martes, 28 de mayo de 2013

Por un instante

345 Trini ¿qué quieres que te diga?, a D. José lo tenemos en capilla, pero nosotros seguimos, no creas, muy bien Alba ¿y qué le decimos a Araminta?, pues nada, que pregunte, que pregunte, que para eso estamos, ¡anda, déjate de historias y cuelga el poema!, a eso voy…






POR UN INSTANTE

Por un instante quisiera
mirarme desde tus ojos,
saber si la distancia que nos separa
está marcada de primaveras, o si
tu mirar tiembla por el color de mi pelo.
Si yo pudiera
haberme parado al nacer
para sentarme en el pupitre
donde dibujabas corazones.
¿Se escuchará allí el canto del gallo?
En el remanso del agua
de la ribera
el pez sabihondo abre su boca
¡si yo pudiera! –repito¬.
Por tu iris veo reflejo azulmarino,
dardos de amor in tempore
que no sé como puedes esquivarlos
¿con el archivador azeta, o
tal vez con el giro modular de tu garganta?
Conquisté
la tierra prometida, en el
pilón de agua bendita,
confundiendo la generación,
pisamos la misma playa
desde naos diferentes
mientras el Sol sigue reflejando igual
la sonrisa sutil de tu cara.

lunes, 20 de mayo de 2013

Alba, Gon ¿son uno o son dos?

344 A ver Gon, ¿cómo nos la maravillaríamos para contarle a Araminta y Amaia quiénes somos tú y yo?, ojú qué difícil me lo pones para ser lunes rociero, Alba, pero algo les tendremos que decir ¿no te parece?, ¡de acuerdo, pero yo hablaré de ti y tú hablarás de mi, así será más facil?, vamos a ello: Alba es la parte formal de esta empresa, amante de la poesía, de la música, del cine, de las tertulias literarias…¡vale, vale, Gon!, que me van a subir los colores, Gon es… Gon es ¿cómo lo diría yo?, más arcaico, menos serio a la hora de sacar adelante su trabajo, aunque al final lo saca ¡no creáis!, es cierto que le gusta más la prosa, pero no se pierde una fiesta por mucha tarea que haya pendiente y que tiene espíritu caprino, ¡qué dices, Alba!, ¡que te gusta el monte, leche!, ¡déjame seguir!: a Gon y a mi nos contrataron al mismo tiempo para sacar adelante este proyecto llamado “Arruillo”, como bien sabéis, y al frente del cual está D. José, que por cierto anda pasándolo mal, pero bueno eso es otra cosa, a lo que iba, a Gon le gusta poco alternar, siempre me deja a mí el encargo de darle la bienvenida a la gente que se deja caer por aquí y tengo que estar yo…¡Eeeehh, para el carro, Albita!, tú hablas de mí y yo hablo de ti ¿recuerdas?, tienes razón, perdona, eso Alba, déjame decir que tú, bien sea por tu forma de ser, por tu cara bonita, o por lo que sea, siempre estás más cerca del jefe que yo, sabes de sus males, de su familia, de sus intenciones de meterse en tales y cuales aventuras profesionales, su brazo derecho, vamos, ¿y qué?, ¿no eres acaso tú su brazo izquierdo?, en eso tienes razón Alba, las cosas como son, a mí se me acaba el repertorio, ya no se que más decir de ti, pues no digas nada más, Gon, yo creo que Amaia y Araminta estarán más al día, o más liadas, Alba, no creas, lo nuestro no es fácil, terminemos Gon, déjame decir que la foto a la que alude Amaia es de Chefchauen en Marruecos y que agradezco a Trini su opinión sobre “El destierro”, ahí lo dejamos, Gon.

lunes, 13 de mayo de 2013

El destierro (y 3)

343 Acabó la feria del libro, Gon, ha estado bien ¡eh!, ¡y qué bien se expresa Caballero Bonald!, ya lo creo, Alba, por cierto a Araminta le debemos dar alguna pistilla sobre nosotros ¿no te parece?, otro día Gon, hoy no tenemos tiempo, hola José Valle, hola María, hola Trini, hasta luego Gon…

EL DESTIERRO ( y 3)

En el descampado todo seguía igual:


—¡Pedro pon ésta que ya casi me sé de memoria esa mierda! –le gritaba Serrano a Pedro.

