Un anuncio de radio equivale a una hilera de ladrillos, una noticia de última hora a un enfoscado de dos metros y una canción de amor…¡ay, quien pudiera!
Cabalgaban en monturas
ligeras.
Luego de visitar La
Sepultura
se dirigieron con total
holgura
hasta Mendez, con olor
de ajonjeras.
Asomó entre medias
apostaderas
de amor eterno, de
buenaventura.
Hacia Pinar Sierra fue
su aventura
pedaleando al ritmo de
habaneras.
Santa Rosalía, Arroyo
Barquero,
Mina San Juan, Centenillo,
Los Llanos,
y en sus miradas, fiel
y lisonjero
un penetrante aroma de
romero
que les crea
sentimientos ufanos
al ver Aguas de Miel
como aguadero.
https://www.arbolapp.es/especies/ficha/ilex-aquifolium/
«El suelo estaba duro como el hierro, la escarcha permanecía rígida al rozar los acebos, los carámbanos tintineaban y relucían al caer».‘Las desventuras de John Nicholson’, Robert Louis Stevenson
El acebo tiene el porte de un arbusto muy denso y ramoso o el de un árbol que alcanza hasta los 12 m de talla. La corteza y ramas son grises y lisas. Las hojas son persistentes, simples, alternas, más o menos ovaladas y en general con el margen lleno de espinas. Miden hasta 8 cm de largo, son verde-oscuras y lampiñas por ambas caras, lo que las diferencia de las de la coscoja (Quercus coccifera L.), que son mucho más pequeñas y claritas, o de las de la encina, que son algo menores y tienen el envés aterciopelado. Tanto encinas como coscojas viven en ambientes mucho más secos que el acebo. Hay ejemplares macho y ejemplares hembra. Los machos tienen unas flores blanquecinas que suelen pasar desapercibidas, pero las hembras, tras la fecundación, producen unos frutos globosos del tamaño de un guisante, que son verdes al principio y tornan al rojo intenso al madurar.
DISTRIBUCIÓN
El acebo es una planta centroeuropea y mediterránea, que no llega muy al norte en Europa. También se encuentra en el noroeste de África y sureste de Asia. En la Península es más abundante en la zona septentrional y a medida que se desciende en latitud se va acantonando en las serranías y áreas montañosas.
MÁS INFORMACIÓN
La madera de acebo es de muy buena calidad, dura y tan densa que no flota en el agua, por lo que no sería útil en la industria naval. Es apreciada por los ebanistas para elaborar mangos, culatas de armas y por teñirse bien de negro e imitar a la de ébano; además es muy estimada como leña, para hacer carbón y por los pastores para confeccionar bastones resistentes. En este sentido, Miguel de Cervantes cuenta en el cap. XIII de El Quijote: «Venían unos pastores hacia ellos y traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano…». Y el poeta y militar toledano Garcilaso de la Vega en sus poesías escribe: «Allá dentro en el fondo está un mancebo, / de laurel coronado y en la mano / un palo, propio como yo, de acebo».
Sus hojas se usan como forraje del ganado en invierno y sobre todo como adorno navideño, especialmente si vienen acompañadas de los frutos maduros rojos. Esta práctica al parecer está originada al asociarse simbólicamente la corona de espinas de Cristo con sus hojas puntiagudas y las gotas de sangre con sus frutos rojos. Además, con su corteza se prepara la liga, una goma empleada en la captura de pájaros, actualmente prohibida para este fin. El acebo también se usa mucho como planta ornamental, aguanta muy bien la poda y tiene numerosas variedades de jardinería que realzan las espinas o matizan su verde intenso con bordes o manchas blancas o amarillas.
El acebo está protegido en todo el territorio por las legislaciones andorrana, española y portuguesa. Además, aparece en los catálogos de especies protegidas o amenazadas de numerosas comunidades autónomas españolas. Si se va a usar como decoración navideña, conviene asegurarse de que procede de viveros o de que su explotación es sostenible y legal.
