Camino sin saber por donde, porque en cada paso que doy, va impresa la huella de lo desconocido, el afán por descubrir ese instante irrepetible, que me pueda reportar las ganas de seguir viviendo. Sé que ahí fuera está un mundo lleno de palpitaciones, que demanda mi presencia, que me llama sin cesar para que calme mis ansias de conocimiento. Siempre tuve unos pies ligeros y tan poca chicha, que tenía que hacerle agujeros adicionales a todos los cinturones que me compraba; en alguna ocasión me han apretado los pantalones, y costaba trabajo abrochar el botón de la cintura, pero ello era debido a que la talla no era la adecuada a tan difícil compostura corporal. Por eso, en más de una ocasión, cogía un trozo de cuerda de cáñamo y con dos buenos nudos, asunto solucionado. Mi corazón ha latido siempre por debajo de las pulsaciones propias de la gente de mi edad, por lo que ir el primero, a la hora de caminar, nunca ha supuesto ningún desgaste físico adicional. Me gusta la compañía y sin llegar a ser un gran hablador, nunca me faltaron temas con los que llevar una conversación entretenida.
Así que con todos estos condimentos, que haya decidido coger el petate y lanzarme a la aventura de conocer el mundo, tampoco es como para asustar a nadie. Ya sabía yo antes de salir, que el mundo está tan descubierto, que en su día tuvieron que ponerse de acuerdo los americanos y los rusos para salir al exterior a ver que había por otra parte, pero a mí siempre me ha llamado la atención aquello de las carabelas y los expedicionarios por el continente africano y lo del yeti y esa gente que se mete a darle la vuelta al mundo ( de aquí en adelante m.) de la forma más insospechada: en barco y en solitario, en bicicleta, andando, en globo, en ultraligero y que sé yo de cuantas otras maneras de las que no tengo noticias. Porque eso sí, el planteamiento que yo me hice es que tenía que ser de la manera más ecológica y económica posible: coger una aeronave y darse una vuelta por el espacio no tiene mérito ninguno, y la única emoción posible del evento, es ver el tembleque que experimenta tu cuenta corriente, y por otra parte cualquier artilugio que necesita gasolina tampoco me atrae en absoluto, bastante contaminado tenemos el Planeta como para aumentar aún más su agonía por mi culpa. Como mucho y porque ya tengo cierta edad, el tren o el autobús en situaciones desesperadas son los únicos medios para alguna jornada que lo necesite, el resto a patitas que así es como se ha desplazado siempre el hombre.
— ¡Un momento Julián! – dijo Ernesto -. Ibas de maravilla, pero en cuanto me he descuidado has dado un giro al asunto que no tiene nada que ver lo que estás diciendo ahora, con las primeras líneas que has escrito.
— ¡Ah no! – Se sorprendió Ernesto-. ¿Desde donde crees tú que he cogido otra onda?
—Desde que nombras por primera vez al mundo. Hasta ese momento puede uno imaginarse que estás hablando de tu mundo interior y que lo que necesitas es salir de ti mismo para ver que pasa más allá de tus narices, pero luego das un giro sorprendente y se te ve el plumero de conquistador de ínsulas desconocidas.
— ¡Está bien! Trataré de corregirme.








