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martes, 9 de julio de 2013

La monja (y 3)


351 Se nota que estamos en época vacacional, ¿por qué lo dices Alba?, percibo cierta apatía, eso es que tú estas con los cables cruzados, ¡a lo que vamos!, ¿tienes ya el desenlace de la monja?, lo tengo, pues cuélgalo ¿a qué esperas?, ¡ya voy, ya voy!, con la prisas… ¿hablaste con Trini?, si, ya le dije que los pirulitos y México, que yo sepa no guardan relación, pero… ¿quién sabe?, ¡ah bueno!..


LA MONJA (Y 3)
.../...Viene de La monja (2)
Ya sabía que pista seguir…y la siguió. Y le llevó a darse cuenta que aquella religiosa formaba parte del personal de servicio, por su forma de desenvolverse, por los sitios donde entraba y salía y porque sólo se la veía durante determinadas horas. Ni quería preguntar más por ella para no levantar sospechas; a partir de ese momento todo estaba en sus manos, dependía de él mismo, tenía que pasar tan desapercibido que nadie podía sospechar la verdadera intención de su presencia en el hospital. Siguió  tras la toga de la monja esperando que ésta le diese la siguiente pista, hasta que terminó por dársela casi en sus  propias narices: en la habitación que le había correspondido ejercer de familiar de préstamo estaba solo, salió a la terraza a fumar y de pronto observó que alguien entraba en la habitación cerrando la puerta. Se agachó, miró por una pequeña fisura de la persiana y…allí estaba. Era ella, la monja.
La religiosa se acercó al enfermo para comprobar que dormía y a continuación se encaramó en una silla para manipular el aparato de televisión que había en la sala, desconectar un cable que le unía al depósito de las monedas que hacían posible su funcionamiento y, para asombro del policía, llevarse casi toda la recaudación manipulando hábilmente el receptáculo de las monedas. Volvió a ponerlo todo como estaba y en pocos minutos se hallaba de nuevo en el pasillo como si de un fantasma se tratase. El hombretón la siguió y al comprobar que se introducía  en el control de las enfermeras, decidió detener sus impulsos y esperar otro momento más adecuado para poner fin a aquella pesadilla. Y no tardó en llegarle la ansiada oportunidad puesto que a la noche siguiente, la monja volvió a las andadas, sólo que en esta ocasión y sin que ella
se diese cuenta era seguida hábilmente por el policía que ya sabía cuales eran todas sus artimañas: esperó que saliera del control de enfermería, se colase en una habitación, cerrase la puerta y le dio tiempo para que preparase sus herramientas de trabajo; se acercó con sigilo a la puerta de la habitación, pegó la oreja y con el más exquisito de los sigilos fue abriendo la hoja hasta distinguir a la religiosa enfrascada en sus quehaceres nocturnos.
Cuando ya lo tenía todo claro, no lo dudó: abrió con energía la puerta y al grito de “¡Alto policía!” dejó a la monja pegada al receptáculo de las monedas. No dejó ni que volviese la cara, se puso a su espalda, le sujetó las manos y en un minuto la tenía reducida, arrodillada en el suelo y con las manos esposadas por las muñecas en su propia espalda. Le pidió que se incorporase para darle la vuelta y poder ver su cara, pero no le dio tiempo de asombrarse ante el rostro masculino de la supuesta monja, porque en ese mismo momento, en la puerta de entrada a la habitación se oyó otra voz, que le resultaba de sobra conocida al policía de amplios pectorales.
—¡Está bien Gutierrez!¡Déjenos a nosotros!
Se trataba del inspector, de su jefe, que ante la cara de susto del hombretón, tuvo que realizar un esfuerzo y esbozar una sonrisa para evitar que el subordinado pudiese saltarse alguna que otra norma y despertar a medio hospital como mínimo. A la mañana siguiente, a las diez en punto, en el despacho del inspector-jefe en la Comisaría de Policía se dieron las explicaciones pertinentes:
“La supuesta monja no era tal, sino un enfermero que disfrazado de esa guisa y aprovechando la broma del resto de sus compañeros, se dedicaba desde hacía tiempo a aligerar de peso la caja de monedas de las televisiones de las salas, hasta que un día, en una de las visitas que el preso fugado realizaba al hospital, lo sorprendió en su celestial dedicación y para evitar males mayores, no le quedó otro remedio que llegar a un acuerdo con él y facilitarle su intento de fuga. El inspector, ante las denuncias de la firma explotadora del negocio de la televisión por pago, se puso a trabajar. Tenía sospechas, pero no había podido probar nada, le faltaba...le faltaba esa persona adecuada, con la motivación suficiente para coger con las manos en la caja al desdichado, que por unos pocos euros se estaba jugando su puesto de trabajo. Conocía a Gutierrez y sabía que no se iba a conformar con el cierre del caso de la fuga del preso, por eso permitió que se le sancionara, para herirle más su orgullo y sobre todo para vigilar al vigilante desde el mismo momento en que se le comunicara la decisión tomada por la Jefatura. Alguien como el hombretón infiltrado y herido por entre las paredes de ese hospital era justo lo que necesitaba para descubrir qué había de cierto en esa monja de la que hablaba el preso y de paso dejar a cada cual en el lugar que le correspondía.”

martes, 25 de junio de 2013

La monja (2)

349 Llegó el verano, Gon, ya lo creo: más luz, más tiempo para estar en la calle, días de playa, más fiestecitas, ¡ya, ya!.. ya hablaremos, en fin, Trini, Araminta y María, ahí siguen ¿verdad?, y que no nos falten, Alba, que eso de predicar en el desierto lo dejaremos para los anacoretas, déjate de rollos y cuelga ya la siguiente entrega, anda…

LA MONJA (2)
.../... Viene de La monja (1)

Cuando volvía a la habitación se encontró a un enfermero por el pasillo que al verle con aquella cara le preguntó: “¿Le pasa algo?” “No, no es nada –le contestó-“, pero a la par que se acercaba a la realidad iba preparando su teléfono de contacto con la Central para informar de lo sucedido. Media hora más tarde tres patrulleros de la policía iluminaban con sus destellos todos los ventanales que daban a esa parte del hospital. El guardián detallaba con todo detalle al inspector lo ocurrido sin llegar a mencionar en ningún momento el asunto de los ronquidos; como no había testigos tampoco era como para preocuparse, pero no obstante sí se quedó un tanto sorprendido cuando el inspector le hizo mención a la monja. “¿La monja, qué monja?”. El personal de servicio de la noche fue pasando por la mirada inquisidora del inspector que buscaba pistas, mientras otros compañeros se encargaban de escudriñar la habitación del preso. Los familiares de los enfermos de ese ala, fueron todos interrogados, así como algunos de los enfermos que solían pasear por los pasillos. Una vez cumplimentados todos los requisitos, el inspector y su séquito salió del hospital a la espera de que llegasen los primeros resultados de las pesquisas para el esclarecimiento de los hechos. En el control de guardia daban el relevo el turno de noche con el primero de la mañana y los comentarios eran de todo tipo, tanto por la peculiaridad de le huida como por la certeza de que algún día pasaría algo por el estilo, como de que no tardarían en volver a echarle mano al preso y por supuesto casi todos coincidían en que aquel acontecimiento había que apuntárselo, una vez más, a la monja que era la que siempre ponía la nota pintoresca dentro del tedio general en el que se desenvolvía la vida en aquel centro sanitario.

La noticia no trascendió a los medios de comunicación, porque el reo en cuestión no tenía en su debe más que pequeños delitos, que unido al trapicheo de estupefacientes y su bajo poder adquisitivo, le habían llevado repetidamente a la cárcel. Como auguraban los sanitarios fue detenido en menos de veinticuatro horas porque sus pautas de conducta eran de sobra conocidas en la comisaría de policía de su barrio. Su guardián –el hombretón- estaba pasando un mal momento y rebajado de servicio acompañaba al inspector de un lado a otro porque había una instrucción abierta y aspectos muy extraños que emborronaban su hoja de servicio. Pasando por alto el asunto de los ronquidos ¿por qué estaba abierta la reja? ¿De dónde habría salido aquella soga textil? ¿Quién había ayudado a ese pobre desgraciado que no tenía ni donde guarecerse tras su huida? Demasiadas preguntas como para dejarlas archivadas, tragarse la sanción y dar por inevitable aquel borrón en el expediente. El guardián pensó que actuaría por su cuenta y como buenamente pudiese, pero aquello no quedaría así. Sus jefes lo apartaron del servicio, le negaron acceso a cualquier información y dieron por zanjado el asunto, puesto que el reo estaba otra vez entre rejas y el funcionario debidamente castigado.

Sin su uniforme reglamentario comenzó a indagar en el cotidiano devenir de la vida hospitalaria sin que nadie le preguntase qué hacía por allí. A veces se hacía pasar por familiar, otras por compañero, hasta que poco a poco llenó un cuaderno de apuntes. Luego se las ingenió para acceder hasta el preso y tratar de sacarle algo sobre la noche de su fuga, pero éste no estaba por la labor, decía no recordar nada y bastante tenía con sobrevivir como para ayudar a un policía. Por amigos dentro del Cuerpo supo que las declaraciones del preso tampoco eran como para tirar cohetes: llenas de contradicciones, no aclaraban nada sobre aspectos fundamentales de su huida; la soga estaba allí, la reja no sabía por qué estaba abierta y por supuesto no conocía a nadie en el hospital que le hubiese ayudado, salvo la monja, que según constaba en el proceso de investigación era un ser ficticio que tan sólo moraba en la mente de esa criatura. El guardián iba atando cabos y aquella monja se le estaba haciendo ya demasiado familiar como para dejar de tenerla en cuenta; la mencionó el inspector antes de que hablase el preso, la escuchó el guardián en alguna conversación perdida de los enfermeros y ahora la descubre de nuevo como parte de la declaración del preso. ¿Quién era esa monja si allí ya no queda nada de la antigua comunidad religiosa que cuidaba a los enfermos? ¿O si quedaba?

