Cuando la luz no entre
por mi ventana
y los visillos yertos sean
pétreas imágenes,
gritaré.
Y no oiré el lamento de
los muebles
y no llorarán las lámparas del techo.
Mi cama, pradera
inhóspita de renos,
dormirá conmigo cada
atardecer,
pediré iluminar la
estancia
pero no hallaré el aroma
ni aquellos labios
esparcidos
como mariposas inquietas
restregadas por las
paredes.
El silbido del tiempo
queriendo
penetrar
por la cristalera.
Sacaré los zapatos al
balcón
y los retiraré el cinco de enero.
Soy el cadáver de mi
mismo
la radiografía velada
por
una enfermedad
inexistente.
Calló el chamarí que
cantaba
en el óleo de mi
cabecera
y hasta se rompió aquel retrato
harto de soportar el
mismo marco.
Papel de fumar que
transpira
pasiones de otra
celdilla
noches de insomnio.
Lágrimas
secas que calan mi piel.
Sinfonía inacabada.
Tiembla mi brazo al
cerrar
la carcomida puerta.
Cada verso contiene una profunda emoción de esas que nos hace humanos.
ResponderEliminarInmenso.
Abrazos
Gracias, Vero, por venir y dejar tu impresión sobre el poema.- Besos
EliminarTan bello que se pueden derramar lágrimas leyendote
ResponderEliminarHola Mucha: agradezco tus palabras, yo también me emociono.- Besos
EliminarMe ha encantado tu poema, JR, pero sobre todo la frase que recalco porque merece en mi opinión enmarcarla: "Lágrimas secan que calan mi piel". ¡Chapó, amigo!
ResponderEliminarUn beso.
Gracias, María, por tus amables palabras. Me anima a seguir en la lucha.- Besos
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