Las acebedas, donde el árbol o arbusto dominante es el acebo (Ilex aquifolium), es una formación tan cerrada que no permite el desarrollo de sotobosque. Encontrar un bosque como este en el sur, en Andalucía, es todo un lujo. Estos bosques se extienden por el centro y norte de la Península, y los que aquí tenemos son una joya vegetal. Estos arbolillos llegaron aquí hace miles de años, empujados hacia el sur por el frío y el hielo de la última glaciación.
Al retirarse los hielos, los acebos emprendieron una migración en sentido contrario, reconquistando hacia el norte el territorio perdido, con lo que podemos afirmar que todos los acebos de Europa son descendientes de los nuestros. Por lo tanto, cuando disfrutemos de este bosque, recordemos que estos acebos están a la espera de la próxima glaciación… para que, después de ella, Europa vuelva a tener acebos.
Como aquella mística agua que brota
por oscuro laberinto rocoso,
para volver en momento dichoso
todo mi tiempo, llegas a mí. Rota
el viento de costado. Una marmota
corre a jugar con la cría del oso.
siento el roce de tu seda. Gozoso
contemplo al arrendajo, la bellota
y sus saltos en azul junto al río.
Aspiro a bocanadas tu fina piel,
te cobijas en mis brazos. ¿Es frío?
¿O es la ilusionada apuesta de amor fiel
que aguardaban tu corazón y el mío,
envueltos en aroma de rosamiel?
Aprovecha un vacío visual y cambia de postura. Ahora consigue sentarse en un taburete, ofreciendo su perfil bueno a la gente de la calle y el otro al interior de la pecera, lo cual le permite controlar la apertura interior. Frente a él dos compañeras y a su espalda deja en ángulo muerto al resto de los integrantes del turno de tarde. Es ahora cuando se da cuenta del color de piel tan poco apropiado que presenta su figura. Sus compañeras parecen auténticas musas africanas con prendas occidentales de tonos claros y veraniegos, en cambio él es una efigie de harina, revestido en negro, “¿quién sabe?, cosas más excéntricas se ven cada día en las pasarelas de moda y esto no es más que un escaparte destinado a gente de la calle”. El contraste no debe quedar mal puesto que nadie se ha extrañado. Tiene ligeras sospechas de un taxista que lo ha mirado varias veces desde que cambió de postura, “lo mismo se ha dado cuenta del movimiento y da el chivatazo, con un poco de suerte se le sube alguien al vehículo y tiene que irse, de lo contrario es capaz de descubrirlo”. Sigue el reto.
Por la posición del sol han debido pasar más de tres horas. Aún es pronto para marcarse la estrategia de fuga, muy pronto para pensar en tirar la toalla y demasiado pronto para perder la concentración, así que del escaparate para fuera está la clave de su éxito. Allí fuera está la máquina devoradora de minutos, el implacable poder del paso del tiempo; ahí dentro nadie mueve una pestaña, es como si acabase de entrar ahora mismo, apenas dos escenas abstraídas del mundo real. Quiere llevar la cuenta del número de personas que se han parado frente a él, le servirá para no distraerse y cometer un fallo. En la calle es capaz de obtener la cuenta de los donativos que depositan los transeúntes en una de sus actuaciones. Céntimo arriba o céntimo abajo, casi nunca se equivoca, pero ahí dentro la cosa es muy distinta, parece como si faltase el aire, de buena gana se quitaría la camisa, esos focos ya la están ganando terreno, da le sensación de que los tiene cada vez más cerca, “¿qué hora será?, da igual, la prueba tiene que seguir”. Es capaz de aguantar la sed, el hambre, la presión de ser descubierto, la posible detención, la comisaría de policía y la multa que no puede pagar. Ya está dentro, que era lo difícil y ha pasado el tiempo necesario para que nada se precipite. Ahora sólo es cuestión de esperar.
Fragmento de la entrevista para el semanario “La mesa puesta”, del mes de Junio del año 2000.
P.- Usted nació rodeada de libros, según ha
manifestado en otras ocasiones, ¿ahí nació su primer amor?
