336 ¡Qué pena de agua, Gon!, supongo que lo dirás por tus pasos, ¿por qué sino?, ya lo dice el refrán, Alba: nunca llueve a gusto de todos, ¡ya!, pero nos quedamos sin…, ¡pero qué dices!, aún queda el lunes, el martes, el miércoles, el… ¡para, para, muchacho!, a ti como no te gusta la Semana Santa , que a las primera de cambio vas y te las piras, te parece normal que llueva, qué quieres que te diga, Alba, me parece normal que llueva porque estamos en primavera y estas cosas del agua son normales en esta estación, ¡ya!, tampoco es que me alegre porque os vea fastidiados a los capillitas, no le deseo el mal a nadie, eso lo dices con la boca pequeña, ¡qué no, leche!, ¡que si!, ¡ojú, D. José!, ¿qué pasa aquí, qué voces son esas?, ¡nada, nada!, no se preocupe, es que discutíamos sobre el piscinazo de la roja, aquí Gon que dice…, dejaros de pamplinas y al trabajo…, como te decía, Gon, Trini piensa que tus personajes son de otro planeta, ¿y eso por qué?, porque ¡tú me dirás!, lo jóvenes hoy día… ¡ah, ya!, y a María no le gustan las despedidas, a mí tampoco, Alba, pero lo exigía el guión, ¡ah, vale!, sin embargo el que no le ha puesto ninguna pega es José Valle, normal, ¿qué es normal, Gon?, ¡que llueva en primavera, ja, ja!, ¡la madre que…!, me vas a hacer decir lo que nunca digo, ¿quieres que nos llamen otra vez la atención?; ¿cómo van las cosas por PsP?, ojo que nos está mirando el ogro, a mí me da igual que puedan salir los pasos o no… muy bien, Alba, por fin hemos conseguido colar un micro en el top 20, ¡que puñetero eres!, ¿la tertulia?, muy bien, Alba, le dimos fuerte y flojo a DeLillo, porque ¿qué tiene Cosmópolis?, por mí como si caen chuzos de punta, ojo que nos está mirando, ¿no anda liado con el álbum de la nieta?, si pero tiene un espejito mágico que se lo cuenta todo, ¡la madre que...!, déjalo, Gon, no te sulfures… otro día seguiremos.
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lunes, 25 de marzo de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
La conversación (y 3)
335 Gon, voy a salir un momento, si viene Amaia dile que el jefe está mejor, ¡vale!, y si aparece María, le comentas que otro día echaremos un ratito de charla, ¡vale!, y si… ¡ya está bien, leche, que tengo que colgar el final de mi relato, rediós, madre mía qué carácter, ¡adiós, cariño
LA CONVERSACIÓN ( y 3)
No
le escuchó, corrió hasta la siguiente parada del autobús y consiguió llegar
antes, para levantar la mano e indicarle al chofer que tenía que parar. Se
subió, saludó y se fue a la maquinita para sacar el billete. Con las prisas y
el movimiento del autobús, terminó por esparcir unas cuantas monedas por el
suelo, mientras recogía el boleto. Se agachó, casi se cae, y al incorporarse
notó que alguien le alargaba una mano con una de sus monedas. Era ella. Le
agradeció el detalle, se sentaron juntos, se reconocieron mutuamente, pero
ninguno de los dos se atrevía a iniciar la conversación o a decir al menos algo
que sirviese de excusa para poder hablar. El autobús continuaba su camino y Leo
temía que en cualquier momento ella llegase a su lugar de destino, y comenzase
otra vez su particular peregrinaje en busca del amor. Graciela notaba su
palpitar y ansiaba que el muchacho le dijese algo, se pasó incluso de la parada
en la que se tenía que bajar, pero las palabras no fluían y terminó por levantarse
con la intención de salir del autobús. Leo le preguntó si bajaba y ante el
asentimiento de la muchacha, no dudó en seguir sus movimientos y terminar en
plena calle dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le presentaba.
Ella
dijo que iba a visitar a una tía, y el muchacho dejándose llevar la acompañaba.
