos
de un lado a otro probando la primera parrillada que nos llena en demasía y
conociendo el apartamento de la Recoleta, que nos produce la gran sorpresa del
momento de descorrer las cortinas y encontrarnos tras un gran ventanal, la
tapia de un cementerio (La Recoleta), con sus mausoleos, angelitos y demás
parafernalia, eso si mirando para otro lado.- La calle que nos separa de tan lúgubre
pared tiene una tráfico al que uno termina acostumbrándose pero que ni la
persiana consigue amortiguar.- Eso si, acabamos tan cansados al final del día
que cogemos la cama para amortizar el gasto y despreocuparnos del mundo
exterior.-
El aspecto del bloque y sus elementos recuerda la España de los años sesenta:
Ascensores con cierres, ausencia de contenedores para la basura, gas ciudad que
deja mucho que desear.- Aspecto pobre que refleja la situación actual de la
Argentina donde se gana poco y el peso se cotiza cuatro veces menos que el
euro.- En la calle se ven policías uniformados y armados parapetados en
soportales y esquinas solitarios y con escaso apoyo motorizado.- En los super y
tiendas se observan muchas medidas de seguridad, mucha vigilancia.-
El complejo La Recoleta nos llama la atención para aprovechar la soportable de
lo que parece una catedral para llenarlas de tiendas de diseño.- Existe un
Centro Cultural al que no pudimos acceder por estar cerrado.
Mi plaza tiene un reloj. Claro, ese que nos marca
las horas queramos o no. Ahí sentado cómodamente en un banco con una libreta y
un bolígrafo fui pergeñando lo que terminaría convirtiéndose en relato. Tomé
apuntes de la vida que en esa tarde discurría a mi alrededor, sin yo levantarme
ni hacer ninguna encuesta, tan sólo con abrir mis cinco sentidos a la vida que
en ese instante estaba desplegándose. Los niños, los adultos, los perros, las
palomas, la estatua ecuestre, los setos, el kiosco de chucherías, las palmeras,
el clima, mi estado de ánimo. Todo un complejo entramado de sensaciones que
terminarían por dar forma a ese relato, “Mi plaza”, que vio la luz abrigado por
las tapas del libro “Bajo la luz de mi plaza” -Primavera/Verano, que fue
publicado por la Editorial Acentuarte.
Con lo que yo no contaba, ni creo que ninguno de los lectores que han tenido la
oportunidad de leer el susodicho relato es que la narración de esta historia recayese sobre un elemento
ornamental, sin alma aparente, pero con muy buena vista, tanta que me convenció
a mí mismo.
La plaza donde discurren los hechos no es ni más ni menos que la Plaza Nueva de
Sevilla. No podía empezar de mejor manera esta serie de relatos, todos ellos
relacionados con las plazas intramuros de la ciudad de la Giralda.
Hasta ahí puedo contar… lo demás hay que descubrirlo.
El novelista necesita conocer la vida para poder inventar algo sobre la realidad
José María Vaz de Soto
Sábado
Fue el ulular de la
tórtola turca la que me devolvió al mundo de los vivos, mucho antes de que
tomase conciencia de la hora que era. Adormilado aún, permanecí bajo la sábana
con la esperanza de que mi compañero hubiese abandonado ya la habitación. Lo
cierto es que le había sentido levantarse, trastear en el cuarto de baño y
rebuscar en su maleta, pero vino a verme Morfeo y para colmo de mi felicidad
consiguió acunarme en sus brazos. Así que tras unos minutos de espera y una
mirada furtiva a su cama, pude comprobar que, en efecto, estaba solo. Temeroso
miré el reloj, no fuera a ser que mi estado de bienestar se derrumbase por
impertinencias horarias. Ocho y media de la mañana. Hora perfecta. Tenía tiempo
de levantarme, ducharme, acicalarme y bajar a desayunar. El día no podía
comenzar con mejores augurios. Hasta me animé a canturrear algunos de los
fandangos que escuchamos la noche pasada…
Y un pajarillo me oyó,
salí al campo, di un suspiro,
y un pajarillo me oyó.
Que tal suspiro daría…
Ahí me quedé atrancado, me faltaban un par de estrofas, pero no encontraba cuales eran. Lo cierto es que oímos tantos y tan bien interpretados que los tenía todos mezclados. Oí jaleo en el pasillo, así que me apresuré y dejé para otro momento las conclusiones del fandango. Ya me acordaría. Pero cómo la mente no para, de lo que me acordé fue de conectar la radio para ver que había trascendido de la rueda de prensa.
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