—¡Joé que vasca! Os cansáis enseguida. ¡A que vamos a fundirle los plomos al tocata! – respondía Pedro.

—¡Tocata!.. ¿Mi equipo un tocata?..Tú no sabes lo que dices, chaval. ¿Tú sabes lo que me ha costado a mí esa radio? ¿Eh, lo sabes?

—Ni lo sé, ni me interesa mamón; anda dame el cedé y dèjate de rollo.

—¡Serrano, Pedro! –dijo alguien aproximándose a los dos colegas-. Al bizco le han mandado un mensaje que dice que hay movida.

—¿Movida? –repitió Serrano- ¿Otra vez los picolos?

—Pues no lo sé, pero me parece que no, que es la gente.

—¿Qué gente? ¡Aclárate cojones!

—Pues gente que viene para acá.

—¿A la fiesta? Pues deja que vengan, a lo mejor traen más costo.

—Creo que no es eso -intervino otro.

—Entonces ¿qué es? –preguntó Pedro saliendo del coche.

—Pronto lo vamos a saber porque están saliendo de la calleja– dijo otra.

—¡Yo me las piro! –dijo una joven cogiendo su abrigo y saliendo por patas.

—A mí esconderme por ahí, que como venga mi padre me cruza la cara de un guantazo – exclamó otra.

—¡Que pasa coño! ¿A qué tenéis miedo? ¿Estamos haciendo algo malo? –gritaba Serrano.

En un momento el grupo que encabezaba Juan Carrasco se encontraba delante de otro grupo de jóvenes envalentonados por el intrépido Serrano:

—¿Qué pasa Carrasco, que os trae por aquí? –dijo fríamente Serrano.

—De sobra lo sabes, Serrano –contestó Carrasco.

—Pues no lo sé y estos –volviendo la cara– creo que tampoco.

—¿Os apetece un trago?

—¡Déjate de coñas! ¿Hasta cuando vamos a tener que soportar esto?

—¿Esto?

—¡Serrano no me provoques, que no son horas! –dijo enfurecido Carrasco.

—¡¡Que corten la monserga ya!! –gritó uno de los recién llegados.

—¡Que se vayan! –dijeron otros.

—¡Que nos dejen descansar! –dijeron algunos.

—¡Fuera de aquí, coño! –levantó los puños un atrevido.

Carrasco giró el cuello y bajó un tanto el tono del griterío.

—Ya veo las intenciones –dijo muy tranquilo Serrano.

—¡Tenemos derecho a divertirnos! -gritó uno de los jóvenes.

—¡¡Y a escuchar música!! –gritaron otros.

—¡Estamos fuera del pueblo! –continuó alguno más.

Por el bando contrario se enfurecieron los ánimos y el griterío superó a los decibelios musicales. Algunos coches apagaron sus luces y en otros cesó el traqueteo altisonante. Tan sólo permanecía a todo volumen y color el vehículo de Serrano.

—El alcalde nos ha prometido un sitio, pero no acaba de darnos nada –dijo altanero Serrano.

—Y por eso jodéis a todo el mundo, en lugar de esperar –le contestó Carrasco.

—No tenemos otra alternativa.

De entre los jóvenes apareció Pedro

—¿Qué haces tú aquí? –le dijo sorprendido Carrasco.

—Ya lo ves tío. Tratando de pasar un rato agradable.

—Eso ya lo discutiré con tu padre –dijo Carrasco– por ahora procura no meterte en nada.