Quedaba el ingenio del hombretón que puso sus cinco sentidos a trabajar, cambió parte de su fisonomía y se agazapó por las habitaciones ganándose la confianza de los enfermos como si de una familia más se tratase. Sabía que más pronto que tarde terminaría apareciendo lo que para él ya no había duda. Unió su sanción con las vacaciones oficiales e incluso consiguió una baja por depresión y durante todo ese tiempo no faltó ni una noche del hospital, hasta que la toca de una monja se deslizó inesperadamente por el silencioso pasillo. Como un resorte se incorporó de su asiento, se asomó con todo sigilo a la puerta y observó por donde merodeaba aquel misterioso ser: entró en una de las habitaciones, pero cerró tras de si la puerta, con lo que el policía no llegó a ver nada de lo que ocurría en su interior; alguien hablaba en voz baja, otro roncaba y al sentir que se aproximaban a la puerta, corrió a refugiarse tras un mostrador. No había duda, allí estaba una monja ¿sería ese su objetivo? ¿Quién era? Posteriores investigaciones le llevaron donde el principio: el recinto hospitalario estuvo regido por una Comunidad Religiosa, que pasó a depender de la Sanidad Pública hasta que se fueron todas las hermanas del Centro, con lo que oficialmente allí no trabajaba nadie como tal. Podría tratarse de un familiar. O de una ayuda desinteresada. Pero ¿y las reglas de la Congregación?
.../...Continúa en La Monja (y 3)

martes, 11 de junio de 2013

La monja (1)

347 ¿Tienes ya preparado tu relato, Gon?, ahí va,  Trini me dio saludos para ti, es cierto que no la vi y además espero que le guste este último relato de la serie, pues que tengas suerte…

LA MONJA (1)
El hombretón que hacía guardia junto a la puerta de la habitación tenía claro que aquel preso no podía escapar salvo que saltase por encima de sus hombros, por eso se permitía dar un par de cabezadas cada noche, a sabiendas de su buena preparación física y psicológica para situaciones de este tipo. En el pasillo hacía calor porque la calefacción estaba dos puntos por encima de lo que sería normal para que estuviese en la temperatura adecuada. Así que relajado se había quitado parte de su uniforme reglamentario y aflojado un tanto el cinturón del pantalón. Dentro de la habitación, el único paciente que la moraba, miraba con impaciencia su reloj de pulsera esperando que las manecillas del mismo alcanzasen la hora prevista para iniciar lo que tantas noches había soñado: escapar. Sabía que su paso por el hospital era una oportunidad que no podía desaprovechar y bastantes magulladuras le había costado conseguir llegar a la situación en que ahora se encontraba como para dejar pasar la oportunidad que se le brindaba. Las tres de la mañana era una hora difícil de superar para quien no tiene otra cosa que hacer más que esperar a que pasen las horas, así que aquel vigilante roncaba con placidez mientras que el preso se deslizaba de la cama, se quitaba los esparadrapos del brazo y se ataba el pijama con fuerza a la cintura. Con sigilo se aproximó a la terraza cuya puerta de rejas se encontraba sin el cerrojo echado y comprobó que en un rincón se hallaba un bulto con ropas tras un macetón de geranios. Miró al guardia, luego a su cama y por último cogió un extremo de aquel manojo de ropas y lo ató fuertemente a la reja de la terraza. Ni se paró a comprobar la solidez de aquella soga textil que debería dejarle con un pie en el suelo; se hallaba en la tercera planta y desde allí no había forma humana de salir como no fuera de la manera que él lo estaba intentando: nada donde agarrarse, nada por donde deslizarse y por supuesto abajo una acerado de losas cuadriculadas que en cualquier momento podían, si no llevarle a la tumba, al menos si dejarlo baldado para el resto de sus días. Tenía miedo, pero no le tembló el pulso a la hora de encabritarse en el borde de la terraza y enroscarse a la soga como un naufrago a una tabla de salvación.


Se deslizó suavemente, calculando a cada instante cuando sería el momento oportuno de soltarse y tocar tierra firme. Como las zapatillas tenían suela de goma, apenas se oyó ruido alguno y en pocos minutos se encaramó a la tapia que separaba el recinto sanitario de la ansiada libertad. A esa hora apenas había tráfico en la avenida, por lo que todo lo aprisa que pudo se pegó a los soportales de los primeros bloques de piso que encontró para perderse como una sombra fugaz tras unos contenedores de basura.

En la habitación, mientras tanto, todo parecía normal –la almohada ocupaba su espacio-, salvo el pequeño detalle de la soga atada a la reja y que el guardia no vio la primera vez que se asomó a comprobar que todo marchaba según las pautas previstas. En una segunda ocasión, tuvo necesidad de entrar en el servicio y mientras se enjuagaba la cara, porque pensaba que ya había dormido demasiado, se le vino a la mente alguna cosa rara que no le cuadraba del todo: consultó su reloj, las cinco de la mañana y tanta tranquilidad. Allí pasaba algo; se inquietó, tiró la toalla al suelo y clavó su mirada en el la puerta de la terraza; sus ojos se fundieron con aquel punto blanco que le hizo dar un brinco, encendió todas las luces, se fue hacia el preso y se encontró con la almohada. En ese momento se acordó de su padre y de su madre –los del preso-, se cagó en los calzoncillos y no gritó porque no le salía la voz del cuerpo.

En la terraza recogió velozmente la soga con todos sus amarres, miró a un lado y a otro para ver si el preso se encontraba desparramado por algún sitio, husmeó algún rastro, pero ni por asomo: la habitación era lo suficientemente pequeña como para que no hubiera duda, allí no estaba. Cerró la puerta luego de recoger su sillón y ponerse lo más decente que pudo y bajó hasta la parte trasera de las habitaciones para tratar de seguirle el rastro: nada. No había dejado ni una mala huella. Con la cara blanca del susto y pensando en lo que se le venía encima, retornó a su puesto sin atreverse a preguntar a nadie ni a informar a sus superiores hasta estar convencido de que no se trataba de una pesadilla.
.../... Continuará

lunes, 13 de mayo de 2013

El destierro (y 3)

343 Acabó la feria del libro, Gon, ha estado bien ¡eh!, ¡y qué bien se expresa Caballero Bonald!, ya lo creo, Alba, por cierto a Araminta le debemos dar alguna pistilla sobre nosotros ¿no te parece?, otro día Gon, hoy no tenemos tiempo, hola José Valle, hola María, hola Trini, hasta luego Gon…

EL DESTIERRO ( y 3)

En el descampado todo seguía igual:


—¡Pedro pon ésta que ya casi me sé de memoria esa mierda! –le gritaba Serrano a Pedro.

—¡Joé que vasca! Os cansáis enseguida. ¡A que vamos a fundirle los plomos al tocata! – respondía Pedro.

—¡Tocata!.. ¿Mi equipo un tocata?..Tú no sabes lo que dices, chaval. ¿Tú sabes lo que me ha costado a mí esa radio? ¿Eh, lo sabes?

—Ni lo sé, ni me interesa mamón; anda dame el cedé y dèjate de rollo.

—¡Serrano, Pedro! –dijo alguien aproximándose a los dos colegas-. Al bizco le han mandado un mensaje que dice que hay movida.

—¿Movida? –repitió Serrano- ¿Otra vez los picolos?

—Pues no lo sé, pero me parece que no, que es la gente.

—¿Qué gente? ¡Aclárate cojones!

—Pues gente que viene para acá.

—¿A la fiesta? Pues deja que vengan, a lo mejor traen más costo.

—Creo que no es eso -intervino otro.

—Entonces ¿qué es? –preguntó Pedro saliendo del coche.

—Pronto lo vamos a saber porque están saliendo de la calleja– dijo otra.

—¡Yo me las piro! –dijo una joven cogiendo su abrigo y saliendo por patas.

—A mí esconderme por ahí, que como venga mi padre me cruza la cara de un guantazo – exclamó otra.

—¡Que pasa coño! ¿A qué tenéis miedo? ¿Estamos haciendo algo malo? –gritaba Serrano.

En un momento el grupo que encabezaba Juan Carrasco se encontraba delante de otro grupo de jóvenes envalentonados por el intrépido Serrano:

—¿Qué pasa Carrasco, que os trae por aquí? –dijo fríamente Serrano.

—De sobra lo sabes, Serrano –contestó Carrasco.

—Pues no lo sé y estos –volviendo la cara– creo que tampoco.

—¿Os apetece un trago?

—¡Déjate de coñas! ¿Hasta cuando vamos a tener que soportar esto?

—¿Esto?

—¡Serrano no me provoques, que no son horas! –dijo enfurecido Carrasco.

—¡¡Que corten la monserga ya!! –gritó uno de los recién llegados.

—¡Que se vayan! –dijeron otros.

—¡Que nos dejen descansar! –dijeron algunos.

—¡Fuera de aquí, coño! –levantó los puños un atrevido.

Carrasco giró el cuello y bajó un tanto el tono del griterío.

—Ya veo las intenciones –dijo muy tranquilo Serrano.

—¡Tenemos derecho a divertirnos! -gritó uno de los jóvenes.

—¡¡Y a escuchar música!! –gritaron otros.

—¡Estamos fuera del pueblo! –continuó alguno más.

Por el bando contrario se enfurecieron los ánimos y el griterío superó a los decibelios musicales. Algunos coches apagaron sus luces y en otros cesó el traqueteo altisonante. Tan sólo permanecía a todo volumen y color el vehículo de Serrano.

—El alcalde nos ha prometido un sitio, pero no acaba de darnos nada –dijo altanero Serrano.

—Y por eso jodéis a todo el mundo, en lugar de esperar –le contestó Carrasco.

—No tenemos otra alternativa.

De entre los jóvenes apareció Pedro

—¿Qué haces tú aquí? –le dijo sorprendido Carrasco.

—Ya lo ves tío. Tratando de pasar un rato agradable.

—Eso ya lo discutiré con tu padre –dijo Carrasco– por ahora procura no meterte en nada.

