Pasear por la Alameda de Hércules en Sevilla es una
oportunidad para abrir los sentidos y dejar que el aire inunde los pulmones. De
esa manera, en cierta ocasión, ocurrió que me hallaba sentado en uno de esos
bancos tan especiales, color albero, cuando pasó un ciclista al que no veía
desde hace tiempo. No se paró, no hablamos, pero me dejó una impronta de
recuerdos que dieron lugar a que me pusiera a escribir unas notas, que con el
paso del tiempo se transformarían en uno de los relatos del libro “Bajo la luz
de mi plaza/ Primavera-Verano”.
Sabía de él que vivió en Sudamérica y que era una persona muy especial por su
labor en la defensa del medio ambiente, amén de ser un deportista aficionado al
uso de la bicicleta.
De ahí que en el mencionado relato —al que llamé Birulas— aparezcan nombres
como Abdón y Viorica. Lo que acontece en el relato es ya otra historia, que en
nada tienen que ver con la presencia de la persona conocida por el lugar en el
que yo me hallaba, pero como el mundo da tantas vueltas… mira que si tuviera
algo que ver. En fin, habrá que descubrirlo.

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