R.- Sin duda. Mi primer amor hacia los libros, puesto que eran parte de mis
juguetes y mi primer amor —platónico, claro está—hacia esos héroes capaces de
hacer felices a toda dama que se pusiese en su camino. Me fascinaba la
Literatura juvenil.
P.- Luego llegó el colegio, ¿cambió en algo su relación amorosa?
R.- Con relación a los libros podemos decir que se hicieron más distantes, tal
vez porque las exigencias del colegio, donde me eduqué, me restaban tiempo para
disfrutar con ellos, cómo a mí me gustaba.
P.- ¿Y en relación a lo demás?
R.- Digamos que los héroes de la letra impresa comenzaron a hacerse de carne y
hueso. Me enamoré, me desenamoré, me dejé seducir, me dejé besar, hasta que me
di cuenta que yo misma podía construir mis historias, y eso si que fue un
flechazo. No sólo era capaz de imitar lo que leía, sino que al mismo tiempo disfrutaba
con ello. Un lujo para mi recién estrenada pubertad.
P.- Sin embargo de esas primeras historias poco o nada ha trascendido.
R.- Si se refiere a las propias de la juventud, no lo han hecho porque aquí
donde me ve, soy de naturaleza tímida y he procurado en todo momento no mezclar
mi vida privada con la profesional. Ahora bien, en el plano estrictamente
literario, sí puedo decirle que a pesar de mis ganas de dar a conocer lo que
escribía, no me decidí a hacerlo hasta comprobar que merecía la pena, y para
entonces ya había cambiado de estilo.
P.- Entonces surgieron aquellos “Cuentos infantiles” que alcanzaron notoria
fama. Bien merecida, todo sea dicho, no nos equivoquemos, pero pasaron muchos
años ¿no cree?
R.- Los que consideré necesarios para sacar a la luz, sin ningún prejuicio, mi
trabajo.
P.- ¿Fue un amor enquistado que tardó en explosionar?
R.- Fue el encuentro con una situación nueva para mí, y el fruto de un intenso
amor. El nacimiento de mi hija cambió mi vida de tal manera, que ahora sí tenía
de verdad el corazón dividido en varias parcelas amorosas.
P.- Su marido, sus libros, su hija…Aunque no pudo evitar pasar por el valle del
desenamoramiento, según usted misma ha confesado en alguna ocasión.
R.- Así es. A pesar de lo que mucha gente pueda pensar, sufro y padezco cómo
cualquiera, nada me es ajeno, por eso me enamoro y por eso puedo dejar de
hacerlo, estoy en la misma ruleta que todos los demás.
P.- Y eso se nota después en sus novelas.
R.- Mi impresión es que es muy difícil evitarlo. Una siempre trata de alejarse
de sus personajes, pero en cierta medida termina enamorándose de ellos y les
coloca ciertos estigmas que le son propios.
P.- Otra vez el amor. Va, viene…
R.- Nunca me agobié por ello. Mis libros estaban ahí, mi hija también. La vida
igual te coloca al lado de alguien que te separa.
P.- Y usted se separó.
R.- Nunca lo entendí así. Digamos que distintos intereses hicieron que
cesásemos en la convivencia que habíamos tenido mi marido y yo. El cariño que
nos profesamos lo aconsejó.
.../...
Fue tu mirada verdeoliva
imán que subyugó multitudes,
que doblegó mi férreo torso.
Luciérnagas de noche sin estrellas,
de saco de dormir pegado al suelo.
A través de ella llegué
a adentrarme
en los secretos de la colmena,
de una rosca sin fin.
Ante ella me siento
tan de este mundo
que quiero beber a sorbo lento,
creer en el día de la ardilla
y leer en el iris
tu diario de a bordo.
Entre lámparas siempre ocultas
encontré el neón de tus ojos,
lo tengo frente a mí, se disipa,
brilla con toda intensidad.
Lo veo
vagando por entre muros de vergüenza.
Verdeoliva
como la tarde que dibuja en el horizonte
la figura de una dama
saltando entre algodones,
mano abierta, tul de seda,
extiendo la mía,
alargo al límite la tercera falange
y vuelvo a tus ojos.