—Pero es que estoy metido, tío –dijo muy serio Pedro.

—¡¡Carrasco déjate de charla!! Gritaron desde la oscuridad.

—¡¡Iros a dormir!! –gritaron los jóvenes.

—¡Lo que nos vamos a cagar es en tu puta madre, cabrón! –respondió algún adulto.

—¡Eso no me lo dices en la cara! –se envalentonó un joven dando un paso al frente.

Un objeto contundente voló de un bando a otro dándole en la cabeza a uno de los jóvenes.

—¡Serrano corta ya que vienen con ganas de bronca! –gritó uno.

Carrasco y Serrano se volvieron de espaldas para tratar de calmar los ánimos, pero antes de que pudiesen impedirlo, unos y otros se habían ensalzado en una lucha tremenda donde empezó a surgir todo tipo de violencia.

—¡¡Quietos!!¡¡Quietos coño!! –se desgañitaba Carrasco.

Éste recibió el tremendo impacto de una botella entre el hombro y una oreja, que enseguida se le puso ardiendo como un clavo. Las patadas, los golpes, los palos se hicieron protagonistas. Algunos rodaron por el suelo ensalzados en guantazos, en cuestión de minutos lo que era un campo de feria se convirtió en un campo de batalla, donde nadie miraba por nadie y cada cual procuraba hacer el mayor daño posible.

—¡¡Quietos!!¡¡Serrano, diles que paren!! – gritaba como podía Carrasco.

La música del coche de Serrano fue cortada de raíz por un palo que alguien metió por la ventanilla e impactó de plano contra la radio. En medio de la oscuridad el griterío era enorme. La mayoría de las jóvenes optaron por la vía de urgencia, y como buenamente pudieron corrieron hasta las paredes próximas de las casas, para irse alejando cuanto más mejor de aquel lugar de trifulca. Nadie cesaba en su empeño de superar por la fuerza al contrario, hasta que la sirena del patrullero de la Guardia Civil se fue abriendo paso en la oscuridad de la noche. Su inmediata presencia hizo que muchos optasen por la desbandada, corriendo sin saber muy bien hacia donde...

—¡Carrasco, Carrasco! –gritaba alguien.

—¡Ven enseguida que a tu sobrino le pasa algo! –decía otro.

—Está chorreando sangre –dijo un joven.

—¡Vamos a llevarlo al patrullero! –gritó otro.

—¡Vamos rápido! –dijo Carrasco.

En un abrir y cerrar de ojos el cuerpo de Pedro fue depositado en el asiento de atrás del patrullero, que a toda marcha corría hacia el ambulatorio. Su tío estaba junto a él.

—¡Date prisa Gutierrez! –le decía Juan Carrasco al cabo de la Guardia Civil que conducía el vehículo.

—Hago lo que puedo, pero este cacharro no da más de sí. ¿Cómo está?

—Ni me lo preguntes. Tú pisa a fondo.

—¡Joder macho!-¿Pero que ha pasado ahí? –preguntaba el cabo.

—Ahora no es el momento Gutiérrez. Vamos a tratar de salvarle el pellejo a esta criatura, que luego habrá tiempo de hablar. ¡Acelera!

—¡Ya voy, ya voy coño!-Pero que esto...

—¡Ya lo sé, no da más! ¿Habéis pedido una ambulancia?

—Está en camino.

—¿Y porqué no le salimos al encuentro?

—¿Qué te crees que estoy haciendo?

—¡Joder que sangría! ¿Pero que le han hecho a este muchacho? –se lamentaba Carrasco.

—Ahí está la ambulancia –dijo el cabo.