Caminaron casi sin hablar, contando Graciela casi con monosílabos, como había
dejado el trabajo de los perros y se había puesto a hacer de guía del teatro,
aunque tampoco le fue bien y tuvo que abandonar. Caminaron mucho y hablaron
poco y luego de pasar tres veces por el mismo puesto de flores, Graciela
terminó confesando que no se acordaba muy bien donde vivía su tía y que además
no tenía teléfono, así que era mejor regresar, volver a casa. A Leo le pareció
bien y dado que ya se había hecho tarde y no se sentían cómodos por el barrio
que pisaban, decidieron parar un taxi y volver juntos. Mientras el vehículo
transitaba por las solitarias calles, cada cual tenía la mente puesta en otro
sitio, no estaban allí, así cuando bajaron y volvieron a quedarse solos en lo
alto de la acera, junto a aquel luminoso que se apagaba y encendía de forma
intermitente, se despidieron con un “chao, chao” que sonó a definitivo porque
las palabras no encontraron la forma de salir de sus gargantas, a pesar de los
deseos que se habían ido acumulando durante tantas horas de espera.
martes, 12 de marzo de 2013
Entre argumentos y guiones
334 ¿Qué te parece el nuevo socio, Gon?, ¿José Romano?, eso
es, ya lo conocía de PsP, es un tipo estupendo, que por cierto te estuvo
hablando de poesía, así es, Gon, se ha dado un paseito por la casa y ha
reparado en “Presa en su recipiente”, espero que sigamos en contacto, por
nuestra parte no va a quedar, Alba, ya sabes que aquí tratamos bien a la gente,
por cierto ¿qué le ocurre a D. José, que lo veo un poco alicaído?, anda de
médicos, ojú, ojú, pero… es lo que sé, Gon, cosas de la edad, la tensión y esas
cosas, ya te contaré si me entero de algo más, a pesar de eso ahí anda que nos
quiere embaucar en otra Tertulia, ¡ya, ya!, pero no está nada claro según se,
otra cosa, Alba, ¿tú llegaste a leer Trópico de cáncer?, si, pero hace muchos
años y casi no me acuerdo de nada, ¡qué maravilla!, como escribía Miller, ¡qué
manera de contar las cosas tan atractivas!, es un don, ¿DeLillo?, de ese autor
hemos leído en… ¡que no, Gon!, afina el oído, leñe, me refiero a que es un
“don” natural, ¡ah, ya!, ojú, perdona se me fue la olla, es que con tantas
lecturas, a veces pego patinazos, y hablando de libros ¿tú has leído algo de
Gimferrer?, no tengo el… ¡vale, vale, no lo digas!, es un poeta que sólo
escribe en catalán, pero mira por donde ha llegado hasta mí “Amor en vilo”,que
está escrito en nuestro idioma, y en el suyo también ¿no?, ¡si, si, claro!, me
refiero al que tú y yo manejamos, no, si te he entendido al a primera, ¿y qué?,
pues me ha gustado el descubrimiento por mi tendencia a los versos, ya sabes,
pero poco más, ¡ya!, ¿y la peli del viernes pasado, te gustó?, me encantó, Gon,
nunca creí que una película de un director ruso – Tarkovski – fuese a llenarme
tanto, lo sabía, ¡qué fotografía!, ¡qué espiritualidad!, ¡qué música!, ¿oye,
Trini no ha estado por aquí?, ¡ah, si!, casi se me olvida, me dio recuerdos,
parece que le está gustando tu relato y ya sabes, está a la espera de la
resolución final, y yo también, Alba, ¿Y tú…?, anda, tira para tu mesa y ponte
a trabajar…
martes, 5 de marzo de 2013
La conversación (2)
333 Hoy te toca a ti, Gon, como siempre, ¿qué quieres decir?, nada, nada, Alba, eso que hoy me toca a mi, pero antes dile a Trini si la ves que me alegra mucho de su paso por Valverde de mis valverdes, ¿y Antonio Porpetta?, qué ojalá se conocieran porque vaya par de poetas…
LA CONVERSACIÓN (2)
No le quedó claro de que le hablaba su amigo, pero fue lo suficiente para abrir los ojos y comenzar mirar a su alrededor de otra manera. Ya no veía el monumento, ni sus detalles; ahora se afanaba en descubrir quien se estaba fijando en él. Así pasaron unos minutos, tal vez una hora, hasta que una sonrisa furtiva que a Graciela se le escapó, terminó por delatarla. Leo no cabía de gozo. Lo había mirado a él, le había sonreído a él. No había duda, ella era la mujer preciosa de la que le hablaba su amigo. Pero no fue hasta que llegó la hora de explicar las excelencias de la gran lámpara que colgaba sobre el techo del teatro, cuando a Leo se le presentó la oportunidad de tenerla cerca y aspirar el aroma a hembra que exhalaba su cuerpo. No la había reconocido, nunca podía imaginarse que la encontraría en aquella situación y vestida de aquella manera.—¿A qué hora terminás? – se atrevió a susurrarle al oído.
