viernes, 4 de diciembre de 2020

Hay un acequia

 


 

Hay una acequia que inunda

el verde aroma de la tarde,

unas manos que labran

el surco que se refleja,

un perro lana de armiño,

un  nogal —melena al aire—,

                                          y la piedra.

Piedra sobre piedra que

ha visto desfilar recias legiones,

manchar su cara de sangre,

absorber la negra pólvora,

ocultarse sin decoro

durante los meses invernales.

La tierra se abre

                         y ofrece

sus dones cada estación,

en los estantes del súper

alguien se aferra

en reponer

kilómetros de patatas

                                  y las campanas

resuenan junto a la piedra;

sólo una pareja cruza

bajo el dintel de azucena

con su cámara en el pecho

—mapa abierto entre las  manos—.

Las calabazas extienden

tentáculos verde esperanza,

los obreros arañan raudos

un centímetro, otro.

Tienen los cascos puestos,                                                 

 será cruenta la batalla.

¿Cuántos niños quedarán

sin manchar de barro

sus labios?

Por fortuna queda el río

que sin que nadie lo sepa

                                        nos trae

desde la alta montaña

ilusionantes alforjas

a lomos de blanca

espuma.

J. R. Infante

 

 

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