—Pero es que estoy metido, tío –dijo muy serio Pedro.

—¡¡Carrasco déjate de charla!! Gritaron desde la oscuridad.

—¡¡Iros a dormir!! –gritaron los jóvenes.

—¡Lo que nos vamos a cagar es en tu puta madre, cabrón! –respondió algún adulto.

—¡Eso no me lo dices en la cara! –se envalentonó un joven dando un paso al frente.

Un objeto contundente voló de un bando a otro dándole en la cabeza a uno de los jóvenes.

—¡Serrano corta ya que vienen con ganas de bronca! –gritó uno.

Carrasco y Serrano se volvieron de espaldas para tratar de calmar los ánimos, pero antes de que pudiesen impedirlo, unos y otros se habían ensalzado en una lucha tremenda donde empezó a surgir todo tipo de violencia.

—¡¡Quietos!!¡¡Quietos coño!! –se desgañitaba Carrasco.

Éste recibió el tremendo impacto de una botella entre el hombro y una oreja, que enseguida se le puso ardiendo como un clavo. Las patadas, los golpes, los palos se hicieron protagonistas. Algunos rodaron por el suelo ensalzados en guantazos, en cuestión de minutos lo que era un campo de feria se convirtió en un campo de batalla, donde nadie miraba por nadie y cada cual procuraba hacer el mayor daño posible.

—¡¡Quietos!!¡¡Serrano, diles que paren!! – gritaba como podía Carrasco.

La música del coche de Serrano fue cortada de raíz por un palo que alguien metió por la ventanilla e impactó de plano contra la radio. En medio de la oscuridad el griterío era enorme. La mayoría de las jóvenes optaron por la vía de urgencia, y como buenamente pudieron corrieron hasta las paredes próximas de las casas, para irse alejando cuanto más mejor de aquel lugar de trifulca. Nadie cesaba en su empeño de superar por la fuerza al contrario, hasta que la sirena del patrullero de la Guardia Civil se fue abriendo paso en la oscuridad de la noche. Su inmediata presencia hizo que muchos optasen por la desbandada, corriendo sin saber muy bien hacia donde...

—¡Carrasco, Carrasco! –gritaba alguien.

—¡Ven enseguida que a tu sobrino le pasa algo! –decía otro.

—Está chorreando sangre –dijo un joven.

—¡Vamos a llevarlo al patrullero! –gritó otro.

—¡Vamos rápido! –dijo Carrasco.

En un abrir y cerrar de ojos el cuerpo de Pedro fue depositado en el asiento de atrás del patrullero, que a toda marcha corría hacia el ambulatorio. Su tío estaba junto a él.

—¡Date prisa Gutierrez! –le decía Juan Carrasco al cabo de la Guardia Civil que conducía el vehículo.

—Hago lo que puedo, pero este cacharro no da más de sí. ¿Cómo está?

—Ni me lo preguntes. Tú pisa a fondo.

—¡Joder macho!-¿Pero que ha pasado ahí? –preguntaba el cabo.

—Ahora no es el momento Gutiérrez. Vamos a tratar de salvarle el pellejo a esta criatura, que luego habrá tiempo de hablar. ¡Acelera!

—¡Ya voy, ya voy coño!-Pero que esto...

—¡Ya lo sé, no da más! ¿Habéis pedido una ambulancia?

—Está en camino.

—¿Y porqué no le salimos al encuentro?

—¿Qué te crees que estoy haciendo?

—¡Joder que sangría! ¿Pero que le han hecho a este muchacho? –se lamentaba Carrasco.

—Ahí está la ambulancia –dijo el cabo.

Ambos vehículos pararon en mitad de la carretera, y entre unos y otros trasladaron a Pedro a la camilla y de ahí al interior de la ambulancia; se iniciaron las maniobras de cambio de sentido y la parpadeante sirena del vehículo sanitario emprendió una rápida aceleración hasta perderse en el horizonte.



martes, 30 de abril de 2013

El destierro (2)

341 ¡Hombre, Gon!, por fin nos traes otro tramo de tu relato, ¿tanta expectación hay?, bueno, eso es otra cosa, pero tú por lo menos cumples con tu cometido, lo demás…
EL DESTIERRO (2)
.../... Viene de El destierro (1)
Se cogieron del brazo, sin soltar la copa con la otra mano, y se fueron hasta las inmediaciones de otra reunión donde se debatía acaloradamente sobre la conveniencia o no de las palabras del Rey, en medio de una tormenta musical.

—Y a mí que más me da lo que diga ese lelo. ¿Por eso no se van a ganar mi confianza? – decía uno.

—De lelo nada, ahí lo tienes, ¡con dos cojones! Para que luego digan que no trabaja

–contesta otro.

—Y es que además se levantó y se fue –decía un tercero.

—¡Eeeeehhh! ¿Qué pasa aquí? –intervino Serrano-. Con la Monarquía hemos topado. ¿Cómo andáis de wiski, que se nos ha acabado?

—Mira ahí en esa bolsa, puede que quede algo –le indicaron.

Sin soltar a Pedro del brazo, se agachó, palpó por entre el tropel de bolsas, hasta que sus dedos tropezaron con una figura que le era familiar.

—¡Ya la tenemos Pedro! Ahora solo falta que tenga algo. Vamos allí a la luz que no veo un pijo.

—“Y si no tiene a otro puesto” -le canturreaba Pedro.

En la casa de Carrasco había luces encendidas y caras desencajadas.

—Lo malo no es la lata que nos están dando –decía el hombre- sino que además están haciendo que nuestros hijos se quieran unir a esa pandilla de degenerados.

—¿Quién te ha dicho eso? –preguntaba la mujer.

—Quien me lo va a decir, Pepa. Ellos desde luego que no, pero se les nota, les atrae ese forma de divertirse, piensan que cuando tengan la edad suficiente van a estar ahí por derecho propio, como si no hubiera otras cosas en que entretenerse.

—Creo que exageras.

—Mira Pepa, en este pueblo ya hay mucha gente que está harta de esa gentuza y de la lata que están dando, así que el otro día en la Peña quedamos para apoyarnos para buscarle una salida a este asunto. Ya estamos hasta el gorro de las blandenguerías del alcalde y la ineficacia de la Guardia Civil, así que se va a acabar eso de cambiarse de un sitio a otro, para que sigan jodiendo a todo el mundo.

—Son jóvenes, de alguna forma...

—Nosotros también lo fuimos, pero sólo armábamos ruido en ocasiones que todo el mundo lo hacía: la feria, la romería, la nochebuena y para usted de contar. Pero esto es insoportable. Es que no hay un fin de semana que no tengamos ese jolgorio dando por culo.

—¿Y que pensáis hacer?

—Hablar con ellos.

—¿Cuándo?

Carrasco se quedó mirando a su mujer sin decir nada y pudo observar como se deslizaban dos lágrimas por su mejilla.

—Pepa, no podemos consentir que nuestros hijos pasen a formar parte de esa cultura. Si no hacemos nada, si no reaccionamos , el que los jóvenes se diviertan de esa forma, pasará a ser algo tan natural que no dormir el viernes y el sábado quedará tan asumido como el cambio de hora.

—¡Que exagerado!

Serrano y Pedro continuaban pasando por cada grupito de jóvenes como si fuesen portavoces de la buena nueva, y en cada lugar conseguían algo que meterse en el cuerpo.

—¿Que tu potro qué? ¿He oído bien o estoy ya medio borracho? –decía Serrano.

—Que mi potro vale diez veces más que el caballo de éste –respondía uno.

—¡Ja, ja, ja, ja! –se carcajeaba Serrano.

—Ríe, ríe, pero tú sabes que tengo razón. En la próxima exhibición te lo demostraré.

—Tu dirás lo que quieras chaval –intervino Pedro-, pero creo que no has visto bien como se mueve ese caballo.

—Me juego mi equipo de música a que no le gana ni una ronda –decía Serrano.

—Serrano, coño, después de la que tienes aquí liada con esa discoteca móvil, ahora te lo vas a jugar con un tema que no tienes ni pajolera idea –intervino otro de los presentes.

—No tengo idea, pero si tengo buena vista y yo he visto al caballo y he visto al potro ¿eh? No te creas que ando tan despistado. Además, a vosotros que más os da si me la juego o no, acaso es vuestro el equipo ¿eh?

—¡No, no! Tú allá con tus historias, además éste aún no ha dicho si le interesa o no.

—Pues no me interesa –intervino el dueño del potro– porque ¿qué querías que pusiese yo a cambio, el potro?

—¿El potro? –respondía Serrano- ¡Yo no he dicho nada, eh!

—No has dicho nada, pero se te leen las ideas, espabilao.

—Bueno, dejemos las cosas como están –cortó Pedro- ¿porqué no cambiamos de tema? ¿Quién se ha traído algo potente para escuchar?

—¿Para escuchar? –inquirió uno con sorna.

—Si para escuchar. Dejaros de cachondeo que no pienso tomar nada, que mañana tengo que madrugar –respondía Pedro.

—Querrás decir que tendrás que tomar algo para poder madrugar –se le ocurrió a otro.

—¡Ja, ja, ja, ja! irrumpieron todos a coro.

Carrasco desde el salón de su casa realizó un par de llamadas telefónicas y se metió en el cuarto de baño para terminar de arreglarse.

—Juan ¿Estás seguro de lo que estás haciendo? –le decía Pepa.

—Que si mujer. Tú metete en la cama y procura dormir. No te preocupes que esto es sólo cuestión de un momento, que ya verás como lo arreglamos –contestaba Carrasco.

—Nada de violencia, Juan, eso no conduce a ningún lado, por favor piensa en tus hijos.

—¡Que no te preocupes, coño! Que ya somos mayorcitos y sabemos lo que nos traemos entre manos.

