miércoles, 9 de septiembre de 2026

Prólogo a La vida secreta de un jubilata


 

EL ARTE DE VIVIR 

«Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario»

 Albert Schopenhauer

«El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza»

André Maurois 

 Gregorio García González vive en Sevilla, tiene sesenta y siete años, y está jubilado. Es un buen amigo de sus amigos. Que se lo digan a Pruden, el hijo de un guardia civil intérprete del firmamento, y a quien le preocupa seriamente el futuro del planeta; o a Cipri, al que Gregorio intenta convencer con insistencia de que conozca a una nueva compañera como su propia pareja, Ana— y rompa de una vez con la soledad… Además, es un buen padre. Se separó hace años de su mujer, Rosa, con quien tuvo dos hijos y una hija, a los que quiere —aunque le molesten algunas cosillas de ellos— y a quienes ha transmitido no pocas costumbres saludables. También es un abuelo singularmente admirable. El profundo amor hacia sus dos nietas y su nieto, se materializa en múltiples detalles: en su dedicación a ellos en forma de sutiles diálogos, de lúcidas enseñanzas prácticas para la vida, de juegos amables y curiosos; también por su tarea de crear unos personajes ficticios para ellos, fruto de su fértil imaginación, pero a la vez inspirados en la más inmediata realidad. Por todo, Hugo, Lucía, y Andrea, con la sabiduría natural de los niños, se divierten a su lado; y eso a pesar de que su abuelo no exprese su cariño mediante aspavientos ni hipérboles.

Gregorio, como seguramente a estas alturas habréis adivinado, es el protagonista del libro que vais a empezar a leer, La vida secreta de un jubilata; y, por supuesto, quienes conocéis de alguna manera a su autor, José Rodríguez Infante, podréis deducir de lo dicho hasta ahora, que tiene bastante de él mismo.  Hace tiempo que percibí en José Rodríguez, poeta y narrador de Paymogo, a un hombre juicioso y, por tanto, consecuente, sincero y no de medias verdades.

Pienso, por otro lado, que los personajes nacidos de José, tanto individuales como a nivel de colectividad, tienen algo o mucho— de cada uno de nosotros. Se trata de un detalle propio de sus otras obras en narrativa. En él está la calle, el ámbito de la familia, el mundo del trabajo… No es nuevo ese tratamiento de los individuos en la narrativa realista, por supuesto; sin embargo, Rodríguez Infante es un agudo conocedor de la psicología humana, y goza de una singular empatía hacia quienes sencillamente transitan por las plazas y rincones de nuestras ciudades.

Cuando leí por primera vez en el bachillerato La hoja roja de Miguel Delibes, debo decir que me sobrecogió de alguna manera, pero no me sentí identificado en absoluto con los personajes. Lo mismo me ocurrió un verano con la lectura de la novela El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. Sé que ahora sería capaz de comprender mejor a los protagonistas de esas magistrales historias sobre seres que, a pesar de poseer una personalidad única y poderosa cada uno de ellos, tienen en común volver una y otra vez la mirada al pasado, con infinitas reflexiones acerca de lo que ha sido su vida. Para todas las lecturas hay un tiempo.

No obstante, volviendo al personaje, debo aclarar que Gregorio García es asimismo un hombre de acciones, no solo de inevitables cavilaciones acerca del paso del tiempo: tiene su propio blog, está interesado en múltiples cuestiones y “vive su presente” con plena conciencia de lo que de bueno o menos bueno hay en él. Ha sido capaz de crear en su imaginación, perfectamente reflejado por su autor, un universo paralelo al suyo, que es el de Quique, y su alter ego, Lord Pincel; o el ruidoso mundo habitado por Chitón y Chillón, dos pájaros de cuidado, inspirados en la más pura cotidianidad. Por otro lado, el protagonista no se refugia en sus libros, sino que los usa con un sentido dinámico, como es propio de los buenos lectores, mencionando a autores que demuestra conocer a la perfección: Chéjov, Ignacio Aldecoa, Horacio Quiroga o Kafka, entre otros…

Dicho todo esto, solo deseo que os recreéis, amigas y amigos lectores, en este nuevo y rico relato de un autor que ama a sus personajes y los sabe revestir con toda la dignidad, sin hacerles perder un ápice de autenticidad. Disfrutad de las aventuras de un protagonista, que, aunque haya arrumbado su bicicleta, fiel camarada de otro tiempo —detalle con el que me siento también identificado—, y a veces resulte algo gruñón y lapidario, sigue escuchando con gusto los fandangos de Paco Toronjo; continúa cuidando, con todo el cariño de que es capaz, sus cuatro macetas, a su familia, a su novia Ana y a sus amigos de toda la vida, y persevera, en fin, en albergar dentro de sí la esperanza de un mundo mejor. Un protagonista, que, como su creador y a pesar de todo, continúa cada mañana muriendo de amor por la vida… 

Tomás Sánchez Rubio

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