Para escribir sólo hay que tener algo que decir.
Camilo José Cela
En el pequeño receso salí en busca de Medardo para ver cómo le había ido con el encargo que le hice. Me lo encontré charlando con Juanito Ponce.
—Hola Don Cayetano, ¿qué quiere usted tomar?
—Ahora mismo nada, Juanito, gracias. Tengo que salir un momento con Medardo.
Afuera estaban los periodistas, así que me las tuve que ingeniar para que
subiésemos los dos a mi habitación corriendo el riesgo de que apareciese
Samuel.
—¿Qué has conseguido? Dime.
—No mucho, pero puede que suficiente. Han tratado de tirarme de la lengua, pero
les he repetido hasta la saciedad, que lo importante es aquello que estáis
tratando ahí dentro, en torno a los grandes autores que ya no se hallan entre
nosotros…
—Abrevia, leche, que me come la bulla.
—Bien, vale, que lo mío no tiene importancia, que se olviden de mí, no soy más
que un campesino cuidador de cabras…
—¿Pero conseguiste desviar su atención?
—Yo creo que sí.
—Joder.
—No te preocupes, Cayetano, me partiré el alma para que se centren en vuestro
trabajo. Negaré por activa y por pasiva y además…
—Espera, se oyen pasos.
—Tengo una bala de plata en la cartuchera por si no consigo convencerles.
—Espera, espera, ¡joder es Samuel! Escóndete.
—¿Dónde?
—Donde sea, debajo de la cama, en el armario, en el wáter… bueno, ahí no, que
seguro que viene a mear. Me cago en la leche…
—Ya está. Me aplasto detrás de la puerta. Llévatelo enseguida al cuarto de
baño, que ya salgo yo.
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