Carrasco abrazó a su mujer dándole un beso en la frente, y salió por la puerta de la calle. La noche presentaba un aspecto algo sombrío, apenas se veían las estrellas, no se movía un alma, pero eso sí la música machacona llegaba sin remisión a cada uno de los portales, como si se tratase de un pobre vagabundo que buscase refugio. En la plaza, junto a la cabina de teléfono, esperaban ya un grupo de personas:

—¡Hola! ¿Estamos todos o falta alguien?-preguntó Carrasco al llegar.

—¡Hola! –respondieron algunos-.Faltan unos cuantos, pero nos han dicho que se unen a nosotros en el callejón de arriba.

—Pues vamos allá –respondió Carrasco.

—¡Vamos! –dijeron otros.

—Recordad lo que dijimos: vamos de buenas manera, pero si hace falta pegarle dos hostias a un mocoso de esos, que nadie se eche atrás, ¡de acuerdo!

—¡De acuerdo! –se oyeron voces.

Los hombres caminaban en silencio, frotándose las manos por el relente. A su paso por algunas casas se encendían luces, aunque nadie se asomaba ni a la puerta ni a las ventanas. Algunos se unían al paso de la comitiva, sin decir nada.

—¡Sin miedo Carrasco, con dos cojones! –decía uno.

—Eso, que aquí estamos nosotros –decía otro.

—“Guardad la fuerza –murmuraba Carrasco– cuando estemos allí ya veremos quien le echa lo que hay que echarle”.

—Compadre, yo no me muevo de tu lado, eh, cuenta conmigo –le decía su compadre casi hombro con hombro.

Carrasco lo miró y a pesar de la poca luz le vio un brillo en los ojos que le imprimieron confianza.

.../... Continúa en El destierro (y 3)

lunes, 15 de abril de 2013

El destierro (1)

339 Vaya la que me ha formado el jefe, Gon, ¿con qué?, con el lío que le armamos a Trini a cuenta de la foto y esas cosas, que dice que no sabemos estar donde hay que estar, ¿qué quiere?, son días de Feria?, menos mal que siempre nos quedará Araminta para consolarnos, eso, menos mal…


EL DESTIERRO (1)

Sábado once de la noche:

Mientras Pedro se debatía en un quirófano entre la vida y la muerte…

—¿Y ahora qué Juan? ¿Cómo vuelvo al pueblo? –se lamentaba sollozando el padre de Pedro.

—Como puede volver un padre responsable –le respondía Carrasco.

—Si mi hijo se muere esto no puede quedar así.

—Claro que no, pero aún está vivo; eso es lo importante.

—Aún así Juan, aún así.

—No estás solo, tienes una familia.

—Tú sabes que yo no podré vivir al lado de quienes se han querido llevar por delante a mi hijo.

—¡Ha sido un accidente, hermano!

—¡Ha sido un crimen!

—Pedro todavía está vivo. No saques las cosas de su sitio; respétalo. No sabemos nada, ni siquiera que pasó. Llevamos aquí metidos un día entero y por ahora lo único que nos debe preocupar es que tu hijo, ¿oyes? ¡tu hijo!, siga estando presente entre nosotros, así que deja de hacer cábalas y cálmate de una vez.

—Muy buenas palabras hermano, pero a mí no me valen. Yo no puedo volver a mi pueblo y sentirme observado por todo el mundo, mientras el culpable de esto anda por ahí suelto.

—Muy bien, si quieres cogemos la escopeta y nos vamos de casa en casa...

—No es eso Juan, tú lo sabes. Yo no voy a matar a nadie, pero tampoco puedo vivir con quien ha intentado quitarle la vida a mi hijo.

—¿Y quien ha sido?

—Por eso Juan, por eso. Porque ni lo sé ni quiero saberlo, prefiero no verle la cara a nadie. Todos nos conocemos y sabemos quienes estaban detrás de esas botellonas y se hacían los gallitos y arrastraban a los jóvenes.

—Sabes demasiado hermano.

—Lo justo como para no poder vivir tranquilo. Con mi hijo o sin él, mi vida ha cambiado y tú lo sabes. Me conoces bien y no ignoras lo que late en mi cabeza. Mejor será que hoy sea la última vez que pise la tierra que me vio nacer.



Un día antes:

En un descampado próximo a las últimas viviendas de la población, acaba de comenzar la fiesta para un grupo de jóvenes que en las sombras de la noche, han formado un círculo con sus vehículos, de tal manera que unos alumbran con sus faros y otros emiten música de discoteca, machacona y a gran volumen. Mientras dos de ellos charlan, se acerca un tercero, que dice:

—Pedro, ven que te voy a enseñar como me ha quedado el maletero del buggy.

—Enseguida estoy contigo Serrano, espera que le explique a éste como bajarse la peli.

—Bueno, venid los dos, tampoco es que quiera ocultar nada.

—¡Que ya voy mamón! Que eres más pesado... –dijo Pedro.

A cien metros de ese lugar, las paredes de los corrales colindantes eran mudos testigos de aquella concentración festiva. A pesar del grosor de sus tapias y del cierre de sus ventanas era inevitable que el tremendo golpeteo de aquellas notas, que emitían los altavoces de los vehículos, llegase hasta los oídos de todos los vecinos cuyas casas limitaban con esa zona. Los más afortunados –los mayores- debido a sus carencias auditivas, estaban en sus habitaciones durmiendo, o al menos intentándolo, pero para el resto aquello era un suplicio difícil de soportar.

— ¡Y esto! Todos los fines de semana la misma historia – se lamentaba Carrasco dando vueltas por la cocina de su casa.

— ¿No se había ido ya a hablar con el alcalde? –le decía su mujer.

— ¿El alcalde? Ni la madre que lo parió, ni toda su puta casta son capaces de hacer nada. Yo no sé porque lo votamos –decía Carrasco tomándose un infusión de melisa.

—Pues tu cuñado me dijo que había estado en el Ayuntamiento –insistía la mujer.

—¡Que no coño! ¡Que no! Ese imbecil se cree que nos va a contentar con esas ideas, que no sé de donde se las habrá sacado de entretener a los golfos esos, que les tenía yo todo el día estrujando terrones, verás tú como se les quitaba las ganas de joder a los demás.

En el descampado...

—A ver que mosca te ha picado ¿Qué quieres enseñarme? Alguna gilipollez de las tuyas, seguro. –decía Pedro con una vaso de cubata en la mano.

—Vas a flipar, mamón –le contestaba Serrano-. ¿Qué te parece este par de bafles que he instalado en el maletero?

—¡La hostia tú! ¿De donde lo has sacado?

—Me los he currado, mamón. ¿qué te crees que los he chorlado?

—¡Yo que sé! De ti puede uno esperar cualquier cosa.

—Cuidado que eres mamón. ¿Te gustan o no? ¿Quieres escucharlo?

—¡Pues claro tío! Dale caña que vamos a dejar mudos aquí a la peña.

Serrano se subió en su coche e hizo funcionar el aparato de música. La carrocería del vehículo vibraba de tal manera, que parecía que iba a saltar en mil pedazos de un momento a otro. Los dos mil cuatrocientos watios de sonido coparon la atención del resto de los jóvenes que poco a poco se fueron acercando hasta el coche de Serrano, que para darle más realce a su obra de ingeniería, puso en marcha un sistema de luces de colores intermitentes, que evolucionaban al compás de la música.

—¡Cómo te lo montas, cabrón! –decía uno.

—¡Serrano, a ver cuando me llevas a dar una vuelta en tu buggy, pendejo!-decía otra.

—Cuando tu quieras pipita –respondía engreído Serrano.

Pedro mientras tanto repartía wiski, coca cola e hielo a todo el que podía hasta que la nevera portátil de Serrano se quedaba vacía.

Carrasco por su parte daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

—¡Chiquillo!. Estate tranquilo ya y trata de dormir –le decía su mujer.

—Eso quisiera yo, Pepa, pero no puedo. Me voy al salón a ver la tele.

—¿Al salón? ¡Tómate!..

—¡Que me voy a tomar! Llevo ya dos infusiones y una pastilla para dormir, pero tengo metido ese chum-chum, aquí en las sienes.

—¡Ponte tapones!

—¿Tapones? Lo que voy es a coger la escopeta y liarme a perdigonazos, verás tú como se arregla esto.

—No seas burro. ¡Anda ven aquí, que se van a desvelar los niños!

No era la primera noche, aquella situación se venía repitiendo todos los fines de semana y parecía que se multiplicaban los coches y los jóvenes con cada uno de los desplazamientos a los que se veían obligados por denuncias de los vecinos.

—¿Pedro tienes un pito? Que me he quedado colgao –decía Serrano.

—Colgao estás tú siempre. No tienes jeta. A ver cuando te gastas algo en tabaco, macho.

—No me hagas hablar que quien te da siempre el mejor costo, soy yo.

