La radio dejó de sonar por un fallo mecánico y el escayolista quedó pegado a la placa del techo.
Los truenos anunciaban
la tormenta,
nubes negras precedían
la noche.
Eran tiempos en que
poseer coche
quedaba acotado a gente
opulenta.
Por eso el bravo
segador se enfrenta,
sin que nadie le haga
ningún reproche
a los rayos que
por la medianoche
marcan el camino a su
yegua absenta.
Lleva a la grupa un
fascinado infante,
arropado en capote
protector
que rezuma un momento
apasionante
muy lejos de la jerga
altisonante
que proclama su padre,
detector
de temible contingencia
apremiante.
Fotografía tomada de la red
ÁLAMO TEMBLÓN
https://www.arbolapp.es/especies/ficha/populus-tremula/
https://sierradebaza.org/?view=article&id=343:alamo-temblon-populus-tremula&catid=178
«Y están los álamos temblones […], el Populus tremula, que se estremece aun sin brisa, que parece que tiene un fluido móvil capaz de producir la brisa él mismo con sus pequeños crótalos…».‘Nuevo viaje de España’, Víctor de la Serna
Populus es el nombre latino de los álamos y chopos, que significa ‘el pueblo’, es decir, sería el ‘árbol del pueblo’. El epíteto específico tremula indica ‘que tiembla’, por el movimiento de sus hojas con la menor brisa.
Este álamo, que es considerado como una especie pionera y de rápido crecimiento, tiene un gran valor ornamental, teniendo la peculiaridad cromática de que las hojas, antes de su caída, adquieren colores muy diferentes, de los que destacan los tonos rojizos. Tiene una madera de poco peso, que al cortarse con maquinaria apenas se astilla, resistiendo muy bien el desgaste, el choque y golpes, se utiliza para preparar paneles sobre los que pintar al óleo, en tornería y en ebanistería, para enchapados de muebles, para desenrollo y para la obtención de pasta de papel de buena calidad. Ha sido una madera también muy utilizada en la construcción, habiéndose empleado como vigas para techumbres de cuadras y en arquitectura popular, al ser resistente y poder obtenerse de sus troncos fustes de muy buena longitud, soportando muy bien que se les clave y atornille. En la mitología celta, el álamo temblón se llamaba aeda, que quiere decir “el que evita la muerte” y se decía en la cultura celta que en el susurro de las hojas del álamo temblón, cuando sopla el viento, se oyen las voces del mundo de los espíritus. Su madera fue muy utilizada por los celtas para la elaboración de escudos, que consideraban les protegían de la muerte y sus vibraciones transmitían valentía y audacia.
Aunque crecen a veces en las riberas o en los valles fluviales, suelen ser más propios como acompañantes de los bosques de hoja caduca, siempre que el suelo esté bien desarrollado y haya humedad suficiente. A menudo forma pequeños rodales que proceden de los rebrotes de cepa y se le considera un pionero en la recolonización forestal. Crecen desde el nivel del mar hasta los 2000 m.
Habita de forma natural en gran parte de Europa y Asia, haciéndose más escaso hacia el sur y refugiándose en las montañas. También aparece en algunos puntos del Atlas marroquí. En la Península se distribuye por la mitad septentrional, Sistema Central e Ibérico, algunos puntos de la cuenca del Sil y disperso en las serranías de Cuenca y Guadalajara.
Su madera es fina, no se astilla con facilidad y se usa para pequeños trabajos de tornería, cestería y para hacer carbón vegetal como componente de la pólvora, mientras que sus hojas se emplean como forraje para el ganado. Su uso como planta ornamental se ha extendido mucho y pueden verse rodales o ejemplares naturalizados.
Oria de Rueda (marzo, 2000) cuenta que el temblón, además de para alegrar la vista, sirve para curar males, empleándose frecuentemente como planta medicinal. Con las yemas se fabrica un bálsamo usado por los curanderos y brujas galeses. En el norte de Europa, la corteza interna se molía en época de hambruna para obtener harina comestible. Este mismo autor refiere que el temblón también se ha utilizado asiduamente en la fabricación de cribas o cedazos para trilla del cereal, así como de maderas para autoconsumo, como mangos, escaleras, etcétera; debido a este último uso, muy generalizado, a este árbol se le da el nombre de “escaleral” en el Pirineo aragonés. En la montaña pirenaica y cantábrica, el ramón se corta en verano y otoño para utilizarlo como forraje invernal, secado y guardado en los hórreos y payares. La leña es buen combustible, comparada con la de otras especies del género, y el carbol vegetal, de gran calidad, se ha empleado en la elaboración de pólvora.
