El novelista necesita conocer la vida para poder inventar algo sobre la realidad
José María Vaz de Soto
Sábado
Fue el ulular de la
tórtola turca la que me devolvió al mundo de los vivos, mucho antes de que
tomase conciencia de la hora que era. Adormilado aún, permanecí bajo la sábana
con la esperanza de que mi compañero hubiese abandonado ya la habitación. Lo
cierto es que le había sentido levantarse, trastear en el cuarto de baño y
rebuscar en su maleta, pero vino a verme Morfeo y para colmo de mi felicidad
consiguió acunarme en sus brazos. Así que tras unos minutos de espera y una
mirada furtiva a su cama, pude comprobar que, en efecto, estaba solo. Temeroso
miré el reloj, no fuera a ser que mi estado de bienestar se derrumbase por
impertinencias horarias. Ocho y media de la mañana. Hora perfecta. Tenía tiempo
de levantarme, ducharme, acicalarme y bajar a desayunar. El día no podía
comenzar con mejores augurios. Hasta me animé a canturrear algunos de los
fandangos que escuchamos la noche pasada…
Y un pajarillo me oyó,
salí al campo, di un suspiro,
y un pajarillo me oyó.
Que tal suspiro daría…
Ahí me quedé atrancado, me faltaban un par de estrofas, pero no encontraba cuales eran. Lo cierto es que oímos tantos y tan bien interpretados que los tenía todos mezclados. Oí jaleo en el pasillo, así que me apresuré y dejé para otro momento las conclusiones del fandango. Ya me acordaría. Pero cómo la mente no para, de lo que me acordé fue de conectar la radio para ver que había trascendido de la rueda de prensa.
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