sábado, 4 de julio de 2026

Maniquí en blanco y negro (1)

 


El hombre cubría de negro su estilizada figura realzando más si cabe su fina piel nórdica. Merodeaba por los estantes de la sección de papelería de los grandes almacenes, cuando le llamó la atención una agenda de piel de pequeño tamaño. La palpó con delicadeza, la abrió, la cerró y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Con parsimonia continuó su recorrido por otros departamentos de la planta baja, hasta que en un descuido se introdujo en la zona de perfumería. Al pasar a otra calle atravesó un arco de seguridad y de inmediato su pierna derecha comenzó a emitir sonoros pitidos. Se volvió, trató de disimular, pero la empleada se dio cuenta de la maniobra y enseguida puso en alerta al servicio de seguridad de la planta.

El hombre parecía no escuchar las llamadas de atención de unos y otros, aceleró elpaso y buscó una puerta de salida al exterior. Su blanquecino rostro se había vuelto tornasolado. Al darse cuenta que una figura de chaqueta roja lo miraba con insistencia y parecía bloquearle la salida, intentó girar hacia su izquierda, por las escaleras mecánicas, pero al final de la misma divisó a un muchacho fornido, vestido de uniforme. Dio media vuelta, inició un trote mulero y se introdujo en una parte menos visible debido a que una multitud de personas rebuscaban objetos puestos en oferta. Mirase por donde mirase sabía que iban a por él. Se agachó como para atarse el cordón de un zapato y se dio cuenta de una pequeña abertura que daba acceso al escaparate exterior: su objetivo.

Ágil como una ardilla dio pie a que cuando sus perseguidores hubieron llegado al lugar donde lo vieron por última vez, no supiesen por dónde había podido escapar. Se agacharon, miraron por debajo de los estantes llenos de ofertas y tan sólo pudieron ver un sin fin de piernas masculinas y femeninas que se movían de un lado para otro. Registraron las puertas circundantes, los cajones, las estanterías, el escaparate y hasta escudriñaron el rostro de los clientes por si alguno guardaba relación con la cara que se les había grabado desde el momento que les dieron la voz de alarma. Nada. Desistieron en su intento e informaron a la central para que rebobinase la grabación de las cámaras de seguridad e informarse de las pautas a seguir.

Mientras tanto el hombre ocupaba un lugar en el escaparate a la vista de todos los viandantes, pero sin que nadie encontrase ninguna anomalía. Su figura encajaba a la perfección en medio de aquellos trabajadores a jornada continua que se pasaban allí veinticuatro horas seguidas sin necesidad de ir al servicio. En un momento de pausa visual, le arrebató el sombrero a uno de sus compañeros y se lo caló para adoptar una posición de inmovilidad que ya quisieran para sí muchos de los más antiguos en la plantilla. El olor a piel le llegaba desde el fondo de su bolsillo, era una atracción reconfortante ante el gran reto que se había marcado.

Tenía ante su vista un buen elenco de carromatos que ofrecían toda clase de baratijas, nada que ver con lo que ofertaban sus compañeros, cubiertos de finas ropas de cara al verano que se aproximaba. La gente daba vueltas alrededor de aquellas tiendas ambulantes  y a modo de escapistas entraban y salían por uno y otro espacio sin abrir puertas ni ventanas. Tocaban las telas, preguntaban por un sombrero, se probaban una pulsera, se miraban en un espejo flotante y desaparecían. Los magnolios desplegaban sus blancas ofrendas y las palmeras parecían crecer cada segundo que se dejaban de mirar. Comenzaba a notar un poco de calor, a pesar de su posición algo distante del foco lumínico. Nadie se quejaba. Dos señoras se pararon frente a él charlando de sus cosas. Es un momento solemne, no ha de pestañear ni mover un solo músculo, no va a ser menos que esa engreída que tiene a su derecha que no hace más que mirarlo con aires de superioridad, no le quita ojo de encima desde que entró en la pecera sin agua. Viene más gente, de distintas edades, miran, comentan algo y se marchan. Le gustaría leer en los labios, pero tiene dificultad con el idioma: el español nunca se le dio bien, por eso está aquí, en la tierra de Velázquez, porque siempre le gustaron los grandes retos, aunque éste que ahora tiene entre manos no sabe si lo superará.

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