.../...Continúa en El destierro(2)

martes, 19 de marzo de 2013

La conversación (y 3)


335 Gon, voy a salir un momento, si viene Amaia dile que el jefe está mejor, ¡vale!, y si aparece María, le comentas que otro día echaremos un ratito de charla, ¡vale!, y si… ¡ya está bien, leche, que tengo que colgar el final de mi relato, rediós, madre mía qué carácter, ¡adiós, cariño

LA CONVERSACIÓN ( y 3)
No le escuchó, corrió hasta la siguiente parada del autobús y consiguió llegar antes, para levantar la mano e indicarle al chofer que tenía que parar. Se subió, saludó y se fue a la maquinita para sacar el billete. Con las prisas y el movimiento del autobús, terminó por esparcir unas cuantas monedas por el suelo, mientras recogía el boleto. Se agachó, casi se cae, y al incorporarse notó que alguien le alargaba una mano con una de sus monedas. Era ella. Le agradeció el detalle, se sentaron juntos, se reconocieron mutuamente, pero ninguno de los dos se atrevía a iniciar la conversación o a decir al menos algo que sirviese de excusa para poder hablar. El autobús continuaba su camino y Leo temía que en cualquier momento ella llegase a su lugar de destino, y comenzase otra vez su particular peregrinaje en busca del amor. Graciela notaba su palpitar y ansiaba que el muchacho le dijese algo, se pasó incluso de la parada en la que se tenía que bajar, pero las palabras no fluían y terminó por levantarse con la intención de salir del autobús. Leo le preguntó si bajaba y ante el asentimiento de la muchacha, no dudó en seguir sus movimientos y terminar en plena calle dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le presentaba.
Ella dijo que iba a visitar a una tía, y el muchacho dejándose llevar la acompañaba. Caminaron casi sin hablar, contando Graciela casi con monosílabos, como había dejado el trabajo de los perros y se había puesto a hacer de guía del teatro, aunque tampoco le fue bien y tuvo que abandonar. Caminaron mucho y hablaron poco y luego de pasar tres veces por el mismo puesto de flores, Graciela terminó confesando que no se acordaba muy bien donde vivía su tía y que además no tenía teléfono, así que era mejor regresar, volver a casa. A Leo le pareció bien y dado que ya se había hecho tarde y no se sentían cómodos por el barrio que pisaban, decidieron parar un taxi y volver juntos. Mientras el vehículo transitaba por las solitarias calles, cada cual tenía la mente puesta en otro sitio, no estaban allí, así cuando bajaron y volvieron a quedarse solos en lo alto de la acera, junto a aquel luminoso que se apagaba y encendía de forma intermitente, se despidieron con un “chao, chao” que sonó a definitivo porque las palabras no encontraron la forma de salir de sus gargantas, a pesar de los deseos que se habían ido acumulando durante tantas horas de espera.

martes, 5 de marzo de 2013

La conversación (2)

333 Hoy te toca a ti, Gon, como siempre, ¿qué quieres decir?, nada, nada, Alba, eso que hoy me toca a mi, pero antes dile a Trini si la ves que me alegra mucho de su paso por Valverde de mis valverdes, ¿y Antonio Porpetta?, qué ojalá se conocieran porque vaya par de poetas…

LA CONVERSACIÓN (2)
No le quedó claro de que le hablaba su amigo, pero fue lo suficiente para abrir los ojos y comenzar mirar a su alrededor de otra manera. Ya no veía el monumento, ni sus detalles; ahora se afanaba en descubrir quien se estaba fijando en él. Así pasaron unos minutos, tal vez una hora, hasta que una sonrisa furtiva que a Graciela se le escapó, terminó por delatarla. Leo no cabía de gozo. Lo había mirado a él, le había sonreído a él. No había duda, ella era la mujer preciosa de la que le hablaba su amigo. Pero no fue hasta que llegó la hora de explicar las excelencias de la gran lámpara que colgaba sobre el techo del teatro, cuando a Leo se le presentó la oportunidad de tenerla cerca y aspirar el aroma a hembra que exhalaba su cuerpo. No la había reconocido, nunca podía imaginarse que la encontraría en aquella situación y vestida de aquella manera.


—¿A qué hora terminás? – se atrevió a susurrarle al oído.

Ella se hizo la remolona, fingió no haberse enterado y continuó con su trabajo, indicando a los visitantes por donde podían salir, y las escaleras que debían bajar para seguir el itinerario. Si al principio Leo estaba absorto con la grandiosidad de todo lo que le rodeaba, ahora no le interesaba lo más mínimo nada de lo que había a su alrededor. Sus cinco sentidos se centraron en la muchacha, en sus gestos, en sus manos, en sus ojos, sus labios. Procuraba ponerse siempre lo más cerca posible de ella, abriéndose paso entre sus compañeros de grupo de una u otra manera. Casi no se reconocía a si mismo. ¿Cómo había sido capaz de susurrar aquella frase?-¿Por qué estaba comportándose así, él que era tan tímido?

La visita iba transcurriendo en estos términos y apenas quedaba un suspiro para que terminase, cuando de improviso Graciela miró a Leo fijamente y le telegrafió una hora:

—A las diez.

Éste levantó las dos manos abiertas como un abanico, y ella movió la cabeza de arriba abajo, luego desapareció por una puerta lateral del pasillo. Leo consultó el reloj de su muñeca ¡faltaban veinte minutos para que se cumpliese la hora!, así que salió a la calle y se puso a masticar chicle, ardiendo en deseos de fumarse un cigarro. Pasaron las diez, y cuando la manecilla del minutero amenazaba con llegar al número tres, no pudo aguantar más y se fue al guardia de seguridad, a preguntarle por donde salían los empleados. Éste se lo indicó amablemente, se fue al lugar, no la vio, preguntó, nadie sabía, hasta que la puerta de salida del personal se cerró definitivamente. Le dio la vuelta a toda la manzana tratando de encontrar si no otra puerta de salida, al menos un rastro de su aroma, una traza, una señal donde pudiera orientarse, pero fue inútil, Graciela había desparecido. Volvió al siguiente día, le estuvo preguntando a otros guías, pero ni se acordaba de su nombre, ni le dejaban claro quien podía ser. Se marchó. Comenzaba a dudar de lo real de su existencia.

Leo seguía yendo por el Parque Las Heras, a veces con la recua de perros, otras con sus pensamientos. Los martes a las siete se apuntaba al grupo de visitas guiadas del Teatro Colón por si la veía, por si encontraba alguna pista, pero no la encontró lo que buscaba. Hasta que un día, un domingo por la mañana, mientras deambulaba absorto por los tenderetes de artesanía del mercadillo de La Recoleta, la vio. Seguro que era ella: iba vestida igual que el día de los perros - nada que ver con la majestuosidad del Teatro Colón – vaqueros, botines y esa blusa entallada que lo traía loco. Atendía el puesto acompañada de otros jóvenes con los que departía amigablemente. Ella no se había dado cuenta de su presencia, y él no sabía que hacer para acercarse, comprobar que no estaba equivocado y entablar, a ser posible, la ansiada conversación.

Se apoyó en el lateral del tenderete, comenzó a manosear los objetos que se exponían, a mirar sus precios, a observar a los clientes y a prestar atención a sus labios. Quería oírla, saber de qué hablaba, averiguar el grado de amistad que la unía con aquella gente, pero había demasiado ruido para poder enterarse de nada, y aunque esto le servía al mismo tiempo para pasar desapercibido, comenzaba a desesperarse porque no encontraba la forma de aproximarse a ella y comprobar su reacción. Apenas levantaba la cabeza, porque temía que le mirase a los ojos y no sabría qué decirle; se dio media vuelta como para coger fuerzas y abrir la boca, miró a la fachada de la Iglesia del Pilar, cogió aire y se quedó mudo al comprobar que en ese intervalo de tiempo, la chica rubia, su anhelado deseo, había vuelto a desaparecer una vez más casi por arte de magia. Se alteró, soltó el objeto que tenía en las manos, y comenzó a moverse de un lado a otro, abriéndose paso entre el bullicio, tratando de encontrar aquella blusa que ya tenía grabada en su sien. Pero había demasiada gente, la tarea no era fácil, además ¿por dónde habría salido? Volvió al tenderete, preguntó por ella, le dijeron su nombre, insistió y le indicaron por donde había salido. Tuvo que meterse entre dos puestos de venta casi atropellando al vejete que ofrecía mate y café con leche; se situó en las traseras de los puestos, alzó la vista pero no veía más que cabezas que deambulaban de una lado a otro, sin llegar a descubrir la cabellera rubia que le traía de tan mala manera. No quiso preguntar mas detalles a sus amigos para evitar que pensaran que se trataba de un loco, aunque ya casi lo estaba. El parque, el teatro y ahora esto. ¿Cuántas pruebas más era necesario pasar para entablar su ansiada conversación? El ambiente en toda La Recoleta era festivo con improvisadas calles de tenderetes que se extendían hasta las puertas de la Facultad de Derecho. La mañana, inmensa de luz, era propicia a que en los espacios libres la gente retozaran en el césped con sus termos de agua caliente y sus matecitos, que pasaban de uno a otro. Algunos niños jugaban al fútbol y los guardias con sus petos fluorescentes hacían rondas en solitario, vigilando la acción de posibles desaprensivos. Todo era paz, menos la cabeza y el corazón de Leo, que estaban a punto de encender la luz roja de emergencia. De repente, en medio del desamparo, sintió que alguien le tocaba en el hombro: era un amigo, el mismo que le advirtió en el Teatro Colón de las intenciones de la muchacha, y el mismo que en esta mañana donde todo parecía perdido, le vino a abrir de nuevo las puertas de la esperanza.

—Leo, boludo ¿te acordás de la rubia del teatro?

A Leo casi se le salen los ojos de sus orbitas.

—Acabo de verla tomar un colectivo.

—¿Dónde? – interrogó nervioso al amigo.

—Allá – le señaló con el dedo- ... ¿pero dónde vas?..