Ambos vehículos pararon en mitad de la carretera, y entre unos y otros trasladaron a Pedro a la camilla y de ahí al interior de la ambulancia; se iniciaron las maniobras de cambio de sentido y la parpadeante sirena del vehículo sanitario emprendió una rápida aceleración hasta perderse en el horizonte.



lunes, 6 de mayo de 2013

Miles de noches

342 Le veo mala cara al jefe, Gon, será el tiempo, no sé, no sé, en fin, a lo que vamos: ¿te has dado cuenta del movimiento de personal de los últimos días?, claro que me he dado cuenta, Alba ¿qué te crees?, mira: Fernando Pozo, Soc Ness y mosan92 se han dignado dejarnos una foto, que ya es algo, viéndolo así, ya lo creo, ¿tú no viste a José Valle?, no tuve ese placer, pero me han dicho que es muy buena gente, no lo dudes, Gon, es un tipo genial, ¿oye Alba, cómo te va la Feria del Libro?, ahí ando, ¿eso qué quiere decir?, quiere decir, querido compañero que he asistido a tres actos y esto no ha hecho más que empezar, ¿viste a Onofre?, pues mira sé que ayer estuvo firmando, pero ayer no tenía el cuerpo para mucho, espero verlo hoy, yo tengo ya un ejemplar firmado de su poemario, eso que te encuentras, ¿y las lecturas cómo las llevas, Alba?, he terminado “Las mil y una noche” y “El libro del Tao”, ahora entiendo lo de la relajación, yo no tuve tanta suerte, ¿y eso por qué?, a mí me tocó lidiar con “Manhattan transfer” y creo que se me ha atragantado, ¿crees?, si porque aún no lo he digerido, ¡la madre…!, no cambiarás nunca, a que me chivo al jefe… ¿no me has dicho que no anda bien?, bueno, bueno, pero el trabajo, es el trabajo, ¡ya!, ¿y la Tertulia?, ¡ojú Alba!, eso si que se me atragantó de verdad, o sea que nadie pudo con “Magma”, al menos dio mucho que hablar, quedó claro que hay gente que se come demasiado el coco a la hora de transmitir pensamientos, yo creo que no se trata de una novela, a mí tampoco me lo parece, Alba, pero ¡claro!, la gente se pone a buscar y rebuscar, da la sensación de que ya está todo dicho, ¿entonces qué hacemos tú y yo aquí, Gon?, eso digo yo, pues ¡hala!, ¡vámonos!

martes, 30 de abril de 2013

El destierro (2)

341 ¡Hombre, Gon!, por fin nos traes otro tramo de tu relato, ¿tanta expectación hay?, bueno, eso es otra cosa, pero tú por lo menos cumples con tu cometido, lo demás…
EL DESTIERRO (2)
.../... Viene de El destierro (1)
Se cogieron del brazo, sin soltar la copa con la otra mano, y se fueron hasta las inmediaciones de otra reunión donde se debatía acaloradamente sobre la conveniencia o no de las palabras del Rey, en medio de una tormenta musical.

—Y a mí que más me da lo que diga ese lelo. ¿Por eso no se van a ganar mi confianza? – decía uno.

—De lelo nada, ahí lo tienes, ¡con dos cojones! Para que luego digan que no trabaja

–contesta otro.

—Y es que además se levantó y se fue –decía un tercero.

—¡Eeeeehhh! ¿Qué pasa aquí? –intervino Serrano-. Con la Monarquía hemos topado. ¿Cómo andáis de wiski, que se nos ha acabado?

—Mira ahí en esa bolsa, puede que quede algo –le indicaron.

Sin soltar a Pedro del brazo, se agachó, palpó por entre el tropel de bolsas, hasta que sus dedos tropezaron con una figura que le era familiar.

—¡Ya la tenemos Pedro! Ahora solo falta que tenga algo. Vamos allí a la luz que no veo un pijo.

—“Y si no tiene a otro puesto” -le canturreaba Pedro.

En la casa de Carrasco había luces encendidas y caras desencajadas.

—Lo malo no es la lata que nos están dando –decía el hombre- sino que además están haciendo que nuestros hijos se quieran unir a esa pandilla de degenerados.

