jueves, 8 de octubre de 2026

Ruta Tinto

 


El itinerario comienza en la estación de Gadea, a unos 6.5 kilómetros, desde La Palma del Condado (Huelva) por la carretera a Valverde del Camino. Deberemos seguir el trazado de la vía del tren hacia la derecha, siempre junto al río, que nos servirá de guía en esta ruta, donde visitaremos siete molinos harineros, todos situados en la margen izquierda del río.

Todos los molinos están situados a una distancia aproximada de un kilómetro uno de otro. La mayoría de ellos construidos en el siglo XIX y disponen de un dique en oblicuo para canalizar el agua. Algunos de ellos aún conservan en buen estado las piedras que se utilizaron para moler el trigo.

Además del de Gadea, podemos ver los molinos de San Juan, Sastre, Nuevo, Cuervo, Rincón y Cascajal, desde donde iniciaremos el camino de vuelta, optando por la otra orilla para ver los diques de los molinos y volver por la orilla del puente de Gadea.

Esta ruta se desarrolla por el río Tinto a su paso por los términos municipales de Niebla, Villarrasa, Paterna del Campo y La Palma del Condado. Tiene una longitud de 6’5 kms con una dificultad baja.

El río Tinto tiene una longitud de 100 kms y es quizás para muchos el gran desconocido. El no poder aprovechar sus rojizas aguas para el regadío lo hace diferente de los demás, pero es quizás la razón natural de sus aguas teñidas el motivo por el cual tienen un atractivo especial y sólo existen dos ríos en el mundo con las mismas características.

El itinerario comienza en la Estación de Gadea, que pertenece al antiguo ferrocarril minero de la Compañía de Minas de Riotinto. A un kilómetro, en el molino Nuevo o molino de los “Santos” podemos ver restos de algunos azulejos a la entrada; más tarde a la altura del molino del Rincón podemos ver como las aguas de la presa del Corumbel han desplazado a la vía del tren fuera de su trazado; hasta no hace mucho allí mismo se encontraba una enorme piedra de moler.

El molino de Cascajal, situado en el final del recorrido, se encuentra en un buen estado de conservación. En el interior podemos ver restos de una cabria y las piedras de moler el trigo.

También es interesante: El trazado del ferrocarril lo podemos seguir desde San Juan del Puerto hasta Nerva, de donde parte un tren turístico hasta el apeadero de los Frailes en Berrocal. En todo el recorrido hay unos quince molinos aproximadamente. Río arriba encontramos cuatro túneles, el primero a unos siete kilómetros. Es el túnel Salomón con el puente de hierro, siendo un emblema de la Cuenca Minera.

 

martes, 6 de octubre de 2026

Maniquí en blanco y negro (y 3)

 

 
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Con el ojo derecho vigila la puerta de acceso a la pecera y con el ojo izquierdo contempla el exterior. La gente se agolpa en torno a los puestos, cruza el paso de peatones en masa, obligando a los turismos a formar una larga cola que rodea toda la plaza, un señor disfrazado de payaso ofrece globos con formas de animales a los niños y en un edificio cercano una gran pantalla presenta un performance propagandístico del mismo centro comercial en el que él se encuentra. Entretiene su tiempo en aquel desfile de imágenes hasta que descubre que en un momento determinado aparece su propio escaparate, “¡oh dios mío, soy yo!, estoy saliendo en esa pantalla, ¿cómo no me he dado cuenta?, ¡dios que éxito!, ¿me estarán viendo en algún sitio?, el hombre de la chaqueta roja parece que sí puesto que se asoma de vez en cuando a la puerta, ¿saldrá el momento del cambio de postura?, eso sería ya para un diez, tengo que estar preparado, en cualquier momento vendrán a por mí, no es posible que no se hayan dado cuenta los vigilantes, ¡joder, qué éxito!, yo en un performance, si hubiese alguien ahí fuera grabándome sería el culmen”. Pero no había nadie. En el tiempo que llevaba en la ciudad no le dio tiempo más que a sobrevivir con lo que conseguía en la calle. Ningún amigo podía ayudarle. El momento era trascendental, no podía ponerse nervioso, no lo iba a echar todo a perder ahora. Eran muchas horas de sacrificio para estropearlo, puede que nadie estuviese aún en alerta y le diese tiempo a salir sin ser visto y grabar con el móvil su obra cumbre, “gente mirándome, aquí y allí, si alguien se da cuenta, es el momento”. Un niño tira del brazo de su madre ante la estrategia del payaso de los globos. La madre refunfuña porque no acaba de quedarse con la idea de la oferta que tiene ante sus ojos y en uno de esos movimientos de un lado a otro, se forma en su cerebro la imagen de un maniquí vestido de negro, con sombrero y cara de pan que aparece tanto delante de ella como en la pantalla gigante de la pared cercana. Señala con el dedo, se fija en los detalles y hace que otras personas miren. Es el momento.