En octubre del 2004, se dio a conocer en el Parque Natural Sierra de Baza, por la Asociación PROYECTO SIERRA DE BAZA, la localización de la más importante tembleda de que se tiene noticias en la España meridional.
El hombre cubría de negro su estilizada figura realzando más si cabe su fina piel nórdica. Merodeaba por los estantes de la sección de papelería de los grandes almacenes, cuando le llamó la atención una agenda de piel de pequeño tamaño. La palpó con delicadeza, la abrió, la cerró y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Con parsimonia continuó su recorrido por otros departamentos de la planta baja, hasta que en un descuido se introdujo en la zona de perfumería. Al pasar a otra calle atravesó un arco de seguridad y de inmediato su pierna derecha comenzó a emitir sonoros pitidos. Se volvió, trató de disimular, pero la empleada se dio cuenta de la maniobra y enseguida puso en alerta al servicio de seguridad de la planta.
El hombre parecía no escuchar las llamadas de atención de unos y otros, aceleró elpaso y buscó una puerta de salida al exterior. Su blanquecino rostro se había vuelto tornasolado. Al darse cuenta que una figura de chaqueta roja lo miraba con insistencia y parecía bloquearle la salida, intentó girar hacia su izquierda, por las escaleras mecánicas, pero al final de la misma divisó a un muchacho fornido, vestido de uniforme. Dio media vuelta, inició un trote mulero y se introdujo en una parte menos visible debido a que una multitud de personas rebuscaban objetos puestos en oferta. Mirase por donde mirase sabía que iban a por él. Se agachó como para atarse el cordón de un zapato y se dio cuenta de una pequeña abertura que daba acceso al escaparate exterior: su objetivo.
Ágil como una ardilla dio pie a que cuando sus perseguidores hubieron llegado al lugar donde lo vieron por última vez, no supiesen por dónde había podido escapar. Se agacharon, miraron por debajo de los estantes llenos de ofertas y tan sólo pudieron ver un sin fin de piernas masculinas y femeninas que se movían de un lado para otro. Registraron las puertas circundantes, los cajones, las estanterías, el escaparate y hasta escudriñaron el rostro de los clientes por si alguno guardaba relación con la cara que se les había grabado desde el momento que les dieron la voz de alarma. Nada. Desistieron en su intento e informaron a la central para que rebobinase la grabación de las cámaras de seguridad e informarse de las pautas a seguir.
Mientras tanto el hombre ocupaba un lugar en el escaparate a la vista de todos los viandantes, pero sin que nadie encontrase ninguna anomalía. Su figura encajaba a la perfección en medio de aquellos trabajadores a jornada continua que se pasaban allí veinticuatro horas seguidas sin necesidad de ir al servicio. En un momento de pausa visual, le arrebató el sombrero a uno de sus compañeros y se lo caló para adoptar una posición de inmovilidad que ya quisieran para sí muchos de los más antiguos en la plantilla. El olor a piel le llegaba desde el fondo de su bolsillo, era una atracción reconfortante ante el gran reto que se había marcado.
Tenía ante su vista un buen elenco de carromatos que ofrecían toda clase de baratijas, nada que ver con lo que ofertaban sus compañeros, cubiertos de finas ropas de cara al verano que se aproximaba. La gente daba vueltas alrededor de aquellas tiendas ambulantes y a modo de escapistas entraban y salían por uno y otro espacio sin abrir puertas ni ventanas. Tocaban las telas, preguntaban por un sombrero, se probaban una pulsera, se miraban en un espejo flotante y desaparecían. Los magnolios desplegaban sus blancas ofrendas y las palmeras parecían crecer cada segundo que se dejaban de mirar. Comenzaba a notar un poco de calor, a pesar de su posición algo distante del foco lumínico. Nadie se quejaba. Dos señoras se pararon frente a él charlando de sus cosas. Es un momento solemne, no ha de pestañear ni mover un solo músculo, no va a ser menos que esa engreída que tiene a su derecha que no hace más que mirarlo con aires de superioridad, no le quita ojo de encima desde que entró en la pecera sin agua. Viene más gente, de distintas edades, miran, comentan algo y se marchan. Le gustaría leer en los labios, pero tiene dificultad con el idioma: el español nunca se le dio bien, por eso está aquí, en la tierra de Velázquez, porque siempre le gustaron los grandes retos, aunque éste que ahora tiene entre manos no sabe si lo superará.
.../...