Así comienza este relato que forma parte del libro Bajo la luz de mi plaza /Otoño-Invierno
Rincón se hallaba situado de frente a su público,
manejando con la habilidad que él solo tenía, las tres cartas de la suerte “que
en menos de un minuto le puede alegrar la vida.” ¡Fíjese en la bolita!, ¡la
bolita, la bolita!, apuesten, jueguen y comprobarán como la suerte puede
sonreírles.
Un sencillo taburete recubierto de un paño largo
con una superficie lisa donde las cartas ⸺plegadas por su eje central⸺
permitían el paso de una pequeña bola nacarada que lo mismo se hallaba bajo la
carta central como en cualquiera de las otras dos. Rincón manejaba las manos
mejor que la lengua, con unos dedos tan largos que uno podía cansarse de
mirarlos sin encontrar el fin. La bola corría y se desplazaba como si un imán
la obligase a girar en un sentido u otro. De pronto una prueba, elija usted
amigo, de balde, no le cobro nada, es de balde oiga, y el hombre elije de
manera inequívoca el escondite seguro. Cada vez hay más gente alrededor de
aquella figura humana, alta, desgarbada, puro nervio en el manejo de las cartas
y la palabra, pruebe usted señora, son diez euros, ¡ay qué lástima!, por poco,
señora, otra vez será, ahora usted, caballero.
—¿Se puede subir la apuesta! ⸺dijo uno.
—Claro que si, caballero ¿a cuánto?
—Cincuenta euros a que se dónde queda la bola.
—Me lo pone usted difícil, señor, pero… puedo
intentarlo.
Crece la expectación, se corre la voz de la
cantidad apostada y la gente se achucha acercándose al puesto para ver de cerca
la actuación del mago. Rincón se remanga, aspira una gran bocanada de aire, se
frota las manos y comienza su frenética puesta en escena. Tras varios pases de
bola y cambios con las cartas se detiene. Quedan sobre el tapete las tres cajas
de caudales, de las que solo una es portadora de la llave.
—¿Dónde está la bolita? ⸺pregunta Rincón.
—No he perdido detalle, no puedo fallar… ¡Aquí! ⸺señala
el hombre.
—¿Seguro? ⸺vuelve
a preguntar.
—¡Seguro!
—Muy bien, veamos su suerte.
Rincón levanta la carta y en efecto
bajo su curvada forma aparece la bola objeto del juego. El hombre recibe los
cincuenta euros ganados y un apretón de mano de parte del artista. La gente no
sale de su asombro. Acto seguido da media vuelta y se pierde entre el gentío.
—No pasa nada, señores, sigue el juego ¿quiere
usted probar?, ¿usted señorita?, pruebe usted, señor.
Se miran unos a otros; nadie se
decide, hasta que un valiente da un paso al frente y deposita un billete de
veinte euros.
—¡Ah, pero que pena, señor, ahí no estaba la
bolita!
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