Dedicado a Verónica Calvo
Lechuza Común Tyto alba
La he visto en el patio de mi casa lanzarse en pos de un
ratoncillo que merodeaba en la noche, la he visto alimentar a sus crías que
desde una grieta incrustada en un edificio silbaban reclamando su alimento y la
he visto planear por encima de mi cabeza como la cosa más natural del mundo.
Hay quién de más.
Desde mi dormitorio de un octavo piso, en las noches de
verano cogía el sueño escuchando su pitido como puntual cartero que va
entregando misivas, sin faltar ningún día. Nunca lo ví, salvo en cautividad.
Impresiona la envergadura de sus alas y la capacidad prensil
de sus garras. Me pusieron los dientes largos aquellos legendarios documentales
del inolvidable Rodríguez de la
Fuente y le he seguido la pista en las dehesas de mi tierra a
través de las egragópilas y las marcas de excrementos de las crías.
Qué bien me hacía quedar cuando de noche paseaba con mis
alumnos oyendo los sonidos del campo, a partir de la primavera, y se dejaba oír
emitiendo su caracterísco canto.
El viejo refrán que lo relaciona con el olivo es del todo
cierto, puesto que su traje le hace parecer una parte más de tan milenario
árbol. Me he llegado a tropezar con él a la altura de mis ojos y no se ha
movido. Tal es su seguridad mimética, o tal vez es que reconozca con sus
espabilados ojuelos las intenciones del naturalista.
En las noches de verano es un fiel aliado para combatir los
rigores de las noches sevillanas —si uno es dado a estas escuchas—, puesto que
en las inmediaciones del Parque del Alamillo se le puede oír con su
característico canto reclamando una pareja con la que no sentirse solo. Me lo
he encontrado agazapado en el suelo deslumbrado por los faros del coche, en
medio del campo, y por desgracia también en el arcén de la carretera victima
del progreso.
Para estar más al tanto de la vida de las aves nocturnas, nada mejor que darse una vuelta por esta página, Noctua, de la Sociedad Española de Ornitología. Merece la pena.




