—¿Quién te ha dicho eso? –preguntaba la mujer.

—Quien me lo va a decir, Pepa. Ellos desde luego que no, pero se les nota, les atrae ese forma de divertirse, piensan que cuando tengan la edad suficiente van a estar ahí por derecho propio, como si no hubiera otras cosas en que entretenerse.

—Creo que exageras.

—Mira Pepa, en este pueblo ya hay mucha gente que está harta de esa gentuza y de la lata que están dando, así que el otro día en la Peña quedamos para apoyarnos para buscarle una salida a este asunto. Ya estamos hasta el gorro de las blandenguerías del alcalde y la ineficacia de la Guardia Civil, así que se va a acabar eso de cambiarse de un sitio a otro, para que sigan jodiendo a todo el mundo.

—Son jóvenes, de alguna forma...

—Nosotros también lo fuimos, pero sólo armábamos ruido en ocasiones que todo el mundo lo hacía: la feria, la romería, la nochebuena y para usted de contar. Pero esto es insoportable. Es que no hay un fin de semana que no tengamos ese jolgorio dando por culo.

—¿Y que pensáis hacer?

—Hablar con ellos.

—¿Cuándo?

Carrasco se quedó mirando a su mujer sin decir nada y pudo observar como se deslizaban dos lágrimas por su mejilla.

—Pepa, no podemos consentir que nuestros hijos pasen a formar parte de esa cultura. Si no hacemos nada, si no reaccionamos , el que los jóvenes se diviertan de esa forma, pasará a ser algo tan natural que no dormir el viernes y el sábado quedará tan asumido como el cambio de hora.

—¡Que exagerado!

Serrano y Pedro continuaban pasando por cada grupito de jóvenes como si fuesen portavoces de la buena nueva, y en cada lugar conseguían algo que meterse en el cuerpo.

—¿Que tu potro qué? ¿He oído bien o estoy ya medio borracho? –decía Serrano.

—Que mi potro vale diez veces más que el caballo de éste –respondía uno.

—¡Ja, ja, ja, ja! –se carcajeaba Serrano.

—Ríe, ríe, pero tú sabes que tengo razón. En la próxima exhibición te lo demostraré.

—Tu dirás lo que quieras chaval –intervino Pedro-, pero creo que no has visto bien como se mueve ese caballo.

—Me juego mi equipo de música a que no le gana ni una ronda –decía Serrano.

—Serrano, coño, después de la que tienes aquí liada con esa discoteca móvil, ahora te lo vas a jugar con un tema que no tienes ni pajolera idea –intervino otro de los presentes.

—No tengo idea, pero si tengo buena vista y yo he visto al caballo y he visto al potro ¿eh? No te creas que ando tan despistado. Además, a vosotros que más os da si me la juego o no, acaso es vuestro el equipo ¿eh?

—¡No, no! Tú allá con tus historias, además éste aún no ha dicho si le interesa o no.

—Pues no me interesa –intervino el dueño del potro– porque ¿qué querías que pusiese yo a cambio, el potro?

—¿El potro? –respondía Serrano- ¡Yo no he dicho nada, eh!

—No has dicho nada, pero se te leen las ideas, espabilao.

—Bueno, dejemos las cosas como están –cortó Pedro- ¿porqué no cambiamos de tema? ¿Quién se ha traído algo potente para escuchar?

—¿Para escuchar? –inquirió uno con sorna.

—Si para escuchar. Dejaros de cachondeo que no pienso tomar nada, que mañana tengo que madrugar –respondía Pedro.

—Querrás decir que tendrás que tomar algo para poder madrugar –se le ocurrió a otro.

—¡Ja, ja, ja, ja! irrumpieron todos a coro.

Carrasco desde el salón de su casa realizó un par de llamadas telefónicas y se metió en el cuarto de baño para terminar de arreglarse.

—Juan ¿Estás seguro de lo que estás haciendo? –le decía Pepa.

