viernes, 30 de enero de 2009

Cuentas de Navidad (3)


15 Con la alegría en el cuerpo porque por fín he conseguido colocar en la puerta el marcador de visitas, me dispongo a cumplir con la otra parte de mi obligación, cual es lllevar a cabo las ordenes del jefe…

CUENTAS DE NAVIDAD (3)
.../...Viene de Cuentas de Navidad (2)
¡Y un jamón con chorreras! Menuda paciencia le tengo yo que echar a la cosa, horas y horas de un lado para otro propiciando todo tipo de encontronazos, a ver si hay suerte y el numerito recién adquirido no da tiempo de guardarlo y cae al suelo.
Tiene unos ojos que parecen dos lagos con la luna reflejada. ¡Y con que garbo despacha los pimientos! Yo sé que es madre de un niño, porque uno también tiene oídos, pero también sé que anda sin marido, porque uno tiene pesqui, ahora bien, el hermano – el camionero – está cuadrado, así que tengo que andar con más tiento que apañando décimos, pero el dinero puede con todo, y si en lugar de tener yo esta pinta de no haber roto un plato, me engomino el pelo y tiro de las alhajas, la morena me despacha a mi el primero, por mucha cola que haya en la frutería, que uno ya tiene mucho mundo visto y peina canas entre otras cosas.
El número, que hay quien no quiere verlo, hasta mañana cuando los niños de San Ildefonso se estén tomando el bocata, lo voy a desgastar de tanto mirarlo. Dicen que trae mala suerte, aunque bien pensado lo de la mala suerte es una enorme tontería, porque a ver: dicen que la lotería regalada no toca, ¡anda que no! ¿Y todas las veces que he trincado algo – nunca demasiado, eso si – sin haber pasado por taquilla ni una sola vez? Este billete ha hecho demasiados malabarismos para caer en mis manos, y ese dos, ese cero, ese cero –otra vez- y ese cinco están tan bien puestos, que parece mentira que pueda salir otro número.
Mañana seré yo quien rompa la botella de champán en la puerta de la administración de lotería ¡seguro! Eso si, iré cuando haya pasado la bulla, no vaya a ser que por mo del demonio, al barbudo le dé por relacionar las cosas, y vaya con el cuento a la Policía, ésta analice el video de la televisión, el de la caja de seguridad del banco de la esquina, y el del vecino que en ese momento ¡también es mala leche! grababa el paso de la hibernación de las ánades camino de Doñana, pero que le ocurrió tomar una muestra aleatoria, de lo que estaba pasando en la calle, en ese momento tan crucial para los pájaros. La Policía - que para eso le pagan -, encaje el asunto y se queda la morena con los pimientos, y mi casera sin el sustento mensual que le proporciona este desgraciado, porque a mí, que me den por el culo, que para eso soy el malo de esta historia, ¡no te jode!
Yo no he querido echar cuentas, pero la décima parte de un billete de doscientos euros, premiado con el gordo, y además multiplicado por ciento sesenta y seis coma seis pesetas, esas son muchas pesetas sean antiguas o no. Antes si que me salía a mí bien las cuentas, pero desde que regularon mi empresa, y me regalaron aquella jubilación anticipada, se me ha ido olvidando hasta la fecha de mi nacimiento, luego vino la felicitación de los amigos de lo bien que iba a vivir, lo mucho que iba a viajar, y lo de tiempo que iba a tener para dedicarme a mis cosas, además todavía eres joven para encontrar otro empleo, a mí que tan bien se me daban los números fueran contables o no, si hasta era gracioso.
Pues aquí me tienen, con unos cuernos que tengo señalado hasta el rellano de la escalera cuando doy la vuelta, los amigos tardaron bastante en darme el esquinazo; en cuanto fue pasando el tiempo y el trabajo no aparecía ni por asomo; ni en la peña ni en el bar de la panda, ni el club de la quiniela, cuando a uno le van las cosas mal, todo parece torcerse al mismo tiempo, me cansé de llamar a las puertas y me dejé las uñas de los dedos en el teclado del teléfono. Se ve que apestaba, aunque soy de los que se duchan, no a diario porque hay que mirar por el agua, pero sí que voy a las tiendas que antes eran de veinte duros a buscar gel de baño y desodorante, que uno es pobre pero honrado con la higiene. Tengo dos hijos, o al menos fui padre de ellos, según decía mi mujer, pero cuando les llegó la hora de coger puerta, de su puñetero padre nunca más se acordaron, con la cantidad de pañales que les tuve que cambiar, y la de cuentos que les interpretaba para que cogieran el sueño, pero uno se fue a la mili, se reenganchó en el ejercito, se hizo profesional del caqui, anduvo por esos mundos de Díos, y se ve que se le olvidó escribir porque ¡hasta hoy!, vísperas del sorteo. El otro se casó con una india, se puso una túnica de esas naranjas, y se le cerraron los ojos porque de vez en cuando me cruzaba con él, y parecía un iluminado, por más que lo saludaba y trataba de hacerle ver quien era yo, él a lo suyo: hermano para arriba y hermano para abajo, y venga a darme la tabarra con no sé qué cosas del espíritu. Total que entre uno y otro como para pedirles una ayudita para llegar a fin de mes.

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