Los truenos anunciaban
la tormenta,
nubes negras precedían
la noche.
Eran tiempos en que
poseer coche
quedaba acotado a gente
opulenta.
Por eso el bravo
segador se enfrenta,
sin que nadie le haga
ningún reproche
a los rayos que
por la medianoche
marcan el camino a su
yegua absenta.
Lleva a la grupa un
fascinado infante,
arropado en capote
protector
que rezuma un momento
apasionante
muy lejos de la jerga
altisonante
que proclama su padre,
detector
de temible contingencia
apremiante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Y ahora qué? ¿No me vas a decir nada?