Ella se hizo la remolona, fingió no haberse enterado y continuó con su trabajo, indicando a los visitantes por donde podían salir, y las escaleras que debían bajar para seguir el itinerario. Si al principio Leo estaba absorto con la grandiosidad de todo lo que le rodeaba, ahora no le interesaba lo más mínimo nada de lo que había a su alrededor. Sus cinco sentidos se centraron en la muchacha, en sus gestos, en sus manos, en sus ojos, sus labios. Procuraba ponerse siempre lo más cerca posible de ella, abriéndose paso entre sus compañeros de grupo de una u otra manera. Casi no se reconocía a si mismo. ¿Cómo había sido capaz de susurrar aquella frase?-¿Por qué estaba comportándose así, él que era tan tímido?
La visita iba transcurriendo en estos términos y apenas quedaba un suspiro para que terminase, cuando de improviso Graciela miró a Leo fijamente y le telegrafió una hora:
—A las diez.
Éste levantó las dos manos abiertas como un abanico, y ella movió la cabeza de arriba abajo, luego desapareció por una puerta lateral del pasillo. Leo consultó el reloj de su muñeca ¡faltaban veinte minutos para que se cumpliese la hora!, así que salió a la calle y se puso a masticar chicle, ardiendo en deseos de fumarse un cigarro. Pasaron las diez, y cuando la manecilla del minutero amenazaba con llegar al número tres, no pudo aguantar más y se fue al guardia de seguridad, a preguntarle por donde salían los empleados. Éste se lo indicó amablemente, se fue al lugar, no la vio, preguntó, nadie sabía, hasta que la puerta de salida del personal se cerró definitivamente. Le dio la vuelta a toda la manzana tratando de encontrar si no otra puerta de salida, al menos un rastro de su aroma, una traza, una señal donde pudiera orientarse, pero fue inútil, Graciela había desparecido. Volvió al siguiente día, le estuvo preguntando a otros guías, pero ni se acordaba de su nombre, ni le dejaban claro quien podía ser. Se marchó. Comenzaba a dudar de lo real de su existencia.
Leo seguía yendo por el Parque Las Heras, a veces con la recua de perros, otras con sus pensamientos. Los martes a las siete se apuntaba al grupo de visitas guiadas del Teatro Colón por si la veía, por si encontraba alguna pista, pero no la encontró lo que buscaba. Hasta que un día, un domingo por la mañana, mientras deambulaba absorto por los tenderetes de artesanía del mercadillo de La Recoleta, la vio. Seguro que era ella: iba vestida igual que el día de los perros - nada que ver con la majestuosidad del Teatro Colón – vaqueros, botines y esa blusa entallada que lo traía loco. Atendía el puesto acompañada de otros jóvenes con los que departía amigablemente. Ella no se había dado cuenta de su presencia, y él no sabía que hacer para acercarse, comprobar que no estaba equivocado y entablar, a ser posible, la ansiada conversación.