El hombre de negro decide emprender la más atrevida de sus actuaciones. Ya sabe que hay mucha gente pendiente de sus movimientos en la pantalla y que no tardarán en fijarse en el escaparate. Alertarán a la guardería y vendrán a por él con las uñas afiladas. Con movimientos lentos, pero sin pausa, se quita el sombrero, saluda al respetable y extrae la agenda del bolsillo de su pantalón, la huele y la deposita en el lugar que estaba sentado. En cuestión de segundos se desliza por la puerta de salida de la pecera. En medio de los últimos clientes esconde su figura como si estuviese atravesando cuerpos permeables. Las cámaras de vigilancia tratan de seguirle la pista pero su agilidad hace imposible la localización. La gente se agolpa hacia las puertas de salida. Llega la hora de cierre y cuando pretenden detenerlo ya es demasiado tarde; en dos zancadas se camufla entre los puestos que tan bien conocía y lo único que pueden constatar  es que no robó nada. El hombre, más relajado saca el móvil y se dispone a grabar el performance con la esperanza de que le sirva como plataforma para que le sean reconocidas sus dotes interpretativas, de lo contrario la calle seguirá siendo el lugar de encuentro entre él y la incredulidad de los transeúntes. 

martes, 22 de septiembre de 2026

La casa deshabitada. Capítulo XVIII

 


Escribo porque me gusta, se podría decir que soy un escritor literario. Más específicamente un cuentista.
Horacio Quiroga

 

MmG <medardomgurría@gmail.com>                          7 de febrero de 2014  23:57h
Para: <elisacapa@elisacapa.com>
Asunto: Grandes esperanzas.
Querida Elisa: Ni que decir tiene lo bien que me ha venido el título de este libro para expresar mi situación actual. Al igual que el protagonista de la obra de Dickens, siento que tengo ante mí un futuro lleno de ilusiones, porque me encuentro cada vez más seguro de lo que hago. Los cuarenta y nueve capítulos que conforman la edición que llegó a mis manos, fueron devorados sin tregua alguna. Eso sí, sus cuatrocientas sesenta y nueve páginas resultaron un auténtico calvario para mi presbicia, por el tamaño de la letra. Renuncié a leerlo en formato electrónico por mi apego al libro de papel y la verdad es que será la última vez que me atreva a tanto. Carlos Dickens no me era desconocido, cómo es lógico, pero ante obras de esta calidad hay que descubrirse y pensar en la importancia de no dejar de leerlo de una manera u otra. La estructura lineal de la obra nos va llevando a contarnos todo lo que le ocurre al protagonista desde que es pequeño. Al contrario de otras obras de Dickens donde se observa un gran dinamismo, una constante briega de sus personajes, en esta parece que todo discurre de una manera más comedida: a Pip le van ocurriendo cosas, pero se reflexiona más que se actúa.
Supongo que algo parecido te ocurriría a ti cuando la leíste, porque sé que eres muy dada a la reflexión, y por tanto estas situaciones te gustarán, pero bueno, eso son especulaciones mías. Ya me dirás.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Anoche mientras sobrevolabas


 

Anoche mientras sobrevolabas
tu Atlántico
tenía mi mente puesta
en el siete de julio.
No me tembló el pulso,
no se me agrietó la voz,
en algún desconocido archivo temporal
fue alojada esa imagen sonora
que yo llevo pegada en la frente
con un post-it amarillo
infinitesimal.
Blancos azulejos, dieciséis por dieciséis,
amoldaron el testimonio hasta
que el insigne operario entró
con la pertinaz machota.
Yo estaba pensando en Eros,
tu mente cabalgaba junto a Phylos,
hemos cambiado de siglo
y no consigo despegarme
esa franja horaria
que nos separa.
¡Ay de los quince años!
—tinta derramada otrora—
aún bulle,
aún galopa brioso el corcel blanco,
rescoldo a la espera del viento,
 manantial que busca el río.
Yo también cruzo la mar
y permanezco en silencio.
                                                       

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Prólogo a La vida secreta de un jubilata


 

EL ARTE DE VIVIR 

«Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario»

 Albert Schopenhauer

«El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza»

