Con el ojo derecho vigila la puerta de acceso a la pecera y con el ojo izquierdo contempla el exterior. La gente se agolpa en torno a los puestos, cruza el paso de peatones en masa, obligando a los turismos a formar una larga cola que rodea toda la plaza, un señor disfrazado de payaso ofrece globos con formas de animales a los niños y en un edificio cercano una gran pantalla presenta un performance propagandístico del mismo centro comercial en el que él se encuentra. Entretiene su tiempo en aquel desfile de imágenes hasta que descubre que en un momento determinado aparece su propio escaparate, “¡oh dios mío, soy yo!, estoy saliendo en esa pantalla, ¿cómo no me he dado cuenta?, ¡dios que éxito!, ¿me estarán viendo en algún sitio?, el hombre de la chaqueta roja parece que sí puesto que se asoma de vez en cuando a la puerta, ¿saldrá el momento del cambio de postura?, eso sería ya para un diez, tengo que estar preparado, en cualquier momento vendrán a por mí, no es posible que no se hayan dado cuenta los vigilantes, ¡joder, qué éxito!, yo en un performance, si hubiese alguien ahí fuera grabándome sería el culmen”. Pero no había nadie. En el tiempo que llevaba en la ciudad no le dio tiempo más que a sobrevivir con lo que conseguía en la calle. Ningún amigo podía ayudarle. El momento era trascendental, no podía ponerse nervioso, no lo iba a echar todo a perder ahora. Eran muchas horas de sacrificio para estropearlo, puede que nadie estuviese aún en alerta y le diese tiempo a salir sin ser visto y grabar con el móvil su obra cumbre, “gente mirándome, aquí y allí, si alguien se da cuenta, es el momento”. Un niño tira del brazo de su madre ante la estrategia del payaso de los globos. La madre refunfuña porque no acaba de quedarse con la idea de la oferta que tiene ante sus ojos y en uno de esos movimientos de un lado a otro, se forma en su cerebro la imagen de un maniquí vestido de negro, con sombrero y cara de pan que aparece tanto delante de ella como en la pantalla gigante de la pared cercana. Señala con el dedo, se fija en los detalles y hace que otras personas miren. Es el momento.
El hombre de negro decide emprender la más atrevida de sus actuaciones. Ya sabe que hay mucha gente pendiente de sus movimientos en la pantalla y que no tardarán en fijarse en el escaparate. Alertarán a la guardería y vendrán a por él con las uñas afiladas. Con movimientos lentos, pero sin pausa, se quita el sombrero, saluda al respetable y extrae la agenda del bolsillo de su pantalón, la huele y la deposita en el lugar que estaba sentado. En cuestión de segundos se desliza por la puerta de salida de la pecera. En medio de los últimos clientes esconde su figura como si estuviese atravesando cuerpos permeables. Las cámaras de vigilancia tratan de seguirle la pista pero su agilidad hace imposible la localización. La gente se agolpa hacia las puertas de salida. Llega la hora de cierre y cuando pretenden detenerlo ya es demasiado tarde; en dos zancadas se camufla entre los puestos que tan bien conocía y lo único que pueden constatar es que no robó nada. El hombre, más relajado saca el móvil y se dispone a grabar el performance con la esperanza de que le sirva como plataforma para que le sean reconocidas sus dotes interpretativas, de lo contrario la calle seguirá siendo el lugar de encuentro entre él y la incredulidad de los transeúntes.

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