Se apoyó en el lateral del tenderete, comenzó a manosear los objetos que se exponían, a mirar sus precios, a observar a los clientes y a prestar atención a sus labios. Quería oírla, saber de qué hablaba, averiguar el grado de amistad que la unía con aquella gente, pero había demasiado ruido para poder enterarse de nada, y aunque esto le servía al mismo tiempo para pasar desapercibido, comenzaba a desesperarse porque no encontraba la forma de aproximarse a ella y comprobar su reacción. Apenas levantaba la cabeza, porque temía que le mirase a los ojos y no sabría qué decirle; se dio media vuelta como para coger fuerzas y abrir la boca, miró a la fachada de la Iglesia del Pilar, cogió aire y se quedó mudo al comprobar que en ese intervalo de tiempo, la chica rubia, su anhelado deseo, había vuelto a desaparecer una vez más casi por arte de magia. Se alteró, soltó el objeto que tenía en las manos, y comenzó a moverse de un lado a otro, abriéndose paso entre el bullicio, tratando de encontrar aquella blusa que ya tenía grabada en su sien. Pero había demasiada gente, la tarea no era fácil, además ¿por dónde habría salido? Volvió al tenderete, preguntó por ella, le dijeron su nombre, insistió y le indicaron por donde había salido. Tuvo que meterse entre dos puestos de venta casi atropellando al vejete que ofrecía mate y café con leche; se situó en las traseras de los puestos, alzó la vista pero no veía más que cabezas que deambulaban de una lado a otro, sin llegar a descubrir la cabellera rubia que le traía de tan mala manera. No quiso preguntar mas detalles a sus amigos para evitar que pensaran que se trataba de un loco, aunque ya casi lo estaba. El parque, el teatro y ahora esto. ¿Cuántas pruebas más era necesario pasar para entablar su ansiada conversación? El ambiente en toda La Recoleta era festivo con improvisadas calles de tenderetes que se extendían hasta las puertas de la Facultad de Derecho. La mañana, inmensa de luz, era propicia a que en los espacios libres la gente retozaran en el césped con sus termos de agua caliente y sus matecitos, que pasaban de uno a otro. Algunos niños jugaban al fútbol y los guardias con sus petos fluorescentes hacían rondas en solitario, vigilando la acción de posibles desaprensivos. Todo era paz, menos la cabeza y el corazón de Leo, que estaban a punto de encender la luz roja de emergencia. De repente, en medio del desamparo, sintió que alguien le tocaba en el hombro: era un amigo, el mismo que le advirtió en el Teatro Colón de las intenciones de la muchacha, y el mismo que en esta mañana donde todo parecía perdido, le vino a abrir de nuevo las puertas de la esperanza.
—Leo, boludo ¿te acordás de la rubia del teatro?
A Leo casi se le salen los ojos de sus orbitas.
—Acabo de verla tomar un colectivo.
—¿Dónde? – interrogó nervioso al amigo.
—Allá – le señaló con el dedo- ... ¿pero dónde vas?..
.../...Continúa en La coversación (y 3)
lunes, 25 de febrero de 2013
Peña Geraldo
332 ¿Ayer dónde estuviste, Gon?, ¡ah, qué placer Alba!, ¡qué día más bueno!, pero no iba a ser el día más frío del año, eso te pasa por ver tanta tele, ¡vale, vale!, pero ¿dónde fuiste?, a un lugar próximo a Valverde del Camino que se llama “peña Geraldo”, y ya te digo, Alba, un día espléndido, ¡vale, vale!, no me lo repitas más, de acuerdo, oye, me ha dicho D. José que se va a organizar una Tertulia en Sevilla en torno a PsP, no me lo puedo creer, pues créetelo Gon, con las ganas que tiene ese hombre de involucrarnos en una tertulia, queda dicho, ya veremos lo que da de si, mejor me callo, Alba, ¿qué tal tus museos?, no mucho que contar, Gon, estuve el sábado en el Centro de las Artes y en la Casa de las Ciencias, ¿qué tal?, en el primero vi unos acrílicos que se te ponen los pelos de punta, ¡no me digas!, imagínate unos cuadros de tres metros de rostros que daban miedo, ojú que valor, ¿y no te asustaste, Alba?, ¡qué cosas tienes!, tampoco era una película de Hitchoch, Gon, aunque mucho más relajante fue la segunda visita, en medio de tantos bichitos tan pequeños y tan abundantes que nos hacen ver lo poco que somos, ¿nosotros?, si claro, Gon, nosotros y todo el género humano, que al final dependemos de ellos, ¡ah, la vida!, oye, ¡qué bien tocaban los acordeones nuestros amigos Manolo y Basilio, y hablando de amigos, Gon, Trini espera el siguiente capítulo de tu relato de inspiración bonaerense, todo llegará, Alba, todo llegará, ¿y tú, terminaste “La gran casa”?, terminé de leer a Nicole Krauss y la verdad es que me ha gustado, mañana lo veremos, así es Gon, mañana lo veremos…