—Que si mujer. Tú metete en la cama y procura dormir. No te preocupes que esto es sólo cuestión de un momento, que ya verás como lo arreglamos –contestaba Carrasco.

—Nada de violencia, Juan, eso no conduce a ningún lado, por favor piensa en tus hijos.

—¡Que no te preocupes, coño! Que ya somos mayorcitos y sabemos lo que nos traemos entre manos.

Carrasco abrazó a su mujer dándole un beso en la frente, y salió por la puerta de la calle. La noche presentaba un aspecto algo sombrío, apenas se veían las estrellas, no se movía un alma, pero eso sí la música machacona llegaba sin remisión a cada uno de los portales, como si se tratase de un pobre vagabundo que buscase refugio. En la plaza, junto a la cabina de teléfono, esperaban ya un grupo de personas:

—¡Hola! ¿Estamos todos o falta alguien?-preguntó Carrasco al llegar.

—¡Hola! –respondieron algunos-.Faltan unos cuantos, pero nos han dicho que se unen a nosotros en el callejón de arriba.

—Pues vamos allá –respondió Carrasco.

—¡Vamos! –dijeron otros.

—Recordad lo que dijimos: vamos de buenas manera, pero si hace falta pegarle dos hostias a un mocoso de esos, que nadie se eche atrás, ¡de acuerdo!

—¡De acuerdo! –se oyeron voces.

Los hombres caminaban en silencio, frotándose las manos por el relente. A su paso por algunas casas se encendían luces, aunque nadie se asomaba ni a la puerta ni a las ventanas. Algunos se unían al paso de la comitiva, sin decir nada.

—¡Sin miedo Carrasco, con dos cojones! –decía uno.

—Eso, que aquí estamos nosotros –decía otro.

—“Guardad la fuerza –murmuraba Carrasco– cuando estemos allí ya veremos quien le echa lo que hay que echarle”.

—Compadre, yo no me muevo de tu lado, eh, cuenta conmigo –le decía su compadre casi hombro con hombro.

Carrasco lo miró y a pesar de la poca luz le vio un brillo en los ojos que le imprimieron confianza.

.../... Continúa en El destierro (y 3)

lunes, 22 de abril de 2013

Después de la Feria

340 Se acabó la Feria, Gon, no me hables Alba, que tengo la cabeza como un bombo, ¿el rebujito?, la bulla, Alba, la bulla que es tremenda, ¿por qué habrán quitado el lunes de resaca?, ¿qué quieres?, es que como la señora Merkel es tan sosa, ¿también está ella sobre esto?, pues claro, Gon, que parece que no estás en el mundo, ¡mi madre!, María se ha quedado enganchada de “El destierro”, ¿es que la has visto?, claro, Gon, mientras que tú te bailabas unas cuantas sevillanas, ¿qué quieres?, la vida hay que disfrutarla, que luego llegan los achaques y… y Trini también me dejó un mensajito para ti, ¿ah, si? ¿en qué sentido?, en el sentido de que se está oliendo la tostá, que no se preocupe Trini, que de momento no sé por dónde continuará el asunto, ¡si, claro!, no es hoy el mejor día para saberlo, además no se te ocurra tocar la historia, más vale que lo dejes para mañana, muchas gracias, Alba, pero eso lo tendré que decidir yo ¿no?, yo te lo digo… ¡tú me lo dices, tú me lo dices!, deja el relato en su sitio y cuéntame algo sobre Becquer, que es tu terreno, ¡ah, ya sé!, quieres que te diga como fue esa ruta que hicimos no hace mucho por las calles de Sevilla, eso, ¿pues sabes que fue lo que más me impresionó?, tú dirás, la increíble respuesta de la gente: ¿cómo es posible que en los tiempos que corren se consiga cortar una calle al tráfico mientras se lee un poema ante una placa alusiva al poeta?, pero estaría allí la policía, ¡que no, que no, Gon!, ni policía ni nada, fue algo espontáneo, marchábamos como si se tratase de un procesión, causando el asombro de propios y extraños, yo me alegro, Alba, por cierto tu “Congreso de altura” está teniendo una buena acogida en PsP, eso dicen, ¡pero cómo que eso dicen!, ¿es que no repasas ni tus propios escritos?, ¡¡Chisss!!, calla que se va a enterar el jefe, ¡dios, como eres!..