.../...Continúa en La coversación (y 3)

martes, 19 de febrero de 2013

La conversación (1)

331 Se nos está complicando el asunto de los spam, ya lo creo Alba, y lo peor es que a Trini le cuesta trabajo superar el escudo y a Vero le da problemas quitarlos, ¿pues sabes qué es lo mejor, Gon?, dime, que les pongas un relato nuevo, ¡ah!, siendo así…
LA CONVERSACIÓN (1)
Paseaba con los perros como si llevase atado un trineo, que se deslizaba por los pasos de peatones sin obstáculo alguno. Frente a él una plaza de apagados verdes y rincones terrosos, con excrementos del día anterior, le esperaba para soltar a los animales. No muy lejos la chica rubia que desde hacía una semana coincidía en lugar y espacio, y a la que no había dirigido ninguna palabra, porque tenía miedo de recibir un no por respuesta. ¿Un no? Pero si aún no le había pedido nada, ni tan siquiera la hora, ya le iba a negar algo. Con el miedo que tenía a ser rechazado, no soportaría ni eso. La luz del atardecer era cada vez más oscura, y las farolas del parque comenzaban a emitir los primeros destellos, esos que aún no se perciben como no sea fijándose en el cristal ahumado de las mismas. Unos gatos – esos pequeños felinos que tanto irritan a los perros – estaban en la parcela de al lado, mirando como se las tenían que apañar aquellos chuchos bonaerenses, que cada día llegaban en oleadas y se ponían a corretear los más afortunados o a ladrar los más desgraciados. Ellos desde su atalaya, a salvo de cualquier contingencia permanecían estáticos, como el joven de largas patillas y la rubia del móvil con luces fluorescentes. Los jóvenes se miraban de reojo, pensaban en la manera de dirigirse la palabra, pero no encontraban la forma adecuada. De pronto uno de los perros de la recua del muchacho, escapó de su amarrijo y se lanzó como un corredor de élite contra la verja que los separaba del dominio de los felinos. La joven abandonó por un instante su obsesiva charla, y pensando que se trataba de un animal de su tutela corrió tras el perro como si le fuese la vida en ello. Otras personas que se encontraban cerca, se quedaron mirando la secuencia imaginando una escena que se viviese a cámara lenta, cuando en realidad todo estaba discurriendo a un ritmo frenético. Unos niños que jugaban al fútbol en el césped, lanzaron un boleón tremendo y corrieron en sentido contrario, creyendo que se les venía un tropel encima, pero enseguida se dieron cuenta que aquella película no iba con ellos y se pararon a contemplar como acabaría la alocada carrera del perro y la chica rubia. Y acabó con el can ladrando como una fiera a los inofensivos gatos, que no se alteraron lo más mínimo, acostumbrados como estaban a que de vez en cuando apareciese por allí algún rabioso animal queriéndoselos comer. La joven hasta que no llegó a la altura de la reja, no se dio cuenta de que aquel peludo escandaloso era de otra recua. Ni se atrevió a tocarlo – dado su estado de excitación -, miró para atrás y observó que el joven de las patillas le hacía gestos indicándole que volviese sobre sus pasos, mientras él sujetaba como podía al resto de los perros, que con tanto jaleo estaban alborotados y nerviosos. Uno de los niños que jugaba al fútbol se acercó a la chica rubia y le entregó su móvil, dado que en su disparatada carrera había salido despedido y fue a parar cerca de donde se encontraba la pelota de fútbol.


—¡Graciela, boluda! ¡Contestá! ¿Pasá algo? – podía oírse en el móvil.

Sudorosa y casi sin saber a que atender primero, Graciela retornó a pasos ligeros mientras daba explicaciones gesticulando con la mano derecha y señalando la posición del joven de las patillas y la del perro causante de tanto estropicio. Cuando llegó a su altura trataron de darse explicaciones el uno al otro, pero lo más que consiguieron fue que se les pusiese la cara roja, aunque esta circunstancia pasó desapercibida por la excitación del momento, que no se sabía muy bien si era debida al lío de los perros o al nerviosismo interior. No obstante Graciela fue capaz de articular algunas palabras y consiguió decirle al joven que en dos días estaría de nuevo por allí, ya que le tocaba la tarea en días alternos. Éste quedó pensativo, sin saber si le estaba diciendo que quería verlo, o que no se atreviese a volver a coincidir con ella. Recogieron sus pertenencias y cada cual marchó por su camino.

Pasó la semana, se cumplieron los días alternos y aunque el joven de las patillas no faltó ni un solo día a la cita, a veces con perros, a veces sin ellos, Graciela no volvió a aparecer por el parque. Sus temores se hicieron realidad y se quedó sin poder saciar sus ansias de entablar una conversación con ella. Una semana después él había entrado con un grupo de cómicos con los que trabajaba, a visitar el Teatro Colón y ella hacía labores de guía de tan singular escenario. Lucía un traje de chaqueta - de azafata -, con zapatos de tacón, medias de seda y un gracioso tocado adornado con trenzas. Al principio el joven no la reconoció, ni siquiera pareció prestar mucha atención a sus explicaciones, absorto como estaba en la contemplación de aquella enorme sala, con esos espejos que multiplicaban hasta el infinito el número de personas clonadas que podían observarse. Las lámparas, los cuadros, la balaustrada; todo le llamaba la atención como si fuese la primera vez que hubiese estado allí, cuando en realidad ya lo había hecho en otras ocasiones. Graciela se dio cuenta de su presencia y comenzó a mirarlo de soslayo de vez en cuando, procurando fijarse en sus ojos, pero éste – distraído – no era capaz de ver a la misma chica del Parque Las Heras. Tan sólo veía a una joven que daba explicaciones sobre el lugar que estaban visitando, y que decía como un latiguillo lo que se podía o no se podía hacer a lo largo del recorrido. Tuvo que ser otro de los integrantes del grupo quien le dijera:

—Che, boludo ¿de qué conocés a la mina?

—¿Qué mina? ¿De qué hablás?

—Vamos Leo, si no te quitá la vista de encima. Si vos no le prestás atención decidlo, ¡eh!, que yo estoy libre.

.../...Continúa en La conversación(2)

martes, 22 de enero de 2013

Collage de verano (y 5)

327 Vero,Trini, por fin el amigo Gon se ha decidido a descifrarnos el enigma, ¿a qué enigma te refieres, Alba?, que te estoy escuchando, ¡ah, estabas ahí!, nada que le decía a Vero y a Trini…, eso ya lo se, ahí va ya el final, pesados, ¡vale, vale!, no te enfades, hombre…

COLLAGE DE VERANO ( y 5)
.../...Viene de Collage de verano (4)

Mi mujer regresa a casa. Voy a recogerla a la estación y le doy los cuatro besos más efusivos que haya podido dar nunca. Me mira de arriba abajo y aunque no lo dice, piensa en que me pasa algo. ¿A que viene tanta efusividad? Me pregunta por los niños, el trabajo de la oficina y que si me he apañado bien con las comidas y yo de lo primero que me acuerdo es del hijo de puta del Domínguez, que vaya tela en la situación que me ha puesto con lo confiado que he sido yo siempre con mi mujer. Por el camino al hogar hago planes en voz alta para el año que viene. “¿Te acuerdas de Maro? Tenemos que volver por allí, Tú no sabes lo que quema el trabajo cuando no hay donde refrescarlo”. Ella me mira y entre bromas y veras me dice que siempre estoy pensando en lo mismo. Yo medito un momento por si he dicho alguna puñetería y enseguida me doy cuenta. “¡Que va mujer!, si no he llegado ni un solo día a la hora del Canal47. Si han hecho unos diítas que para que contarte.” Sueño con esas aguas nítidas y ese dedo gordo del pie confundiéndose con un despistado pez de colorines.” Llegamos a casa y una llamada en el buzón de voz me advierte de la inminente llegada de nuestros hijos que por fin agotaron su saldo y muy a su pesar, abandonan su estancia y vuelven dispuestos a aprobar las asignaturas pendientes. “¡Que sano es el mar! – pienso – ¡Qué dóciles nos vuelve!”. Mis amigos también vuelven en un par de días. Su última estancia ha sido en Mondariz, desde donde me mandan una postal lamentando no dar con Florencio y tener que volver para atrás con mi obsequio. Me da lo mismo, al fin y al cabo ¿quién es Florencio? Alguien lejano al que hace años que conocí, que tuvimos una buena amistad, pero que luego la vida nos llevó por paraderos distintos y que poco a poco fuimos alejándonos tanto que hoy día soy incapaz de poder hacerle llegar un obsequio. Así es la vida, así la amistad: puede durar tanto como nosotros o perderse en las tinieblas de una noche lisboeta. Me quedaré con el recuerdo.


¡Ah!. Y en cuanto a Domínguez una última cosa: resultó ser que el lío de las postales no iba con su mujer, sino con la vecinita de enfrente, que se había puesto de acuerdo con ella para un lío amoroso y la utilizaba como tapadera y pseudónimo al mismo tiempo. Y encima voy yo y... ¡claro! Mi envío fue tomado como uno más de esa saga misteriosa, con lo cual jamás se supo mi intento de sabotaje. Hasta en eso estoy negado, ¡que le vamos a hacer! La vida, que al final siempre pone cada cosa en su sitio. Otra vez será.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Collage de verano (4)


 325 ¡Gon, D. José!, alcemos nuestras copas y brindemos por este 2013 que se nos abre, ¡por todos nuestros amigos!, bien dicho, Alba, vaya esta copa por: Trini, Vero, María, otra María (la del vencejo), Stella, Alfredo, Martha, Belkis, Nuria de Espinosa, Lou, Miuris,  y Xrisstinah, que han estado ahí a lo largo de todo el año, ¡Por ellos!, y ahora el amigo Gon, nos colgará el siguiente tramo de su interminable historia, se lo permito de esa manera porque es usted el jefe, que si no..., tengamos la fiesta es paz...¡Feliz Año, amigos!
COLLAGE DE VERANO (4)
.../...Viene de  Collage de verano (3)