martes, 19 de febrero de 2013
La conversación (1)
331 Se nos está complicando el asunto de los spam, ya lo creo Alba, y lo peor es que a Trini le cuesta trabajo superar el escudo y a Vero le da problemas quitarlos, ¿pues sabes qué es lo mejor, Gon?, dime, que les pongas un relato nuevo, ¡ah!, siendo así…
LA CONVERSACIÓN (1)
Paseaba con los perros como si llevase atado un trineo, que se deslizaba por los pasos de peatones sin obstáculo alguno. Frente a él una plaza de apagados verdes y rincones terrosos, con excrementos del día anterior, le esperaba para soltar a los animales. No muy lejos la chica rubia que desde hacía una semana coincidía en lugar y espacio, y a la que no había dirigido ninguna palabra, porque tenía miedo de recibir un no por respuesta. ¿Un no? Pero si aún no le había pedido nada, ni tan siquiera la hora, ya le iba a negar algo. Con el miedo que tenía a ser rechazado, no soportaría ni eso. La luz del atardecer era cada vez más oscura, y las farolas del parque comenzaban a emitir los primeros destellos, esos que aún no se perciben como no sea fijándose en el cristal ahumado de las mismas. Unos gatos – esos pequeños felinos que tanto irritan a los perros – estaban en la parcela de al lado, mirando como se las tenían que apañar aquellos chuchos bonaerenses, que cada día llegaban en oleadas y se ponían a corretear los más afortunados o a ladrar los más desgraciados. Ellos desde su atalaya, a salvo de cualquier contingencia permanecían estáticos, como el joven de largas patillas y la rubia del móvil con luces fluorescentes. Los jóvenes se miraban de reojo, pensaban en la manera de dirigirse la palabra, pero no encontraban la forma adecuada. De pronto uno de los perros de la recua del muchacho, escapó de su amarrijo y se lanzó como un corredor de élite contra la verja que los separaba del dominio de los felinos. La joven abandonó por un instante su obsesiva charla, y pensando que se trataba de un animal de su tutela corrió tras el perro como si le fuese la vida en ello. Otras personas que se encontraban cerca, se quedaron mirando la secuencia imaginando una escena que se viviese a cámara lenta, cuando en realidad todo estaba discurriendo a un ritmo frenético. Unos niños que jugaban al fútbol en el césped, lanzaron un boleón tremendo y corrieron en sentido contrario, creyendo que se les venía un tropel encima, pero enseguida se dieron cuenta que aquella película no iba con ellos y se pararon a contemplar como acabaría la alocada carrera del perro y la chica rubia. Y acabó con el can ladrando como una fiera a los inofensivos gatos, que no se alteraron lo más mínimo, acostumbrados como estaban a que de vez en cuando apareciese por allí algún rabioso animal queriéndoselos comer. La joven hasta que no llegó a la altura de la reja, no se dio cuenta de que aquel peludo escandaloso era de otra recua. Ni se atrevió a tocarlo – dado su estado de excitación -, miró para atrás y observó que el joven de las patillas le hacía gestos indicándole que volviese sobre sus pasos, mientras él sujetaba como podía al resto de los perros, que con tanto jaleo estaban alborotados y nerviosos. Uno de los niños que jugaba al fútbol se acercó a la chica rubia y le entregó su móvil, dado que en su disparatada carrera había salido despedido y fue a parar cerca de donde se encontraba la pelota de fútbol.—¡Graciela, boluda! ¡Contestá! ¿Pasá algo? – podía oírse en el móvil.
Sudorosa y casi sin saber a que atender primero, Graciela retornó a pasos ligeros mientras daba explicaciones gesticulando con la mano derecha y señalando la posición del joven de las patillas y la del perro causante de tanto estropicio. Cuando llegó a su altura trataron de darse explicaciones el uno al otro, pero lo más que consiguieron fue que se les pusiese la cara roja, aunque esta circunstancia pasó desapercibida por la excitación del momento, que no se sabía muy bien si era debida al lío de los perros o al nerviosismo interior. No obstante Graciela fue capaz de articular algunas palabras y consiguió decirle al joven que en dos días estaría de nuevo por allí, ya que le tocaba la tarea en días alternos. Éste quedó pensativo, sin saber si le estaba diciendo que quería verlo, o que no se atreviese a volver a coincidir con ella. Recogieron sus pertenencias y cada cual marchó por su camino.
