EL
ARTE DE VIVIR
«Los
primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el
comentario»
Albert Schopenhauer
«El
arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza»
André
Maurois
Gregorio
García González vive en Sevilla, tiene sesenta y siete años, y está jubilado. Es
un buen amigo de sus amigos. Que se lo digan a Pruden, el hijo de un guardia
civil intérprete del firmamento, y a quien le preocupa seriamente el futuro del
planeta; o a Cipri, al que Gregorio intenta convencer con insistencia de que
conozca a una nueva compañera —como su propia
pareja, Ana— y rompa de una vez con la soledad… Además, es un buen padre. Se
separó hace años de su mujer, Rosa, con quien tuvo dos hijos y una hija, a los
que quiere —aunque le molesten algunas cosillas de
ellos— y a quienes ha transmitido no pocas costumbres saludables.
También es un abuelo singularmente admirable. El profundo amor hacia sus dos
nietas y su nieto, se materializa en múltiples detalles: en su dedicación a
ellos en forma de sutiles diálogos, de lúcidas enseñanzas prácticas para la
vida, de juegos amables y curiosos; también por su tarea de crear unos
personajes ficticios para ellos, fruto de su fértil imaginación, pero a la vez inspirados
en la más inmediata realidad. Por todo, Hugo, Lucía, y Andrea, con la sabiduría
natural de los niños, se divierten a su lado; y eso a pesar de que su abuelo no
exprese su cariño mediante aspavientos ni hipérboles.
Gregorio,
como seguramente a estas alturas habréis adivinado, es el protagonista del
libro que vais a empezar a leer, La vida secreta de un jubilata; y, por
supuesto, quienes conocéis de alguna manera a su autor, José Rodríguez Infante,
podréis deducir de lo dicho hasta ahora, que tiene bastante de él mismo. Hace tiempo que percibí en José Rodríguez,
poeta y narrador de Paymogo, a un hombre juicioso y, por tanto, consecuente,
sincero y no de medias verdades.
Pienso,
por otro lado, que los personajes nacidos de José, tanto individuales como a
nivel de colectividad, tienen algo —o mucho—
de cada uno de nosotros. Se trata de un detalle propio de sus otras obras en
narrativa. En él está la calle, el ámbito de la familia, el mundo del trabajo… No
es nuevo ese tratamiento de los individuos en la narrativa realista, por
supuesto; sin embargo, Rodríguez Infante es un agudo conocedor de la psicología
humana, y goza de una singular empatía hacia quienes sencillamente transitan
por las plazas y rincones de nuestras ciudades.
Cuando
leí por primera vez en el bachillerato La hoja roja de Miguel Delibes, debo
decir que me sobrecogió de alguna manera, pero no me sentí identificado en
absoluto con los personajes. Lo mismo me ocurrió un verano con la lectura de la
novela El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. Sé que ahora sería
capaz de comprender mejor a los protagonistas de esas magistrales historias
sobre seres que, a pesar de poseer una personalidad única y poderosa cada uno
de ellos, tienen en común volver una y otra vez la mirada al pasado, con infinitas
reflexiones acerca de lo que ha sido su vida. Para todas las lecturas hay un
tiempo.
No
obstante, volviendo al personaje, debo aclarar que Gregorio García es asimismo un
hombre de acciones, no solo de inevitables cavilaciones acerca del paso del
tiempo: tiene su propio blog, está interesado en múltiples cuestiones y “vive
su presente” con plena conciencia de lo que de bueno o menos bueno hay en él.
Ha sido capaz de crear en su imaginación, perfectamente reflejado por su autor,
un universo paralelo al suyo, que es el de Quique, y su alter ego, Lord
Pincel; o el ruidoso mundo habitado por Chitón y Chillón, dos pájaros de
cuidado, inspirados en la más pura cotidianidad. Por otro lado, el protagonista
no se refugia en sus libros, sino que los usa con un sentido dinámico, como es
propio de los buenos lectores, mencionando a autores que demuestra conocer a la
perfección: Chéjov, Ignacio Aldecoa, Horacio Quiroga o Kafka, entre otros…
Dicho
todo esto, solo deseo que os recreéis, amigas y amigos lectores, en este nuevo
y rico relato de un autor que ama a sus personajes y los sabe revestir con toda
la dignidad, sin hacerles perder un ápice de autenticidad. Disfrutad de las
aventuras de un protagonista, que, aunque haya arrumbado su bicicleta, fiel
camarada de otro tiempo —detalle con el que me
siento también identificado—, y a veces resulte algo gruñón y lapidario,
sigue escuchando con gusto los fandangos de Paco Toronjo; continúa cuidando,
con todo el cariño de que es capaz, sus cuatro macetas, a su familia, a su
novia Ana y a sus amigos de toda la vida, y persevera, en fin, en albergar dentro
de sí la esperanza de un mundo mejor. Un protagonista, que, como su creador —y a pesar de todo—,
continúa cada mañana muriendo de amor por la vida…
Tomás
Sánchez Rubio