Calzada de
ida y vuelta,
viaje a
ninguna parte,
aceite de
la vida
en tu pelo
de viernes por la noche.
Gira sin
pausa la esfera de cristales
como la Tierra,
con tus
horas adheridas
al elixir
que rumia el suelo.
El disc-jockey
voltea el aire,
las
palabras pierden monemas
hasta
llegar a su destino.
Ahí se
concentra el mundo,
fenecen las
cuatro estaciones
sitiadas
por la penumbra,
impregnadas
de abrótano hembra.
Basta un
mensaje en chino,
visado una
o cien veces
para que el
lugar se transforme
en un canto
coral
sin honor a Beethoven.
Luego del
hombre viene el hombre,
porque está
escrito,
porque
somos los elegidos
para
perpetuar la especie.
Ahí te
encuentras
sin
domingos de comunión,
más
guardando todas las fiestas
en la
agenda de tu bloc,
notable
alto —cum
laude—
en el tuneo
de automóviles.
Canto a la
luna de Rusalka
y rezo por
ti.