De vez en cuando nota como le mira el muchacho de la chaqueta roja, puede que sospeche algo, también percibe que abren el escaparate por dentro, pero no puede saber qué hacen, le falta un espejo de referencia. “Los de seguridad andarán como locos”. De reojo se fija en su compañero de la izquierda y ve que luce un bigote postizo que se le ha levantado por un extremo, “mal asunto si alguien de dentro se da cuenta”. Un puesto portátil de palomitas de maíz se ha situado a diez pasos de él, cristal de por medio, por lo que tiene que realizar un supremo esfuerzo de concentración para no perder el equilibrio. Las palomitas son su debilidad, “sobre todo que a nadie se le ocurra comprarse un cartucho y ponerse a comer mirándome a la cara, no lo resistiría”. Tendría que cerrar los ojos, con el riesgo de ser descubierto. La única ventaja es que el olor del maíz no lo percibe, que ya es algo. Sólo huele a ropa sin estrenar y a plástico recalentado; y ninguna de las dos cosas son demasiado apetecibles de momento. Tampoco tiene mucha confianza en sus compañeros, no tiene ni idea cuando fue la última vez que los atendieron.
Aprovecha un vacío visual y cambia de postura. Ahora consigue sentarse en un taburete, ofreciendo su perfil bueno a la gente de la calle y el otro al interior de la pecera, lo cual le permite controlar la apertura interior. Frente a él dos compañeras y a su espalda deja en ángulo muerto al resto de los integrantes del turno de tarde. Es ahora cuando se da cuenta del color de piel tan poco apropiado que presenta su figura. Sus compañeras parecen auténticas musas africanas con prendas occidentales de tonos claros y veraniegos, en cambio él es una efigie de harina, revestido en negro, “¿quién sabe?, cosas más excéntricas se ven cada día en las pasarelas de moda y esto no es más que un escaparte destinado a gente de la calle”. El contraste no debe quedar mal puesto que nadie se ha extrañado. Tiene ligeras sospechas de un taxista que lo ha mirado varias veces desde que cambió de postura, “lo mismo se ha dado cuenta del movimiento y da el chivatazo, con un poco de suerte se le sube alguien al vehículo y tiene que irse, de lo contrario es capaz de descubrirlo”. Sigue el reto.
Por la posición del sol han debido pasar más de tres horas. Aún es pronto para marcarse la estrategia de fuga, muy pronto para pensar en tirar la toalla y demasiado pronto para perder la concentración, así que del escaparate para fuera está la clave de su éxito. Allí fuera está la máquina devoradora de minutos, el implacable poder del paso del tiempo; ahí dentro nadie mueve una pestaña, es como si acabase de entrar ahora mismo, apenas dos escenas abstraídas del mundo real. Quiere llevar la cuenta del número de personas que se han parado frente a él, le servirá para no distraerse y cometer un fallo. En la calle es capaz de obtener la cuenta de los donativos que depositan los transeúntes en una de sus actuaciones. Céntimo arriba o céntimo abajo, casi nunca se equivoca, pero ahí dentro la cosa es muy distinta, parece como si faltase el aire, de buena gana se quitaría la camisa, esos focos ya la están ganando terreno, da le sensación de que los tiene cada vez más cerca, “¿qué hora será?, da igual, la prueba tiene que seguir”. Es capaz de aguantar la sed, el hambre, la presión de ser descubierto, la posible detención, la comisaría de policía y la multa que no puede pagar. Ya está dentro, que era lo difícil y ha pasado el tiempo necesario para que nada se precipite. Ahora sólo es cuestión de esperar.
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