lunes, 15 de abril de 2013

El destierro (1)

339 Vaya la que me ha formado el jefe, Gon, ¿con qué?, con el lío que le armamos a Trini a cuenta de la foto y esas cosas, que dice que no sabemos estar donde hay que estar, ¿qué quiere?, son días de Feria?, menos mal que siempre nos quedará Araminta para consolarnos, eso, menos mal…


EL DESTIERRO (1)

Sábado once de la noche:

Mientras Pedro se debatía en un quirófano entre la vida y la muerte…

—¿Y ahora qué Juan? ¿Cómo vuelvo al pueblo? –se lamentaba sollozando el padre de Pedro.

—Como puede volver un padre responsable –le respondía Carrasco.

—Si mi hijo se muere esto no puede quedar así.

—Claro que no, pero aún está vivo; eso es lo importante.

—Aún así Juan, aún así.

—No estás solo, tienes una familia.

—Tú sabes que yo no podré vivir al lado de quienes se han querido llevar por delante a mi hijo.

—¡Ha sido un accidente, hermano!

—¡Ha sido un crimen!

—Pedro todavía está vivo. No saques las cosas de su sitio; respétalo. No sabemos nada, ni siquiera que pasó. Llevamos aquí metidos un día entero y por ahora lo único que nos debe preocupar es que tu hijo, ¿oyes? ¡tu hijo!, siga estando presente entre nosotros, así que deja de hacer cábalas y cálmate de una vez.

—Muy buenas palabras hermano, pero a mí no me valen. Yo no puedo volver a mi pueblo y sentirme observado por todo el mundo, mientras el culpable de esto anda por ahí suelto.

—Muy bien, si quieres cogemos la escopeta y nos vamos de casa en casa...

—No es eso Juan, tú lo sabes. Yo no voy a matar a nadie, pero tampoco puedo vivir con quien ha intentado quitarle la vida a mi hijo.

—¿Y quien ha sido?

—Por eso Juan, por eso. Porque ni lo sé ni quiero saberlo, prefiero no verle la cara a nadie. Todos nos conocemos y sabemos quienes estaban detrás de esas botellonas y se hacían los gallitos y arrastraban a los jóvenes.

—Sabes demasiado hermano.

—Lo justo como para no poder vivir tranquilo. Con mi hijo o sin él, mi vida ha cambiado y tú lo sabes. Me conoces bien y no ignoras lo que late en mi cabeza. Mejor será que hoy sea la última vez que pise la tierra que me vio nacer.



Un día antes:

En un descampado próximo a las últimas viviendas de la población, acaba de comenzar la fiesta para un grupo de jóvenes que en las sombras de la noche, han formado un círculo con sus vehículos, de tal manera que unos alumbran con sus faros y otros emiten música de discoteca, machacona y a gran volumen. Mientras dos de ellos charlan, se acerca un tercero, que dice:

—Pedro, ven que te voy a enseñar como me ha quedado el maletero del buggy.

—Enseguida estoy contigo Serrano, espera que le explique a éste como bajarse la peli.

—Bueno, venid los dos, tampoco es que quiera ocultar nada.

—¡Que ya voy mamón! Que eres más pesado... –dijo Pedro.