André Maurois 

 Gregorio García González vive en Sevilla, tiene sesenta y siete años, y está jubilado. Es un buen amigo de sus amigos. Que se lo digan a Pruden, el hijo de un guardia civil intérprete del firmamento, y a quien le preocupa seriamente el futuro del planeta; o a Cipri, al que Gregorio intenta convencer con insistencia de que conozca a una nueva compañera —como su propia pareja, Ana— y rompa de una vez con la soledad… Además, es un buen padre. Se separó hace años de su mujer, Rosa, con quien tuvo dos hijos y una hija, a los que quiere —aunque le molesten algunas cosillas de ellos— y a quienes ha transmitido no pocas costumbres saludables. También es un abuelo singularmente admirable. El profundo amor hacia sus dos nietas y su nieto, se materializa en múltiples detalles: en su dedicación a ellos en forma de sutiles diálogos, de lúcidas enseñanzas prácticas para la vida, de juegos amables y curiosos; también por su tarea de crear unos personajes ficticios para ellos, fruto de su fértil imaginación, pero a la vez inspirados en la más inmediata realidad. Por todo, Hugo, Lucía, y Andrea, con la sabiduría natural de los niños, se divierten a su lado; y eso a pesar de que su abuelo no exprese su cariño mediante aspavientos ni hipérboles.

Gregorio, como seguramente a estas alturas habréis adivinado, es el protagonista del libro que vais a empezar a leer, La vida secreta de un jubilata; y, por supuesto, quienes conocéis de alguna manera a su autor, José Rodríguez Infante, podréis deducir de lo dicho hasta ahora, que tiene bastante de él mismo.  Hace tiempo que percibí en José Rodríguez, poeta y narrador de Paymogo, a un hombre juicioso y, por tanto, consecuente, sincero y no de medias verdades.

Pienso, por otro lado, que los personajes nacidos de José, tanto individuales como a nivel de colectividad, tienen algo —o mucho— de cada uno de nosotros. Se trata de un detalle propio de sus otras obras en narrativa. En él está la calle, el ámbito de la familia, el mundo del trabajo… No es nuevo ese tratamiento de los individuos en la narrativa realista, por supuesto; sin embargo, Rodríguez Infante es un agudo conocedor de la psicología humana, y goza de una singular empatía hacia quienes sencillamente transitan por las plazas y rincones de nuestras ciudades.

Cuando leí por primera vez en el bachillerato La hoja roja de Miguel Delibes, debo decir que me sobrecogió de alguna manera, pero no me sentí identificado en absoluto con los personajes. Lo mismo me ocurrió un verano con la lectura de la novela El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. Sé que ahora sería capaz de comprender mejor a los protagonistas de esas magistrales historias sobre seres que, a pesar de poseer una personalidad única y poderosa cada uno de ellos, tienen en común volver una y otra vez la mirada al pasado, con infinitas reflexiones acerca de lo que ha sido su vida. Para todas las lecturas hay un tiempo.

No obstante, volviendo al personaje, debo aclarar que Gregorio García es asimismo un hombre de acciones, no solo de inevitables cavilaciones acerca del paso del tiempo: tiene su propio blog, está interesado en múltiples cuestiones y “vive su presente” con plena conciencia de lo que de bueno o menos bueno hay en él. Ha sido capaz de crear en su imaginación, perfectamente reflejado por su autor, un universo paralelo al suyo, que es el de Quique, y su alter ego, Lord Pincel; o el ruidoso mundo habitado por Chitón y Chillón, dos pájaros de cuidado, inspirados en la más pura cotidianidad. Por otro lado, el protagonista no se refugia en sus libros, sino que los usa con un sentido dinámico, como es propio de los buenos lectores, mencionando a autores que demuestra conocer a la perfección: Chéjov, Ignacio Aldecoa, Horacio Quiroga o Kafka, entre otros…

Dicho todo esto, solo deseo que os recreéis, amigas y amigos lectores, en este nuevo y rico relato de un autor que ama a sus personajes y los sabe revestir con toda la dignidad, sin hacerles perder un ápice de autenticidad. Disfrutad de las aventuras de un protagonista, que, aunque haya arrumbado su bicicleta, fiel camarada de otro tiempo —detalle con el que me siento también identificado—, y a veces resulte algo gruñón y lapidario, sigue escuchando con gusto los fandangos de Paco Toronjo; continúa cuidando, con todo el cariño de que es capaz, sus cuatro macetas, a su familia, a su novia Ana y a sus amigos de toda la vida, y persevera, en fin, en albergar dentro de sí la esperanza de un mundo mejor. Un protagonista, que, como su creador —y a pesar de todo—, continúa cada mañana muriendo de amor por la vida… 

Tomás Sánchez Rubio