El jefe se deja caer, como el que no quiere la cosa, que para el próximo año existe la posibilidad que el encuentro de trabajo se traslade ni más ni menos que a la Laponia – por aquello de abrir el mercado al exterior -. El asunto cae en el departamento como si se tratara del gordo de Navidad. Se comienza a especular, que si los que están por Cataluña participarían también del evento o sería para los que no se han movido – laboralmente claro –este año. ¿Sería imprescindible saber inglés o eso corresponde tan sólo a los directivos?. Circulan preguntas y respuestas de un lado para otro, pero como es lógico nadie habla claro ni se compromete a adelantar nada hasta que se vaya perfilando mejor el asunto. Tendremos que ponernos en contacto con los sindicatos para evitar que los agraciados sean siempre los mismos. Ya hay quien sueña con Norway, Kafjord y no sé cuantas palabrejas más que se transmiten de boca en boca, por los pasillos, por los tablones de anuncios, correos electrónicos y demás medios que disponemos por la oficina para jodernos los unos a los otros. Y sólo ha sido un rumor. No quiero ni pensar lo que puede pasar si se confirman los hechos.
Muñoz Molina hacía que sus personajes se encontraran unos a otros en aquel invierno en Lisboa, con una facilidad pasmosa y yo por más que intento dar con mi amigo Florencio no hay manera. Ya lo he intentado en unos cuantos hospitales, pero entre que no me entiendo muy bien con quien me coge el teléfono y que tampoco tengo claro que esté en Lisboa, así estamos. Pero yo no me canso, daré con él como Manolo que me llamo. Mis amigos me cuentan maravilla de esa ciudad. He intentado –por hacer algo- una pirueta literaria que consistió en meterme en el libro de Muñoz Molina como un personaje más, como vi que había pistolas de por medio y eso casi siempre suele acabar en tiros, me dije “¡Ya está!. Yo seré por ejemplo el taxista, ¡si!, el taxista que tiene que trasladar a un herido de bala con toda urgencia hasta el hospital”. Tendría que trabucar un tanto el desarrollo de la obra, pero bueno como se trata de una buena causa, no creo que al autor le fuese a molestar demasiado, además si se me complican las cosas, le cambio el título a la novela mencionada y ¡ya está!. La puedo llamar por ejemplo: el otoño en Lisboa, ¡ea!. Bien pues – como digo – yo sería el taxista que recoge al herido que como consecuencia de una persecución callejera termina en mi taxi huyendo del de la pistola. Atravesaríamos a toda leche el puente sobre el Tajo, con las luces encendidas, tocando el claxon y zigzagueando para hacer adelantamientos insospechados. Nada de choques, ni atascos, ni gente cayendo al agua, que a mí con llevar a una persona herida ya me parece suficiente para una trama amorosa. Por mi radio-taxi me pongo en contacto con la policía y me echan un cable con el tráfico, en lugar de empeorar la situación, que es lo que ocurre casi siempre, se me colocan por detrás y por delante con la sirenas a toda pastilla como si fuese yo el coger de una persona importante y me conducen hasta un hospital donde una vez cumplimentados los trámites y echas las declaraciones oportunas – y ya con la confianza suficiente – pregunto por el doctor Florencio, eminente cirujano al que nadie tiene la fortuna de conocer ni en ese hospital ni en todo el área hospitalaria. Deshecho, casi con lágrimas en los ojos, retorno a mi táxi y me vuelvo hasta el lugar donde recogí al herido a buscar alguna pista a ver si me doy cuenta donde me he equivocado. Doy unas cuantas vueltas por los alrededores, hago unas cuantas preguntas, pero no me gusta demasiado la pinta de alguna gente que anda por esas calles, así que decido dejarlo todo porque tampoco es cosa de llevarme yo algún mamporro luego de haberme colado de hurtadillas en la obra. Me salgo.
Mi mujer de nuevo pasa al ataque y me llama desde Santander, que lo del futuro proyecto telefónico va mejor de lo que esperaba y por tanto se amplía la estancia por el Norte, que siente mucho no poder estar conmigo, ni con sus hijos, pero es que esta gente aprieta lo suyo. Mientras me cuenta todo esto, yo no dejo de acordarme del hijo puta del Domínguez que si se hubiera quedado en le parto de su madre, no se hubiera perdido nada. Tengo que continuar mi campaña de intimidación ahora que me he enterado que anda otra persona metida de por medio. ¿Mira que si al final descubro un lío de faldas?. Que como por el Norte hay muchas vacas, no puede dejar de acordarse de sus hijos, de cuando eran pequeños y hacían aquellas preguntas tan graciosas sobre la piel de estos animales y de aquellas tetas tan gordas y los cuernos y las pezuñas y esas bocazas todo el día rumia que rumia – muele que muele, decía ella -. Hay un sitio que se llama Puente del Diablo que no puedo dejar de verlo, aunque sea lo último que haga en esta vida. Creo que exagera, porque sitios bonitos habrá tantos por ahí perdidos que la contemplación de cualquiera de ellos puede dar lugar a pensar lo mismo. Sé, porque uno al fin y al cabo está instruido, que Cantabria y en concreto Santander son de esos lugares que nos llama mucho la atención a la gente del Sur, que nos quedamos extasiados con esos valles y ese verde y sus montañas, pero tampoco hay que exagerar ¡eh!, que aquí tampoco andamos mancos. En medio de la conversación, me dan impulsos de preguntarle por su tierra, su hogar, su familia, su marido, pero me contengo porque me puede mi orgullo y lo que me tenga que decir que me lo diga por propio impulso. Yo con decirle la que estamos pasando en la oficina, ya tengo bastante. A mí no es que me cabreen las cosas del Norte, esos paraísos que dicen poseer, lo que me cabrea es no poder disfrutarlos. Que está allí mi mujer, también podría haber estado yo de consorte contemplando el azul del mar, mientras que ella les cuadra las cuentas a los de la telefónica, ¡digo yo!. En cambio estoy aquí, aguantando todo el calor del mundo, las ocurrencias de Domínguez, la incertidumbre del trabajo y sin mis hijos para hacerme compañía. Al final me voy a tener que aficionar a eso de la interné – como hace más de uno por aquí cerca -, para que los días se me pasen más rápido y para el año que viene ya procuraré yo montármelo de otra manera porque ésta no me convence mucho. Hace ya tanto tiempo que no tenemos unas vacaciones como Dios manda que maldita me hace la gracia que los niños hayan crecido y que la mujer haya conseguido la independencia laboral. Al final, mejores casas, mejores coches, pero para no parar nunca ni en la casa ni en el coche. ¿Esto es vida?.

martes, 18 de diciembre de 2012

Collage de verano (3)

323 ¿Qué le pasa a María, Gon?, que lo mismo se atrasa que se adelanta, pero en fin debe ser producto de las prisas de estos días, tú ya tienes preparado la siguiente entrega, así es, pues adelante que a Vero le va a dar algo y a Trini también se le nota algo inquieta, en eso estoy, Alba, lo dicho, por si llegamos tarde FELIZ NAVIDAD para todas, que así sea…

COLLAGE DE VERANO (3)
.../...Viene de Collage de verano (2)

Nos llega a todos los de departamento un correo electrónico firmado por los tres compañeros que se fueron de comisión por Cataluña y con la excusa se lo andan pasando de aupa, mientras nosotros aquí sacando las castañas del fuego, para que luego digan. Unas fotos preciosas, y la que más me impresiona de todo es una que le han hecho a unas pinturas de Dalí donde destaca por encima de todo dos pies que parecen estar andando sobre el cielo. Nuestros tres compañeros tienen el detalle de acompañar las fotos con una lectura – con esos pies para andar sobre el cielo se consiguen todos los sueños – que a mí me deja un tanto difuso de ideas porque no sé por donde van. Yo creo que en el fondo se están pasando unas vacaciones de puta madre, mientras que los demás aquí en el horno éste que tenemos por ciudad. Esta empresa es que no tiene arreglo, lo mismo se deja caer con esa comisión encubierta para favorecer a unos cuantos que nos tiene a todos sacrificados. ¿No podíamos repartir el verano entre todos? Así por lo menos nos quitábamos unos días del calor, pues ¡no señor! Aquí estamos al capricho de estos explotadores – porque no tienen otro nombre -, que para colmo son los que se llevan todos los beneficios. Cada noche sueño con el coche cargado hasta la corcha, con todos los bártulos en la baca y un camping esperándonos con la gente de un lado a otro chorreando agua, reliados en las toallas playeras. Con mucho verde alrededor -¡ya puestos!-, el mar a cincuenta metros al que se accede por un camino de tierra, un sendero de grandes setos tras de los cuales puede verse una pradera llena de vacas y artísticos pajares de forma cónica. Arenas finas y olas juguetonas donde echándole valor pasaríamos un rato inolvidable. Hay algunas nubes en el cielo provenientes de los montes cercanos, pero no le tendríamos miedo, puede hasta que llueva pero ya nos la arreglaríamos. Los niños jugarían en pandilla dentro del recinto, que no es demasiado grande y los mayores departiríamos amigablemente entre unas copas que parecen de sidra. Desde una plataforma próxima me atrevería a montarme en una parapente como acompañante y aunque lleve un nudo en la garganta durante todo el tiempo, lo que vería desde esa altura y a esa velocidad, no tiene precio. Otros decidirían pasear a caballo y los vería como hormiguitas que se mueven lentamente.


Suena el teléfono. Despierto. Por fin encuentro lo que buscaba: revolviendo un viejo archivador, me encuentro una carta de Florencio, al que no veo desde hace diez años. Me pongo enseguida en contacto telefónico con mis amigos “portugueses” por si aún estoy a tiempo de pasarles los datos encontrados y que pueden terminar por hacerme el favor que les pedí antes que se marchasen. La empresa tampoco resulta fácil porque Florencio, además de haberse especializado en cirugía también puede haber cambiado de domicilio, pero bueno si yo fuera él no cambiaría. La PraÇa da Figueira por lo que yo sé no es un lugar para abandonar fácilmente, pero en esas estamos, la vida da tantas vueltas que lo que hoy parece imposible, nos lo podemos encontrar mañana como un hecho consolidado. Doctor Florencio, quien me iba a decir a mí que aquel raposo que robaba brevas en las Huerta Los Pinos, se iba a convertir con el paso del tiempo en una figura del bisturí. Seguro que él no tiene problemas de veraneo, ni la mujer en el Norte, ni los niños en el Sur, ni los amigos en el Oeste, ni... ¿pero que digo? Me estoy volviendo carajote con tanto especular con las vacaciones. Esto debe ser efecto del cambio climático, seguro, yo antes no era así y sin vacaciones no es la primera vez que me quedo y he currado como el que más en la oficina y me han pasado cosas mucho peores y todas las he sobrellevado con gallardía, pero ahora es que no sé que me pasa que no soy capaz de sobrevivir en esta isla desierta que yo mismo me he montado. ¿No será que mi jefe me tiene abandonado y no me patea? Ahora que lo pienso lleva una temporada que está más dócil que un cordero. Tendré que hablar con él.