A cien metros de ese lugar, las paredes de los corrales colindantes eran mudos testigos de aquella concentración festiva. A pesar del grosor de sus tapias y del cierre de sus ventanas era inevitable que el tremendo golpeteo de aquellas notas, que emitían los altavoces de los vehículos, llegase hasta los oídos de todos los vecinos cuyas casas limitaban con esa zona. Los más afortunados –los mayores- debido a sus carencias auditivas, estaban en sus habitaciones durmiendo, o al menos intentándolo, pero para el resto aquello era un suplicio difícil de soportar.

— ¡Y esto! Todos los fines de semana la misma historia – se lamentaba Carrasco dando vueltas por la cocina de su casa.

— ¿No se había ido ya a hablar con el alcalde? –le decía su mujer.

— ¿El alcalde? Ni la madre que lo parió, ni toda su puta casta son capaces de hacer nada. Yo no sé porque lo votamos –decía Carrasco tomándose un infusión de melisa.

—Pues tu cuñado me dijo que había estado en el Ayuntamiento –insistía la mujer.

—¡Que no coño! ¡Que no! Ese imbecil se cree que nos va a contentar con esas ideas, que no sé de donde se las habrá sacado de entretener a los golfos esos, que les tenía yo todo el día estrujando terrones, verás tú como se les quitaba las ganas de joder a los demás.

En el descampado...

—A ver que mosca te ha picado ¿Qué quieres enseñarme? Alguna gilipollez de las tuyas, seguro. –decía Pedro con una vaso de cubata en la mano.

—Vas a flipar, mamón –le contestaba Serrano-. ¿Qué te parece este par de bafles que he instalado en el maletero?

—¡La hostia tú! ¿De donde lo has sacado?

—Me los he currado, mamón. ¿qué te crees que los he chorlado?

—¡Yo que sé! De ti puede uno esperar cualquier cosa.

—Cuidado que eres mamón. ¿Te gustan o no? ¿Quieres escucharlo?

—¡Pues claro tío! Dale caña que vamos a dejar mudos aquí a la peña.

Serrano se subió en su coche e hizo funcionar el aparato de música. La carrocería del vehículo vibraba de tal manera, que parecía que iba a saltar en mil pedazos de un momento a otro. Los dos mil cuatrocientos watios de sonido coparon la atención del resto de los jóvenes que poco a poco se fueron acercando hasta el coche de Serrano, que para darle más realce a su obra de ingeniería, puso en marcha un sistema de luces de colores intermitentes, que evolucionaban al compás de la música.

—¡Cómo te lo montas, cabrón! –decía uno.

—¡Serrano, a ver cuando me llevas a dar una vuelta en tu buggy, pendejo!-decía otra.

—Cuando tu quieras pipita –respondía engreído Serrano.

Pedro mientras tanto repartía wiski, coca cola e hielo a todo el que podía hasta que la nevera portátil de Serrano se quedaba vacía.

Carrasco por su parte daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

—¡Chiquillo!. Estate tranquilo ya y trata de dormir –le decía su mujer.

—Eso quisiera yo, Pepa, pero no puedo. Me voy al salón a ver la tele.

—¿Al salón? ¡Tómate!..

—¡Que me voy a tomar! Llevo ya dos infusiones y una pastilla para dormir, pero tengo metido ese chum-chum, aquí en las sienes.

—¡Ponte tapones!

—¿Tapones? Lo que voy es a coger la escopeta y liarme a perdigonazos, verás tú como se arregla esto.

—No seas burro. ¡Anda ven aquí, que se van a desvelar los niños!

No era la primera noche, aquella situación se venía repitiendo todos los fines de semana y parecía que se multiplicaban los coches y los jóvenes con cada uno de los desplazamientos a los que se veían obligados por denuncias de los vecinos.

—¿Pedro tienes un pito? Que me he quedado colgao –decía Serrano.

—Colgao estás tú siempre. No tienes jeta. A ver cuando te gastas algo en tabaco, macho.

—No me hagas hablar que quien te da siempre el mejor costo, soy yo.

.../...Continúa en El destierro(2)