Pasó la semana, se cumplieron los días alternos y aunque el joven de las patillas no faltó ni un solo día a la cita, a veces con perros, a veces sin ellos, Graciela no volvió a aparecer por el parque. Sus temores se hicieron realidad y se quedó sin poder saciar sus ansias de entablar una conversación con ella. Una semana después él había entrado con un grupo de cómicos con los que trabajaba, a visitar el Teatro Colón y ella hacía labores de guía de tan singular escenario. Lucía un traje de chaqueta - de azafata -, con zapatos de tacón, medias de seda y un gracioso tocado adornado con trenzas. Al principio el joven no la reconoció, ni siquiera pareció prestar mucha atención a sus explicaciones, absorto como estaba en la contemplación de aquella enorme sala, con esos espejos que multiplicaban hasta el infinito el número de personas clonadas que podían observarse. Las lámparas, los cuadros, la balaustrada; todo le llamaba la atención como si fuese la primera vez que hubiese estado allí, cuando en realidad ya lo había hecho en otras ocasiones. Graciela se dio cuenta de su presencia y comenzó a mirarlo de soslayo de vez en cuando, procurando fijarse en sus ojos, pero éste – distraído – no era capaz de ver a la misma chica del Parque Las Heras. Tan sólo veía a una joven que daba explicaciones sobre el lugar que estaban visitando, y que decía como un latiguillo lo que se podía o no se podía hacer a lo largo del recorrido. Tuvo que ser otro de los integrantes del grupo quien le dijera:
—Che, boludo ¿de qué conocés a la mina?
—¿Qué mina? ¿De qué hablás?
—Vamos Leo, si no te quitá la vista de encima. Si vos no le prestás atención decidlo, ¡eh!, que yo estoy libre.
.../...Continúa en La conversación(2)
martes, 12 de febrero de 2013
Por el Cáucaso
330 ¿Cómo van esos carnavales, Gon?, casi no duermo, pero me estoy empapando, supongo que esto no quitará…¡eeehh!, ni lo menciones, Alba, me gusta la fiesta pero no dejo de dar el callo: ayer mismo le entregué al jefe la última entrega del encarguito de las plazuelas, ¡vale, vale!, ¿qué me dices de la foto 72?, la Antonio Porpetta , esa misma, me ha parecido una sorpresa, dado de quien viene, porque la de José Valle entra más dentro de la normalidad, ya lo creo, Alba, viene de la otra casa, hay una línea de continuidad y es más lógico, lo mismo te digo de la irrupción de Nelly, en fin… cosas propias de la actividad que nos da vida, ¡jolines, qué parrafada!, es que hoy estoy inspirado, Alba, dormido pero inspirado, así qué ¿qué más quieres saber?, pues ya puestos, háblame de María, de Vero, de Trini, de Fernando, ¡Fernando!, ¿no me digas que no sabes que ha estado por aquí Fernando?, no me había dado cuenta, ¡ves!, ya no pareces tan despierto, ¡qué dices!, anda, déjate de tonterías y vamos con algo más serio ¿tú como crees que se debe escribir: quillo o quiyo?, lo dices por lo que nos planteaba Nelly ¿no es cierto?, ajá, como ella plantea “quillo” es apócope de chiquillo, pero cuando yo puse en boca del protagonista la palabra “quiyo”, no la estaba escribiendo yo, sino que la estaba diciendo él ¿me entiendes?, creo que si, lo que hace falta es que nuestra amiga también lo haga, es cuestión de hablarlo con ella ¿no?, pues eso, ¿qué tal Tolstoi?, ya me queda poco Alba, después de “La muerte de Ivan Ilych”, este personaje montañés con el que ahora ando enfrascado me está deparando algunas sorpresas, ¿Hadyi Mura?, ese mismo, por cierto, Gon, eso guarda cierta similitud con “La leyenda de la fortaleza de Suram”, ¿y eso qué es?, la película del director Sergei Paradjanov, ¡qué cosas más raras ves, Alba!, pues tiene que ver con Rusia, lo mismo que tu libro, ¡ya, pero Tolstoi!, pero Tolstoi, pero Tolstoi…hay que conocer otros mundos, Gon, no te encierres, ¡de acuerdo!, pero después de los carnavales…¡ja,ja!...¡anda y que te zurzan!
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