Domínguez viene a verme muy preocupado porque dice que ha recogido de su buzón dos correos, dos postales que le tienen sin vivir. A mí se me cae el bolígrafo de la mano y me pongo como un tomate colorado, casi sin reacción ni saber que decirle. “¿Dos postales?””¡Sí, dos postales!”.”Una – me dice – con un barquito de vela y un texto difuso y preocupante y la otra de París, haciendo alusión a lo de que bien vale una misa”. Me cuenta que van dirigidas a su señora, que prudentemente volvió a colocarlas en el buzón a la espera de una reacción por su parte, pero que no sabe que hacer, ni que medidas tomar. Yo, dentro de mi confusión le aconsejo prudencia y que espere, que puede tratarse de un error, de un concurso o de alguna propaganda de las que tanto abundan hoy día, pero él me derriba todos mis supuestos al instante de enviárselos, Insisto en que espere, que sea ella la que hable y le cuente . “¿Y si no habla? – me dice enfadado-“.Joder con mi ocurrencia! Éste con el cabreo de mi postal, seguro que no se ha fijado bien en la segunda. ¿Cómo puede ser la misma persona, si yo no he mandado más que una? La culpa la tuvo él, si no me hubiera pinchado, ahora que se fastidie. Lo malo es que viene a mí a contarme las cosas y yo no tengo valor para aclararle nada. Le sigo la corriente y ya está, con lo que estará sufriendo la pobre criatura. Como me llaman por la dos, aprovecho para decirle a Domínguez que luego seguiremos charlando, aunque lo que de verdad siento es que no sé como voy a salir de ésta. ¿De quién será esa segunda postal?
Mis hijos me cuentan que el asunto de las olas va de maravilla, que están más morenos que el año pasado por estas fechas y que un día si y un día no van con unos amigos hasta la Cala para ver el cine de verano a la orilla de la playa. Nos pusieron “Piratas del Caribe”.”¡Que suerte, una de piratas y en la orilla del mar””. Nada hijos a disfrutar de la vida que son dos días, que para eso estamos los mayores. Que si me acuerdo de aquel lugar donde se produjeron las inundaciones, llevándose el Paseo Marítimo. “Si, de la tele – les digo con recochineo –, pues que lo han dejado que no hay quien lo reconozca”.”Mira que bien, ¿Y cuando volvéis?”Que no saben – me responden -, cuando se les acabe el dinero”. Les recuerdo sus obligaciones de cara a los exámenes de Septiembre, pero no parecen demasiado afectados por ese evento, se ve que tienen dominada la situación. Tendré que hablar con su madre.

A Domínguez se la acrecientan los males -¡seré agorero!-. Ahora me cuenta que le ha llegado una nueva postal con una fuente que dice que está en la Plaza de la Constitución, pero no sabe de que pueblo, porque no le dio tiempo de más, antes que su mujer la quitase de en medio, pero con la misma firma, que eso si que la vio bien a las claras. ¡Ah!, y un sello con una foto el lince ibérico que dice que está en peligro de extinción. “¿Pero Domínguez, qué tiene que ver eso con lo que me está contando?”. “¡Hombre!. Era por si te servía de pista, tu que eres muy observador – me responde –“. Le pregunto sobre la actitud de su mujer, sino le dice nada al respecto cuando él le entrega las postales, me dice que él no se las entrega, lo deja todo encima de la mesita de entrada junto con la propaganda y los recibos del banco. Ahora sería el momento en que tendría yo que refregarle por la cara sus propias palabras, pero no soy capaz. Cuando me pinchan, tengo muy mala leche, pero luego en frío soy incapaz de hacerle daño a nadie. Yo estoy contento – con sus mijitas – con la mujer que me tocó en suerte; hemos conformado una familia y creo que nos entendemos en lo fundamental, por lo tanto no tengo motivos para pensar que me están engañando; la distancia siempre es muy traicionera y en cualquier momento te puedes encontrar con la sorpresa, no cabe duda, pero hay que confiar, tenemos que ser mejor pensados de lo que somos, sino no podríamos vivir, pero es que este Domínguez me saca de quicio.

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martes, 4 de diciembre de 2012

Collage de verano (2)


321 Tiene razón Trini, entrar en un grupo es para estar, y que lo digas Alba, bueno es  D. José para andar con pequeñeces, ahí hasta el final, hasta que nos echan, y que lo digas, Gon, para pesados nosotros, aunque Vero tampoco anda mal de paciencia ¿eh?, ya lo creo, y que es para aguntarnos a nosotros hay que tener mucha...

COLLAGE DE VERANO (2) 
.../Viene de Collage de verano (1) 
Mi mujer me escribe desde LLanes, que va muy bien todo y que hay mucho verde y que la temperatura es muy fesca. Menos mal porque si  el Norte tuviese los calores que tenemos por aquí ¿dónde iríamos a pasar las vacaciones? Yo que con esto de los sms y los emails no acabo de enterarme le contesto como puedo aunque sin saber a ciencia cierta quien será el destinatario de mis mensajes. Ella como trabaja en el medio no tiene ningún problema y parece que le cuesta trabajo mandar una carta de las de toda la vida o llamarme más a menudo. Todas sus energías las gasta con sus hijos, que se desvive por ellos, el día que los maridos incomprendidos nos rebelemos o nos agrupemos como asociación, que se pongan a temblar las feministas porque ya veremos quien tiene más fuerza. Que los hórreos son muy bonitos – ya lo sé, los he visto en la tele -, y que a su empresa se les ha ocurrido lanzar una campaña aunando la innovación tecnológica con la conservación de este tipo de construcciones. Yo no acabo de entender por donde va el asunto ¿qué tendrá que ver la rapidez comunicativa con la inmovilidad de estas reliquias? En fin, que se quiebren la cabeza los técnicos que para eso le pagan, y espero que bien, que se note que juega mi mujer en el mismo equipo. Si uno tiene que ser el sacrificado, por lo menos que obtenga algún beneficio, aunque sea de manera indirecta. ¡Que dura es la vida del trabajador! Todos el año aguantando a unos y a otros para que de vez en cuando – ni siquiera todos los años -, se pueda uno pasar una semana tostándose al sol o contemplando como pacen los asturcones por las montañas de Covadonga. Esto de encontrarse en medio de la cadena, es que te deja como anhelado. Si estás arriba, disfrutas todo lo que puedes y algo más de tu privilegiada posición y lo mismo te da que nieve en Asturias como en el Teide. Si te apetece vas y ya está. Si estás abajo, bastante tienes con buscarte el sustento diario, independientemente de la época del año de que se trate, lo mismo da que sea invierno que verano, lo importante es eso: llegar al día siguiente. Pero si te quedas en medio – como es mi caso y el de Domínguez y el del desgraciado del jefe -, te la dan por todos lados. Te pones a comer y enchufas la tele para distraerte un poco y terminas por darle las gracias de Dios por lo afortunado que eres, que puedes estar pensando en vacaciones, aunque la disfruten otros. En fin, un lío.
Desde Cue, en LLanes, me llega otra postal que por ese afán de interaccionarlo todo, pone en un recuadro con letra pequeña “Antilles Beach” ¡Con lo bonito que es el español! De que forma nos hemos dejado comer el terreno por los ingleses. Se la enseño a Domínguez y se le caen dos lagrimones pensando en ese verde tan cercano a la orilla del mar. A continuación a quien se le caen los lagrimones es a mí ante la preguntita de mi compañero de fatigas: “¿Manolo y tú estás tranquilo teniendo a tu mujer por esos lugares tan bonitos?” “¿A qué te refieres, Domínguez?”  - contesto yo sabiendo demás a que se estaba refiriendo - . Le salgo al quite y le expongo toda mi teoría sobre la portaduría de los cuernos, pero claro eso lo digo de boquilla para afuera, por dentro tengo un come-come que de buenas ganas cogía un avión y me plantaba en el Norte para sorprender cualquier acto impuro que pudiera estar cometiendo mi mujer. Pero a continuación me contengo y le sigo la corriente en plan festivo que es mejor y más sano para todos. Hoy día hay que ser de mente abierta y no pensar que andamos por ahí engañándonos los unos a los otros, eso es cosa de películas veraniegas y épocas pasadas. Las circunstancias laborales son las que son y te pueden llevar de un lado a otro y no hay que mezclarlas con las sentimentales, será mamonazo el Domínguez con lo que me sale ahora. Me podría hablar del Valle de Valdeón, ya que estamos en lugares alucinantes o de los fichajes de su equipo o de la nueva versión del carro de Manolo Escobar que ahora ha subido en él nada menos que el Koala, o de los atascos de la Gota de Leche, pero no, el cabrito va y me mete los dedos directamente en los ojos, como diciendo: ¿Tú estás seguro de tu mujer? ¿Y tú de la tuya?, le tendría que haber contestado yo, pero lo cierto es que no sé si está en su casa o anda por la playa, pero me tengo que enterar. Esto no queda así. Aprovecho un momento en que ha salido del despacho y le registro los cajones. Descubro una postal horrorosa de la Costa del Sol, que decía: “Hola María, hola Carlos, Hola Juan y Ignacio. Estamos en este rincón muy vien ¿I vosotros espero que también un veso a todas. León”. Mañana se va a enterar éste de quien soy yo.
Me doy una vuelta por el centro y me recorro unas cuantas tiendas de artículos para turistas buscando postales que sean de Sevilla para enviárselo al domicilio de Domínguez y meter un poco de cizaña. Me cuesta lo suyo dar con lo que busco, pero termino por encontrar una muy bonita con barquito de vela incluido de Calella de Palafruguell en la Costa Brava. Me busco un texto entre cariñoso y enigmático y la dirijo a María, la mujer de Domínguez, con lo mal que tiene la vista no se va a percatar que tiene matasellos de Sevilla. Además como no se la espera, seguro que puede más el factor sorpresa que todos los detalles y ahora que averigüe quien es el enigmático firmante. A ver que me cuenta en los próximos días. “Cuidado que tengo mala leche – pienso –“, pero esto después de haber consumado la fechoría, así que ahora ya no vale el arrepentimiento.